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AMBERVILLE

Peluches trascendentes

¿Novela negra? ¿De intriga psicológica? ¿Fábula con la preceptiva moraleja? Una de las cosas más atractivas de Amberville, ópera prima de su enigmático autor, es que resulta muy difícil de etiquetar; gracias, sobre todo, a sus protagonistas.

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Los personajes que interactúan en la obra de Tim Davys son unos peluches que tienen muy poco de tiernos. Y es el lector el que tiene que optar por creerse, o no, una trama a veces violenta, a veces filosófica, capaz de sorprender –y entretener– a quien entre en el juego.

El primer impulso del lector, seguramente, será tomárselo a broma: Amberville comienza con un oso con resaca sacado de la cama por una paloma mafiosa y dos matones –gorilas, por supuesto– de carácter incontrolable. Pero muy pronto el humor se combina con la intriga; en cuanto se conoce el ultimátum que hacen al protagonista: tiene que encontrar una misteriosa "lista de la muerte", de la que sólo se han oído rumores, y tachar uno de sus nombres.

El nuevo giro llega poco después. Del incipiente misterio y los ambientes sórdidos propios de las intrigas policiales se pasa, de repente, al planteamiento de las preguntas sin respuesta que desde siempre se ha hecho el hombre: el porqué de la muerte, el origen de la vida, la existencia de Dios... Y aún queda sitio para disquisiciones filosóficas sobre el bien y el mal y el origen del pecado, y para hurgar en las cada vez más complicadas relaciones fraternales y amorosas de algunos de los muñecos protagonistas.
 
Para disfrutar plenamente de Amberville sólo hay que superar un obstáculo: terminar de creerse que un peluche es capaz de mutilar, torturar, enloquecer, amar y dedicar horas y horas de su vida a preguntarse sobre si la maldad nace o se hace. Una vez sorteado ese pequeño escollo, lo difícil es dejar de leer estas páginas, en las que Davys salta con agilidad de un género a otro, logra mantener la intriga y, poco a poco, nos hace sentir inquietud por lo que se nos parecen unos muñecotes que actúan como marionetas en un mundo del que apenas saben nada. Así, el fantástico y exitoso publicista Eric Oso debe enfrentarse a misterios sospechosamente parecidos a los que nos acechan cuando nos paramos a pensar; y sus amigos, con sus adicciones, sus lados oscuros, sus locuras y temores, son también muy similares a nosotros. Demasiado.

Con esta estrategia, Tim Davys logra que una novela que podía haberse quedado en casi nada se convierta en un espejo en el que podemos contemplarnos y reír y reflexionar. Hay momentos brillantes en los que el lector se ve irremediablemente identificado con un muñeco de trapo relleno de algodón: por ejemplo, ése en que la corneja, esperando en un coche, da vueltas a su pánico a la soledad, o aquél en que Eric vuelve a casa sólo para ver dormir a su mujer. Los personajes, al principio planos, acaban por mostrarnos dos o tres caras y haciéndonos revelaciones inquietantes. Los conocemos, primero, a partir del hilo narrativo principal de la novela de intriga, y después con las tramas secundarias que el autor va intercalando con intensidad creciente; para ello no duda en utilizar técnicas como el flash-back, el cambio en la voz narrativa o la multiplicidad de puntos de vista. Y del interés inicial por conocer la resolución de un misterio pasamos a la curiosidad de ver qué ha hecho que un peluche acabe encerrado en un psiquiátrico o prostituyéndose en un antro para conseguir más drogas.

Cuentan los editores españoles que de Davys se conoce poco más que su nacionalidad sueca, tan de moda en los últimos tiempos. Ni siquiera ha revelado su sexo. Con Amberville logró saltar a la fama en la Feria de Frankfurt de 2008. Y aunque los críticos más entusiastas comparan este inclasificable libro con Rebelión en la granja, la similitud empieza y termina en la animalidad de los protagonistas. En Amberville se apunta también a una rebelión contra las fuerzas que controlan las vidas de los protagonistas, pero al final la intriga pierde interés a favor de otros misterios, los que esconden los propios peluches. Ellos, y sus humanísimos actos, constituyen el verdadero atractivo de la obra.


TIM DAVYS: AMBERVILLE. Anagrama (Barcelona), 2010, 352 páginas. Traducción: Carmen Montes Cano.
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