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Réplica al Anti Moa

Nuestros lisenkos

Tras un homenaje organizado por Tusell (con fondos públicos, va de suyo) al historiador marxista Tuñón de Lara, maestro de Reig y de tantos otros, escribí un artículo recordando un par de datos elementales: la historiografía marxista se apoya en la noción de lucha de clases, y no busca esclarecer la verdad histórica, sino interpretar el pasado en clave revolucionaria, al servicio de los intereses que dicen "del proletariado". Tuñón viene a ser el padre y maestro del gremio de nuestros lisenkos.

Hasta hace no tantos años, millares de intelectuales se proclamaban marxistas, orondos y desafiantes, pese a ser bien conocidos los efectos prácticos de dicha teoría. Y otros muchos exhibían desde fuera su respeto por su metodología y carácter científico. El naufragio de la URSS dejó a todos desconcertados, pero muy pocos han realizado algún esfuerzo de comprensión sobre las causas del monstruoso fracaso. Por supuesto, ni Reig ni sus pares lo hicieron. Hoy, la mayoría ya no se dicen marxistas, hasta se enfadan si se les llama así, pero no han evolucionado intelectualmente. Su modo de pensar, la ideología progre, podría describirse como un marxismo difuso en mezcla arbitraria con cualquier tendencia que les suene a "antiimperialista", sin excluir el fundamentalismo islámico. Rota la antigua rigidez doctrinaria, cualquier cosa vale, y nuestros carpetovetónicos lisenkos siguen produciendo a destajo.

Aunque también procuran disimular. Así, dice Reig, tratar de "estalinista" a Tuñón (a quien dedica su libro) constituye "una bajeza moral" y una "simpleza mental". Hasta definirlo como "marxista" le parece fuera de lugar. Pero detengámonos un poco en el personaje. Tuñón dirigió en la universidad francesa de Pau y en España, después del franquismo, unos cursillos destinados a formar y orientar historiadores. "Renovó la historiografía española", dicen muchos, sin aclarar en qué sentido. Gran parte de la derecha le reverenciaba, empezando por el mencionado Tusell, de conocida vocación inquisitorial. El éxito de Tuñón, nos informa su discípulo Reig, "se debía obviamente al hecho de que en España no se podía escribir con libertad, claro, y los que carecían de ella leían con verdadera ansia a un hombre libre que había dejado su patria por luchar por ella y para poder seguir siendo libre". Pero en España había muchísima más libertad que en la URSS, por lo que viene a los labios la pregunta: ¿en qué consistiría la "libertad" por la que luchó y se exilió este "hombre libre"?

Sabemos poco de la biografía de Tuñón, personaje un tanto misterioso, pero lo suficiente para lo que aquí interesa. Se licenció en Derecho –no en Historia– en la universidad de Madrid, en 1936, y cuatro años antes había entrado en las juventudes comunistas. Aunque Reig lo presenta como gran defensor de la república, los comunistas trataron de aniquilar desde el primer momento a aquel régimen "burgués"por medio de la insurrección armada, y participaron en la de 1934. Cambiaron parcialmente de táctica a finales de 1935, según las orientaciones de Moscú de formar frentes populares, sin abandonar su objetivo: implantar en España un régimen soviético, usando como palanca la lucha contra un fascismo prácticamente inexistente en España. Tuñón, obviamente, compartía esos designios y actividades.

Y cuando Carrillo birló al PSOE sus juventudes, unificándolas con las del PCE bajo normas estalinistas, Tuñón se convirtió en director de la escuela de cuadros de dichas juventudes. Dato muy relevante, porque una escuela de cuadros era un centro para la formación de especialistas teóricos y prácticos en marxismo-leninismo. Se ve que ya tenía vocación y aptitudes, demostradas nuevamente en sus coloquios de Pau, pues estos fueron una auténtica escuela de "cuadros" historiadores, como Reig y sus pares. Los marxistas siempre prestaron máxima atención a controlar la visión del pasado, la "memoria histórica", como arma política para el presente.

Ser comunista, entonces y después, significaba simplemente ser estalinista. El estalinismo no es otra cosa que el marxismo-leninismo, fórmula inventada por Stalin para definir la doctrina marxista en la nueva época de desarrollo capitalista, la época del "imperialismo" (el PCE, recuérdese, no abandonó el marxismo-leninismo, esto es, el estalinismo, hasta entrada la transición después de Franco). Por consiguiente, el apóstol de la libertad Tuñón era en los años 30 un entusiasta de Stalin e instructor de otros como él. Este hecho no admite discusión, pero sus "cuadros" se empeñan en velarlo. En su obituario, su discípulo Eloy Fernández Clemente hacía juegos malabares para evitar la declaración precisa. Durante la guerra, Tuñón habría sido "activísimo" (¿en qué?), pese a lo cual salió en libertad en 1940, y poco después "reconstruye la FUE" en Madrid, o monta, según Reig, "la Unión de Intelectuales Libres" (siempre la libertad). Y en 1946 "huye" a París con "una rica hoja de servicios a la causa"... ¿del comunismo? No, finge una vez más Fernández, ¡"de la izquierda"! La izquierda que en marzo de 1939 se había sublevado, precisamente, contra los comunistas.

La libertad de este hombre libre siguió siendo la libertad del gulag al menos hasta 1956, cuando, nos cuenta su panegirista Fernández, "la crisis de Hungría y otros acontecimientos lo distancian del PCE, como ocurre por entonces con Claudín, Semprún y otros". En realidad Claudín y Semprún se marchan o son expulsados en 1964, y Carlos Semprún dice que Tuñón siguió cobrando del KGB. Reig afirma, sin más, que ello "es radicalmente falso", pero los marxistas han declarado "radicalmente falsos" tantos hechos ciertos que, de momento, su aserto carece de valor. Y a nuestro objeto tampoco tiene mayor relevancia. Importa más bien otra cuestión: ¿dejó Tuñón de ser comunista, o sea estalinista, en algún momento, dentro o fuera del PCE, o del KGB? La respuesta inequívoca es que no. Una frase tardía del personaje lo revela: "Jamás te avergüences de España: es el único país, con Vietnam, que resistió tres años a un golpe de Estado". Frase perfectamente explicativa. Para él, la férrea dictadura marxista-leninista vietnamita representaba la libertad, como el Frente popular español tutelado por Stalin. Motivo para no avergonzarse de España, nada menos. También invocaba, nos cuenta Reig, la "utopía razonable", algo así como el hielo caluroso o, más apropiadamente, el crimen benévolo.

Y, en fin, ¿siguen los libros de Tuñón una metodología marxista? La respuesta, también inequívoca, es que sí. Por eso, calificar a Tuñón de marxista y, más en concreto, de marxista-leninista o estalinista, no solo es pertinente, sino indispensable para entender tanto su "renovación historiográfica" como a sus discípulos, los cuales encubriendo a Tuñón buscan encubrirse a ellos mismos. Porque declararse marxista o marxistófilo ya no constituye un prestigio, como antes del derrumbe de la URSS. Tradicionalmente los comunistas se han disfrazado de otra cosa, de fogosos demócratas y pacifistas por lo general, pero parece algo tarde para jugar al despiste.

Hablo de Tuñón, obviamente, no como persona, sino como historiador y formador de cuadros. Personalmente fue, según tengo entendido, afable, simpático y de buen talante. Entre los comunistas no faltaban personas así, de gran eficacia proselitista. Pero, por su ideología, Tuñón solo podía instruir a esa legión de lisenkos que después coparon gran parte de la universidad con su dogmatismo, exclusivismo y agresividad sectaria. Y su, digamos, copiosa esterilidad intelectual.

El núcleo historiográfico de nuestros lisenkos consiste en un mito o seudomito pasmoso: la atribución de los valores de la libertad y la democracia al conglomerado de marxistas, anarquistas, racistas del PNV y golpistas varios que integraron el Frente Popular ampliado, bajo el protectorado de Stalin. Tal pretensión desafía a la lógica y la experiencia más elementales, constituye un embuste fenomenal y fundacional, generador de incontables embustes más. Pero fue la base de la propaganda de la Comintern, y sigue siéndolo de las historias de nuestros "hombres libres" de la historiografía.

Pensándolo bien, hacen falta unas tragaderas gigantescas para tal rueda de molino, y sin embargo innumerables historiadores españoles y extranjeros la engullen sin masticarla. También debe observarse el carácter pedestre del marxismo español, su singular ineptitud para plantearse cualquier problema teórico, su nula aportación intelectual a su propia doctrina. Ni siquiera la caída del muro de Berlín ha logrado obligarles a reconsiderar seriamente la ideología, y ahí siguen Reig y sus pares con ella, más o menos aguada en ideología progre, y tratando de disimular. Procuraré resumir en un par de artículos las razones, al parecer incomprensibles para ellos, por las que sus teorías solo pueden generar pésimos estudios de historia, lisenkadas, vamos.

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