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'CATHERINE OF ARAGON'

La primera mujer de Enrique VIII

La biografía probablemente sea uno de los géneros más difíciles. Encontrar el equilibrio entre los dos extremos más habituales, la hagiografía y la difamación, no es fácil. Cuando además el biografiado ha desempeñado un papel clave en alguno de los momentos más decisivos de la Historia, el éxito pocas veces se alcanza.

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El periodista inglés Giles Tremlett ha logrado una semblanza muy bien hilvanada de Catalina de Aragón, protagonista no precisamente secundaria de una serie de acontecimientos que condujeron no sólo a una nueva escisión eclesial, sino a uno de los períodos de mayor inestabilidad política y social en Inglaterra y en toda Europa. El difícil equilibrio biográfico lo ha conseguido a través de una narración dinámica que no renuncia a lo imprescindible: la consulta de numerosas fuentes en los principales archivos españoles e ingleses y de la bibliografía más importante sobre la época.

Catherine of Aragon, en cualquiera de sus soportes –digital y papel–, carece de aparato bibliográfico. No obstante, siguiendo una práctica cada vez más extendida entre los editores anglosajones, y no exenta de incomodidad para el lector, la editorial se ha ocupado de alojar las notas y la bibliografía, de consulta y descarga gratuitas, en su página web. Sería de agradecer que la traducción española, prevista para este otoño, se adecuara a los gustos editoriales patrios, y que se corrigieran los escasos errores metodológicos que afean este buen texto.

La vida de Catalina se enmarca en una época en la que España contaba, y mucho. Su matrimonio con el príncipe de Gales forma parte del plan de los Reyes Católicos para afianzar la influencia y la presencia de España en el ámbito internacional. La norma tradicional entre las monarquías, no solamente la española, era acordar enlaces con miembros de distintas casas reales: era una de las mejores maneras de hacer política y establecer alianzas. A Catalina, hija menor de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, le tocó Inglaterra. En aquel tiempo, como bien destaca nuestro autor, Inglaterra era un país emergente, para utilizar un término actual, vago aunque elocuente. Su presencia en el escenario internacional era notable, pero aún de segundo nivel; no había alcanzado la mayoría de edad y se movía siempre entre las dos grandes potencias del momento: España y Francia. Fue precisamente Enrique VIII, heredero de la corona inglesa tras la muerte de su hermano, quien situó a Inglaterra en una posición de mayor importancia en Europa; la ascensión al grado de potencia mundial, tras el descubrimiento de América y el desarrollo de la navegación, fue cosa de sus sucesores.

Enrique VIII obtuvo numerosos éxitos... y creó no pocos problemas en los ámbitos social y religioso, dentro y fuera de Inglaterra. El mayor de ellos, la creación de una iglesia nacional, no se debió a cuestiones religiosas sino particulares. Por mucho que se empeñe la tradición anglicana a la hora de justificar el cisma, no vale apelar a la conciencia del rey, que pidió a Roma, sin éxito, la anulación de su matrimonio con Catalina por los escrúpulos que le produciría el vivir en pecado, dado que había desposado a la mujer de su hermano. Al principio habría servido la excusa, no después de 24 años de matrimonio. El motivo real fue bien distinto y bastante ajeno a cuestiones espirituales: su deseo de tener descendencia masculina –de su matrimonio con Catalina sólo sobrevivió una hija, la futura reina María I– y su pasión por Ana Bolena.

A diferencia de esta última, nunca popular y a la que el pueblo describía con palabras no aptas en horario infantil y que Tremlett no tiene reparos en reproducir, Catalina fue amada y apreciada. Fue difícil olvidar el amor y la dedicación que sintió por su tierra de adopción, el valor y la inteligencia que mostró, por ejemplo, durante su breve período como regente, en el que cosechó más éxitos militares que su marido en sus campañas contra Francia.

Catalina hizo gala de su integridad moral –o tozudez, según se mire– a lo largo de toda su vida, pero sobre todo una vez que su matrimonio con Enrique VIII entró en fase de descomposición. Lejos de amedrentarse o buscar una salida de escena discreta, fue fiel a su compromiso político y matrimonial y, sin renunciar a su fe católica, se decidió a plantar cara y resistir hasta donde pudiera. Estos capítulos del volumen quizás sean los más logrados, auténtica historia novelada. Repudiada por su marido y despojada del título de reina consorte, Catalina rechazó cualquier solución que pasara por violar el vínculo matrimonial, que ella consideraba válido y por supuesto sagrado. Fuera por el amor que Enrique le profesó siempre, fuera por el miedo del rey a la reacción de las demás potencias de la época si ésta hubiese sido ajusticiada, lo cierto es que Catalina murió en su cama y no en la Torre de Londres.

Pudiendo haber elegido entre la paz y la guerra, prefirió la primera. La Historia no juzga, se limita a analizar y a tratar de explicar los acontecimientos, por tanto es inútil especular sobre lo que habría sucedido si Catalina hubiera optado por la segunda posibilidad. Es cierto que en ningún caso habría evitado el derramamiento de sangre que los conflictos religiosos generados por el capricho personal de Enrique VIII produjeron en los decenios siguientes, tanto durante el resto del reinado de éste como en los de sus tres hijos, hermanastros entre sí, que le sucedieron: Eduardo, María e Isabel. En todo caso, sea el lector de este buen libro el que decida y juzgue, ahí sí en modo legítimo, sobre la vida de la hija de Isabel que más se pareció a su madre.

 

GILES TREMLETT: CATHERINE OF ARAGON, HENRY'S SPANISH QUEEN: A BIOGRAPHY. Faber and Faber (Londres), 2010, 352 páginas.

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