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Columna publicada el 20-08-2002
Hay que reconocer a los ingleses una notable habilidad para defender sus intereses aparentando defender principios universales. Quizás todo el mundo tiende a hacerlo, pero en su caso la hipocresía llega a la obra de arte.
Recientemente la influyente revista “The Economist” exponía a sus lectores su versión sobre Gibraltar: el problema no pasa de ser un “invento” español, que nos retrotrae a otros tiempos en que los gobernantes trataban a sus súbditos, asegura, como ovejas, cambiándolos alegremente. Al parecer –no explica por qué: “tontamente, pero lo hizo”– el rey español cedió el peñón a Gran Bretaña. Y aunque ésta rompió enseguida los términos del tratado “permitiendo, oh horror, que judíos y moros vivieran en el Peñón” (nótese el guiño a hebreos y marroquíes), el tratado subsiste.
El empeño español no solo va contra la historia, afirma la revista, sino contra la geografía, pues en Europa no faltan otros enclaves en diversos países, como el propio español de Llivia en Francia. Pero, fundamentalmente, viene a argumentar, ¿qué importa un tratado propio de aquellos tiempos de los reyes y las ovejas? Lo que cuenta, dice, es la voluntad de los gibraltareños, que quieren permanecer ingleses a toda costa, y cuyo elemental derecho democrático intenta ultrajar el gobierno español, apoyándose en un desliz del “love affair” entre Aznar y Blair.
Me parece que “The Economist” defendió con mucha menos pasión los deseos del pueblo de Hong Kong en relación con China. También Hong Kong había sido cedida por gobernantes chinos al afortunado gobierno británico (¿por qué? Por la guerra impuesta por Gran Bretaña, entonces potencia narcotraficante, para obligar a los chinos a consumir opio de manera irrestricta: ¡reyes y ovejas!). Cambiada la situación histórica, Londres hubo de cumplir el tratado, sólo que al precio de entregar a millones de personas en manos de una dictadura siniestra. España es una democracia, pero la oposición británica a devolver Gibraltar es mucho mayor que la prácticamente inexistente a devolver Hong Kong. No hacen falta muchas luces para entender que, para Londres, el problema no es de democracia, sino de fuerza.
La realidad del caso es ésta: los habitantes de Gibraltar no tienen el menor derecho de posesión sobre un fragmento de España que fue arrebatado a nuestro país mediante un pacto leonino, incumplido por los ingleses no sólo con lo de los moros y los judíos –puro pintoresquismo hoy–, sino de otras muchas formas, sobre todo ampliando de modo ilegal el territorio (el aeropuerto está construido en terrenos abiertamente robados) y aun hoy, imponiendo unas aguas territoriales inexistentes. El problema planteado con típica hipocresía por “The Economist”, la voluntad de los habitantes de Gibraltar, sí es una pura invención: nadie les impide seguir siendo británicos, como otros miles de ellos, como de alemanes, etc. residen sin especiales problemas en la España democrática.
Tras las cesiones y claudicaciones gratuitas de la época socialista, España ha perdido mucho terreno, y ahora mismo corre el riesgo de enfangarse en falsas soluciones, como la “soberanía compartida”. Creo que el romance entre Blair y Aznar carece de fundamento real, y será mejor dejar las cosas como están, simplemente empleando las restricciones y presiones sobre Gibraltar que se vean necesarias y oportunas, haciendo, de paso, un gran esfuerzo diplomático por clarificar las confusiones sembradas por los órganos británicos de opinión y de poder.

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