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Columna publicada el 30-06-2002
Cuenta Jesús Pardo en sus memorias el caso de un homosexual de la época de Franco, que, cogido in fraganti, recibió una paliza por parte de los “grises”, a pesar de sus buenas influencias políticas. Y él les rogó: “¿No veis que sólo soy un pobre maricón que no puede contenerse?”. Entonces los guardias le sentaron, le sirvieron café y se pusieron a darle consejos para que cambiara de hábitos. Los guardias, por lo visto, creían la homosexualidad un vicio susceptible de corrección mediante un tratamiento enérgico. Algo parecido, en el fondo, sugieren ahora quienes la califican de “opción sexual” libremente elegida aunque, desde luego, no punible. Algún caso habrá, pero en general el homosexual no puede evitar serlo, y su libertad de “optar” no existe, o apenas.
Parece bastante claro que la homosexualidad es una tara, es decir, una desviación de la sexualidad normal, demasiado evidente para precisar muchas explicaciones. Por ello no puede castigarse, y como los humanos tenemos siempre alguna o unas cuantas taras, y la vida consiste en buena medida en bregar con ellas y salir del paso lo mejor posible, la cosa no es en principio para rasgarse las vestiduras. Pero ocurre que no sólo la quieren presentar como una “opción”, sino como un motivo de orgullo. Ello no pueden creerlo ni quienes lo sostienen. Un cartel de un “colectivo de gays y lesbianas” decía: “¿Corrientes eléctricas para curar la homosexualidad? No, gracias”. Y alguien sacaba a la luz la verdad, escribiendo debajo: “Eso no tiene cura, hombre”. De una novela de Gide en que éste elogiaba la sodomía, comentaba Baroja: “lo mismo podía elogiar la tos ferina o las almorranas”.
Una tentación de la persona tarada –es decir, de todas, en mayor o menor medida—consiste en no admitir su defecto, y presentarlo como la normalidad o como algo tan bueno como la ausencia de él. Esta es también la forma más sutil de otra reacción típica: el intento de descargar sobre la sociedad el sufrimiento por un mal particular. Un caso extremo salió en la prensa: dos lesbianas sordas querían tener un hijo haciéndose inseminar una de ellas por un varón también sordo, a fin de transmitir la sordera como un rasgo “cultural”. Supongo que si pudieran decidir que la víctima fuera niña y lesbiana, también la culturizarían de esa forma. Orgullo de la tara.
Los desfiles del “orgullo gay” reflejan a la perfección el carácter grotesco de todo el invento, y lo que muchos vienen loando como una deseable “inversión de valores”. Es una inversión en todos los sentidos, y una pérdida social del sentido de la realidad. Las consecuencias las venimos experimentando desde hace mucho, pero la sociedad acobardada finge no darse cuenta.

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