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CACHO VIU Y LA ILE

Formalismo pedagógico

En un relato deslumbrante y tremendamente divertido, Clarín retrata, a través de la figura de un estudiante de provincias en Madrid, Aquiles Zurita, el ambiente en que germinó y, después, se apagó el krausismo en la intelectualidad española.

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Ciertas escenas del protagonista junto al krausista con el que comparte pensión componen una parodia, acaso atenuada, más que acentuada por la literatura, con respecto a la parodia que la realidad es en sí misma:

Como Zurita observase que el señor don Cipriano, que así se llamaba, y nunca supo su apellido, sobre todo asunto de ciencia o arte daba sentencia firme y en dos palabras condenaba a un sabio y en media absolvía a otro, se le ocurrió preguntarle un día que a qué hora estudiaba tanto como necesitaba saber para ser juez inapelable en todas las cuestiones. Sonrió don Cipriano y dijo:

–Ha de saber el licenciado Zurita que nosotros no leemos libros, sino que "aprendemos en la propia reflexión, ante nosotros mismos, todo lo que hay puesto en la conciencia para conocer en vista inmediata, no por saberlo, sino por serlo".

Y se acostó el filósofo sin decir más, y a poco roncaba.

Zurita aquella noche no podía parar atención en lo que leía, y dejaba el libro a cada pocos minutos, y se incorporaba en su catre para ver al filósofo dormir.

Empezaba a parecerle un tantico ridículo buscar la sabiduría en los libros, mientras otros roncando se lo encontraban todo sabido al despertar.

El krausista que nunca llegó a serlo acaba convertido en un burócrata al que sólo le queda del krausismo un rasgo de carácter:

Zurita, por cumplir con la ley, explicaba en cátedra el libro de texto, que ni pinchaba ni cortaba; lo explicaba de prisa, y si los chicos no entendían, mejor; si él se embrollaba y hacía oscuro, mejor; de aquello más valía no entender nada. En cuanto hacía buen tiempo y los alumnos querían salir a dar un paseo por mar, ¡ancha Castilla!, se quedaba Zurita solo, recordando sus aventuras filosóficas como si fueran otros tantos remordimientos, y comiéndose las uñas, vicio feo que había adquirido en sus horas de meditación solitaria. Era lo que le quedaba del krausismo de don Cipriano, el morderse las uñas.

Y si bien dejó de haber krausistas, su estela no desapareció gracias, fundamentalmente, a la labor de la Institución Libre de Enseñanza.

A este respecto, se ha reeditado este año el importante estudio sobre la Institución Libre de Enseñanza de Vicente Cacho Viu. Como es sabido, la ILE es heredera doctrinal de cierto krausismo, y fue fundada en 1876 por Giner de los Ríos, discípulo de Julián Sanz del Río, el personaje que trajo a España noticias de Krause, ese pensador alemán que tan poca influencia ejercía en su patria.

El libro, que fue publicado en 1962 y ha sido reeditado ahora, es una investigación muy pormenorizada y ponderada sobre las circunstancias que rodean la gestación de la ILE, remontándose a las figuras de Sanz del Río y Fernando de Castro, y su influencia posterior. Se trataba de un primer volumen que abarcaba la llamada etapa universitaria (1860-1881) y que proyectaba prolongarse en sucesivos volúmenes sobre las etapas posteriores, proyecto que no se acometió finalmente.

Lo interesante de este estudio desde nuestra distancia de casi cinco décadas es medir la visión que de la ILE tenía el régimen en los años 60, a través de algunos de sus intelectuales. Este ejercicio no sólo nos da pistas sobre la evolución del franquismo y de la sociedad española de la época, también sobre cómo, simultáneamente, va variando la interpretación que del fenómeno institucionista se ofrece, mostrando la adaptación experimentada con respecto a una tendencia rechazada formalmente pero seguida materialmente en sus líneas esenciales.

Los primeros textos franquistas sobre la ILE son muy duros, abiertamente combativos. Sin embargo, incluso Enrique Suñer, en un libro tan frontal como Los intelectuales y la tragedia española (1938), expresa cierta simpatía por la figura de Giner, que diferencia de la deriva posterior de la ILE. Por su parte, el texto de Cacho Viu, miembro del Opus Dei y respaldado en su trabajo por Florentino Pérez-Embid, muestra ya cómo la visión sobre la ILE se suaviza en la década de los 60. De hecho, en el ámbito educativo estaba ya en marcha la ley del 53 (siendo ministro Ruiz-Giménez), que culminaría en la del 70 (con Villar Palasí), verdadero eslabón que asume algunas de las claves pedagógicas que la Logse (1990), ley de la socialdemocracia española, heredera a su vez de cierto krausismo y de los institucionistas, llevará hasta su paroxismo. La hipótesis que sostengo es que hay una especie de sincronía entre la corriente institucionista y la pedagogía franquista que habría ido aflorando a través de diferencias que juzgo secundarias, meramente superficiales. Dicho de manera abrupta: ambos tipos de enseñanza comparten lo esencial: formación de conciencias por el adoctrinamiento, por mucho que conscientemente se vieran, en especial en las primeras fases del franquismo, como enemigos.

Esta sintonía no es tampoco ajena al propio Giner, como puede comprobarse en su juicio sobre los jesuitas, en cita que recoge sintomáticamente Cacho Viu en la obra de referencia (p. 491):

Después de todo, la ilustre pléyade de nombres gloriosos, por los cuales ha conquistado la Sociedad de Jesús tan merecida fama (...) no parece dar grandes señales del efecto anémico y compresivo de su pedagogía, que en ciertos puntos hoy mismo pone por modelo Mr. Legouvé a los colegios y escuelas seculares en Francia. Hay, además, otro respecto, en el cual la educación jesuítica, frecuentemente errónea en su contenido doctrinal y funesta para el prudente desarrollo de la espontaneidad del espíritu, merece, sin embargo, admiración y respeto. Hablamos del profesorado. En esto debe reconocerse que la enseñanza de la Compañía va, en general, dirigida a muy más altos fines que la del Estado allí donde, como en Francia y –a su ejemplo– en España, se ha logrado convertir el magisterio en una función administrativa, destituida de interés científico y reglamentada por la sabiduría de los gobernantes. Los jesuitas atienden a educar, no meramente a instruir; y su vocación, inspirada en un ideal elevado y grandioso, aunque exclusivo, abraza gustosa los mayores sacrificios personales, sin que la contengan amenazas, peligros ni persecuciones. Si reparasen en esto los pseudoliberales de la vecina República comprenderían cuál es el único camino, eficaz y justo a un tiempo, para emancipar gradual, pero definitivamente, del espíritu ultramontano a las nuevas generaciones sobre que ejerce su dañoso influjo. Pero los gobernantes franceses son miembros e hijos de la Universidad, y no es fácil acierten a plantear el problema.

¡Cuán difícil es ser justos con nuestros adversarios y cuán lejano se halla aún el tiempo en el cual aquellos que deseamos la extinción de la Compañía nos resignemos a esperarla de los progresos de la cultura y de la lenta propagación de ideas más exactas acerca de los fines humanos!

Las diferencias entre las distintas corrientes pedagógicas realmente existentes en la España del s. XX: institucionistas, por un lado, que impregnan la pedagogía de la izquierda republicana, y franquistas, por el otro, con su fuerte componente católico e influencia jesuita, radican en la materia de sus respectivas doctrinas. Pero en lo relativo a la formalidad de la enseñanza, basada en la educación moral del sujeto, sin perjuicio del contenido concreto que en cada caso se le dé, lo cual es enteramente secundario, ambas vertientes son idénticas. A pesar de esto, hay que decir que el peso del adoctrinamiento educativo no oculta que tanto el proyecto republicano (en especial, en la figura de su primer ministro, Marcelino Domingo) como el franquista pusieran un énfasis decisivo en la formación académica que el componente doctrinal no reprimía, a diferencia del modelo postmoderno, en que se procede a un adoctrinamiento por ausencia tendencial de contenido intelectual y académico y a una degradación de la enseñanza por masificación, pura democratización de la ignorancia.

Así, de la primera reacción de un catolicismo militante contra una ideología que dice situarse un paso más allá de la etapa de las religiones positivas en el progreso hacia el Ideal de la Humanidad, ejemplos de lo cual pueden ser el libro de Enrique Suñer, los textos de Menéndez Pelayo o el libro ILE. Una poderosa fuerza secreta (varios autores, 1940), se pasa a una moderada valoración explícita de ciertas figuras y, sobre todo, de ciertos aspectos que van en consonancia con el ambiente cada vez más abierto de buena parte de la intelectualidad durante los años 60 (entre los que cabe contar al ya mencionado Ruiz-Giménez).

Y, del mismo modo que las capas burocráticas del régimen permanecen prácticamente intactas en gran parte tras la llamada transición (en la figura de no pocos individuos que en la etapa constitucional mantienen sus puestos de privilegio obtenidos durante el franquismo), también las capas pedagógicas del sistema, es decir, su formalismo educativo, permanecen tras ella, pasando, a partir del año 90, a consumar su vaciado material (académico, intelectual) por medio del perfeccionamiento de su refinamiento formal y su adaptabilidad a las exigencias socio-económicas del momento.

De manera que el krausismo español acaba convertido en componente sustancial de la ideología dominante, en la figura de la socialdemocracia y del idealismo democrático, abandonado el marxismo por su rigidez teórica (tan poco postmoderna) y su correspondiente incapacidad de adaptación. Visto desde hoy, no es posible ocultar que la ILE está en la base de la ideología pedagógica que rige nuestro sistema educativo. Como ha señalado Alicia Delibes, uno de los eslabones que conectan a cierto krausismo y a la Institución con la socialdemocracia española es la Escuela Nueva de Núñez Arenas, fundada en 1911 y consagrada en el X Congreso del PSOE en 1918, con una ponencia redactada, al parecer, por Lorenzo Luzuriaga, personaje clave en esta conexión.

Y esta socialdemocracia que venera como santos laicos a los institucionistas (para los que la labor de profesor consiste en salvar almas y es asumida como un sacerdocio) no parece admitir revisión alguna de la figura de Sanz del Río. Así, la biografía de Enrique Menéndez Ureña sobre Krause y, antes, su clarificador artículo sobre la impostura de la obra de Sanz del Río ("El fraude de Sanz del Río o la verdad sobre su Ideal de la Humanidad", en Pensamiento, nº 173, vol. 44, enero-marzo de 1988, Madrid, pp. 25-48) apenas han obtenido la resonancia que el asunto merece. La tesis del artículo de Ureña, que no resultará del agrado de los hagiógrafos del eminente padre del krausismo español, se resume en las siguientes líneas (p. 27):

(...) el Ideal de la Humanidad para la vida, publicado por Sanz del Río en 1860, es en casi su totalidad una traducción literal de un escrito incompleto que Krause publicó en 1811 en su revista (que sólo salió un trimestre) Tagblatt des Menschheitlebens. Sanz del Río ocultó por tanto, fraudulentamente, este origen de su obra, desviando la atención hacia su comparación con el Urbild der Menschheit de Krause. Con ello no sólo obtuvo un reconocimiento de originalidad, sino también de humildad y modestia al haber publicado algo, supuestamente suyo en gran parte, bajo el nombre de Krause. La treta estuvo bien pensada, ya que en aquel escrito incompleto Krause trata la misma temática que en su más extenso y acabado Urbild der Menschheit.

El krausismo y la ILE, supervivientes a través de la pesada plancha de plomo del franquismo, que fue fundiéndose paulatinamente, hasta dejar paso de nuevo a este idealismo adaptado a las señas de identidad de lo postmoderno, respaldan la sospecha de que las grupos humanos no pueden dejar de ser sostenidos por sistemas de creencias que van quedando obsoletos y son sustituidos por otros, que mantienen la dependencia inercial de la fe bajo formas diversas, aquellas que, por las condiciones materiales de cada momento, se ajustan de tal modo que son capaces de sobrevivir y aun de imponerse a otras.

 

VICENTE CACHO VIU: LA INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA. Fundación Albéniz, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (Madrid), 2010, 559 páginas. Edición crítica de Octavio Ruiz-Manjón.

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