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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El síndrome de Vichy

Me entero por mi amigo Werner de que ha aparecido un libro, titulado The New Vichy Syndrome, de Theodore Darlymple, que trata de la próxima caída de Roma, en el sentido real y en el figurado. Y la novedad me encuentra con otro libro en las manos: La agonía de Francia, de Manuel Chaves Nogales, un relato en primera persona acerca de todo lo que preparó el advenimiento del régimen de Pétain, es decir, la entrega de Francia a los alemanes.

La astucia nacional francesa habla siempre de Vichy, rarísima vez de Pétain, que todavía es glorificado. Un joven socialista francés me dijo hace cuarenta años, a la salida de un mitin de Mitterrand: "Pétain salvó a Francia".

El texto de Chaves Nogales, con un muy valioso prólogo de Xavier Pericay (todo lo que hace Pericay es impecable), siendo en lo esencial un extenso informe de todo aquello de lo que fue testigo en la Francia previa a la entrada casi incruenta de los nazis en París, se constituye en obra de anticipación. El desgano, la convicción de la superioridad del enemigo, la sensibilidad a su propaganda, la drôle de guerre, la simpatía, en última instancia, por el enemigo, la espera de que lleguen los bárbaros de una vez por todas y podamos volver a nuestras cosas, todo eso que nos pasa hoy respecto de casi todo, decidió la caída de Francia. ¿Y acaso no es así como estamos, no ya Francia, sino todo Occidente?
La presencia de las tropas inglesas era acogida por las poblaciones civiles sin ningún entusiasmo. Tras los ingleses venían indefectiblemente los bombardeos de los aviones alemanes, y las poblaciones civiles, cuya principal preocupación, casi la única, era esquivar los riesgos y penalidades de la guerra, soportaban mal la presencia de aquellos huéspedes que sistemáticamente concitaban la ira del adversario. "¡Cómo nos van a dejar tranquilos los alemanes si tenemos ingleses en nuestra villa!", se lamentaban aquellas gentes para quienes la guerra no era sino una calamidad que se les venía encima contra todo su deseo y a pesar de todos sus esfuerzos desesperados para eludirla. Oyéndoles, no parecía sino que ingleses y alemanes se peleaban por algo que a los franceses les tenía completamente sin cuidado y habían tenido la desdichada ocurrencia de elegir la tierra de Francia como arena de su combate. Y, como ocurría en el frente, las poblaciones civiles tomaban ojeriza a los ingleses, culpables de las bombas que les caían encima.
No pude evitar pensar en la inmensa mayoría de los españoles, negándose a ir a la guerra de Irak, culpando a Aznar y a esa decisión suya por el 11-M, sin una pizca de nada que se pareciera a una leve inspiración patriótica, aun después de que todo hubiese ocurrido aquí: ésta es una cosa entre árabes y americanos, ¿por qué vienen a resolverlo a Madrid, donde recibimos a los musulmanes con exquisita inocencia y no deseamos tener lazo alguno con los americanos (menos aún con los judíos, desde luego)?

En eso consiste el síndrome de Vichy: en la rendición previa a la batalla por motivos psico y sociopatológicos, males generados por la propaganda, el prejuicio, la inepcia de los gobernantes y el fracaso de una clase política en su conjunto que mira a su alrededor desconcertada en busca de un salvador de la patria, la misma que ella ha llevado al colapso. El final obvio es la adhesión a la ideología del enemigo: Francia estaba llena de nazis.

Chaves Nogales escribe su crónica en Inglaterra, tras abandonar a toda prisa territorio francés, en mayo de 1940. Murió en Londres en 1944, sin ver el final de la guerra, respecto del cual, sin embargo, había sido optimista porque consideraba que sus taras internas iban a llevar a nazis y comunistas al fracaso. Para lo segundo, hubo que esperar cuarenta años. Pero no vio el final de la guerra. Supongo que llegó a enterarse de la redada del Velódromo de Invierno, de Drancy, de las deportaciones, del deporte nacional francés de la delación. No de quiénes entraron en París, de quiénes habían constituido el núcleo duro de la Resistencia: hubiese estado orgulloso del papel de los españoles en tan tremenda tarea. Por lo que dice en su libro sobre De Gaulle, desconocía el papel de Leclerc. Tampoco presenció el desembarco en Normandía, que tuvo lugar en junio. Probablemente todos esos desconocimientos hagan aún más valioso su libro, en cierto sentido escrito con ingenuidad, con el asombro de un español que ha pasado la primera parte de la Guerra Civil en España y que se ha marchado porque sabe "que el futuro dictador (...) va a salir de un lado u otro de las trincheras" y prefiere no conocerlo. Pocos hombres tan lúcidos: hay que tener presente ese argumento: el triunfo de la República hubiese dado paso a otra dictadura, en nada más aceptable o tolerable que la de Franco.

Siempre me aterran los libros en los que veo, escrito hace muchos años, el presente, mi presente. A mi edad, uno ha escuchado decenas, tal vez centenares de discursos de Marco Antonio, y sé que va a haber muchos más. Shakespeare, como Cervantes, como Chaves Nogales, escribía para este presente nuestro. Ha visto rendirse a quien podía resistir, y resistir a quien no podía. Ahora, nadie resiste. Todo Occidente es la Francia de 1940.

Chaves Nogales detectó y describió el síndrome de Vichy setenta años antes de que Darlymple lo bautizara. En el necesario reordenamiento de la historia de la literatura española, en el que habrá que cambiar a mucha gente de sitio, este modesto periodista tendrá un lugar de excepción. Entre otras cosas, porque la historia de la literatura en algún momento tendrá que dejar de ser la historia de las modas literarias para convertirse en la de las obras. Chaves Nogales no fue influyente en su tiempo, pero cada vez es más importante.

De paso, La agonía de Francia es el primer libro que se escribió sobre la II Guerra Mundial en el país vecino. Aunque a los franceses jamás les interesó lo que escribía sobre ellos la gente del sur de los Pirineos, estoy seguro de que algún inglés lo tomará como referencia en algún momento.


MANUEL CHAVES NOGALES: LA AGONÍA DE FRANCIA. Libros del Asteroide (Barcelona), 2010, 120 páginas. Prólogo de Xavier Pericay.

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