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SERÉIS COMO DIOSES

De vuelta de la modernidad

Dos son las cosas que principalmente definen una civilización y cultura: su finalidad última y los medios que se emplean para ordenar todo a ese fin; pero, sin duda, el para es lo más determinante de todo. Y Occidente no ha sido una excepción: su arte, su política, sus aportaciones culturales han sido lo que han sido por su fin, sus medios y la relación entre ambos.

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Una cultura no es sino el modo de cultivar la realidad inscribiéndola en un sentido último. J. S. Bach, la cima mesetaria de la música, pues sus alturas dan holgura, dice, en sus Vorschriften und Grundsätze des Generalbass, hablando del bajo continuo:

Ha de ser practicado empleando las dos manos, de modo que la izquierda dé las notas preceptivas y ayude la derecha produciendo consonancias y disonancias, y se logre con ello una armonía de agradable sonido para gloria de Dios y para regocijo apacible del ánimo: porque el sentido y la causa final de toda música, y por ello del bajo continuo, no puede consistir sino en dar gloria a Dios y recrear el ánimo.

Bien sea para gloria Dios y solaz del hombre o para cualquier otra cosa en relación al uno y al otro, lo cierto es que, desde que Jesús fue preguntado por el mandamiento principal y unió el amor a Dios y el amor al hombre, Occidente, en su arte, cultura y modo de entenderse, con tensiones y diversos acentos, no ha podido, para ser él mismo, escindir el uno del otro. Con la modernidad, aunque sus raíces últimas podríamos rastrearlas más atrás, llegó el poner al primero a distancia, luego su silenciamiento y, por último, su eliminación; y con la inmanentización de la vida han ido llegando una serie de consecuencias que detalladamente Hans Graf Huyn expone en Seréis como dioses. Vicios del pensamiento político y cultural del hombre de hoy.

Se trata de un libro bien estructurado que, en manos de otro autor, por la abundancia de citas, algunas muy extensas, habría sido un mero florilegio, un alarde de enciclopedismo, pero H. G. Huyn sabe apropiarse de todo ese caudal, de modo que hace un discurso propio dilatado por la autoridad de tantos que le precedieron.

En un primer momento se exponen las raíces ideológicas que van a dar lugar al deterioro occidental en lo político y cultural; sobre todo, cómo la Ilustración y su hija la Revolución Francesa, junto al idealismo alemán, nos han situado ante una sociedad y un hombre que quieren construirse desde sí y para sí. Este fondo ideológico trae consigo la deshumanización del arte, en expresión de Ortega, y de la política, y, a la par, la descomposición del uno y la otra. Tras tratar en sendos capítulos de la arquitectura, la música y la pintura –y cabría hacer alguna matización sobre lo ahí escrito–, Huyn dedica un capítulo a los totalitarismos marxista y nacional-socialista. Podríamos decir que sirven como botón de muestra, pues sería interesante ver los efectos en otras manifestaciones culturales y en otras formas políticas; también habría sido interesante destacar más lo bueno que ha habido en lo artístico y político en estos dos últimos siglos.

En todo ello hay una dinámica constante: la preterición de Dios, además de traer la deshumanización del hombre y sus cosas, va acompañada de la emergencia de lo diabólico. El lector fácilmente puede recordar la escena de la película de István Szabó Hanussen, sobre la subida al poder de Hitler, en la que una fotógrafa, remedo de Leni Riefenstahl, le dice al protagonista de la cinta, resumiendo el programa artístico del momento: "Se debe mostrar la fuerza diabólica en la fotografía". La película termina con el asesinato simbólico del futuro. Nuestro libro concluye con una llamada a emprender un nuevo rumbo, aunque sea contra-corriente.

Según algunos historiadores, una de las razones que favoreció la primera expansión del Islam, especialmente en la Hispania visigoda, fue la huella que dejó el arrianismo. Una herejía que reducía a Jesús a mero hombre, por tanto, que abría una profunda falla entre Dios y los seres humanos. Si el eclipse de Dios en la vida europea ha traído todo tipo de regímenes de puro inmanentismo, no solamente los totalitarismos ateos, acaso fuera momento de estudiar a fondo cómo esto, como si de la otra cara de la moneda se tratase, es uno de los factores que está facilitando la llegada e instalación progresiva de la teocracia mahometana, que, por salvar la trascendencia divina, al hombre oscurece, y en la que el arte no tiene rostro humano. La presunta exaltación del hombre a base de poner entre paréntesis a Dios, ¿no tendrá como reacción pendular la presunta exaltación de Dios a costa del hombre?    

 

HANS GRAF HUYN: SERÉIS COMO DIOSES. El Buey Mudo (Madrid), 2010, 352 páginas. Traducción: José Zafra Valverde.

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