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Macondo representa el universo imaginario de García Márquez en Cien años de soledad. Precisamente, ahora España es como me imaginé a Macondo cuando leí esta novela. La observo como un país progresivamente somnoliento, presa de la indolencia y la subvención, atrapado entre dos estirpes que, en resumen, vienen a ser uno y lo mismo.
Vamos de González a Rodríguez (Arcadios y Aurelianos) y, en ambos casos, no pasamos de chapotear en la ciénaga del fracaso y la desesperanza. Acabamos de conocer las cifras del paro del mes de noviembre: más de ciento setenta mil españoles han perdido su empleo. Si los domingos y fiestas de guardar no se despide a gente, resulta que cada día han perdido su puesto de trabajo más de siete mil ciudadanos.
Cuando el internauta lea este artículo, la cifra de desempleados sobrepasará ya los tres millones de personas. Pero, no pasa nada. Todo vuelve a su ser natural, estamos justo en la misma cifra de parados registrados en los últimos días del Gobierno de González, por lo tanto, la falta de perspectiva con Rodríguez sólo nos retrotrae a la ya padecida. La diferencia con Macondo estriba en el personaje que proporciona la continuidad intergeneracional: nuestra Úrsula no es sino don Pedro Solbes, si bien, éste sólo garantiza lo funesto de la acción gubernamental.
Cuando los historiadores analicen la gestión del alicantino, se verán ante un dilema de ardua solución: determinar cuál de los dos períodos de Pedro Solbes ha sido peor para los ciudadanos españoles. Y sin embargo, contemplaremos durante los próximos días cómo se sigue echando las culpas de todo a la crisis financiera internacional, y se nos sigue repitiendo que no cabe otra política... eso ya nos lo decían con Solchaga.
Rodríguez y sus secuaces deben haber llegado al convencimiento de que España padece una idiocia endémica. Los Estados Unidos con nueve veces más población activa, tienen menores cifras de desempleo. El Gobierno de Rodríguez, en lugar de plantearse por qué se crea tanto paro, prefiere refugiarse en sus consignas. No se quiere entender que la flexibilización del mercado laboral es imprescindible siempre, y más aún, en los tiempos de crisis. Mantener el salario mínimo en los niveles actuales dificulta el acceso a un primer trabajo. Recuperar la categoría del aprendiz de oficio ayudaría también a disminuir el desempleo juvenil. Facilitar la movilidad de los trabajadores flexibilizaría la estructura productiva.
Pero eso no sería "social"; para los socialistas lo único que merece esta calificativo es el gasto público. En realidad, lo verdaderamente social, lo único merecedor de dicho nombre, son las medidas que mejoran las condiciones de los trabajadores. Con las actuales políticas se opta por un parado sin subsidio frente a un contrato de seiscientos euros o un período de enseñanza de un oficio, impidiendo que el aprendiz de hoy pueda regentar su negocio en el futuro.
Mas ya se sabe que la filantropía bien entendida no da votos, éstos vienen del clientelismo de la subvención y del subsidio. Nuestros gobernantes, pasados y presentes, pretenden sumergirnos en la desesperanza generada por la sempiterna dependencia del Estado. Para convencernos nos lo presentan como la única salida. En cambio, sí existe otro camino y pasa por recuperar la iniciativa de los ciudadanos, incrementar su libertad, su disponibilidad económica y flexibilizar el mercado laboral. Así, la Macondo cañí que pretenden imponernos, sólo será parte del imaginario progre.
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