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Dice Gustavo Bueno, con razón, que los partidos separatistas plantean un conflicto parecido al de un Estado extranjero que quisiera apoderarse de regiones españolas. Podemos recordar, entre otras cosas, que durante la guerra civil los secesionistas vascos y catalanes no sólo trataron con nazis y fascistas italianos, sino también con Francia e Inglaterra, a quienes propusieron crear una especie de protectorado desde el río Ebro a los Pirineos.
Por consiguiente, el conflicto no tendría más solución que la violenta, sea a través del juez o de forma directa; una violencia que han utilizado ampliamente los secesionistas mediante el terrorismo –especialmente el de la ETA– del que se han servido y con el cual han colaborado sistemáticamente.
Sin embargo el problema es más amplio: también existen en la democracia partidos abiertamente antidemocráticos como son no sólo los separatistas, sino también los marxistas, nacionalsocialistas o asimilados, islamointegristas, colaboradores del terrorismo, etc. La democracia puede y debe tolerarlos mientras no se vuelvan demasiado potentes y agresivos, y por tanto peligrosos para la libertad de todos o para la integridad nacional. Llega un momento en que, por esa razón, la tolerancia se vuelve suicida.
La cuestión radica en evitar llegar a esos extremos, y esto sólo puede lograrse mediante una labor activa de denuncia y crítica de tales opciones, de modo que se mantengan siempre en un nivel poco dañino. Sin embargo, en España no se produjo contra ellas una "lucha ideológica" a fondo, en la que llevamos un retraso de veinte años. Es más, la única denuncia un poco amplia y efectiva se ejerce contra el nazismo, un fenómeno de un pasado lejano, limitado a pequeños grupos y con muy pocas probabilidades de repetirse, aunque no deba bajarse la guardia. No se practica, en cambio –o no con la energía y sistemática precisas– contra estos otros totalitarismos mucho más vigentes y amenazadores. Es una situación grotesca, porque a nadie le cuesta nada hoy "condenar" el nacionalsocialismo, empezando por los héroes del tiro en la nuca y sus animadores secesionistas, paramarxistas "rojos" como el Gobierno actual y similares. Todos muy "anti nazis".
En tiempos de Aznar, que cometió graves errores pero iba mejorando cada año, el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo atacaba directamente a la ETA, pero también –a un plazo más breve que largo– a los separatismos que han vivido de ella; con razón se alarmaron en extremo y se subieron por las paredes. Parecía el comienzo de una rectificación del rumbo nefasto tomado en estos asuntos ya por Suárez, pero por influencia del pro etarra Cebrián y otros semejantes (esto no tiene que ver con el hecho de que Zapo esté haciendo tragar al académico sus regañinas del principio) se ha producido el proceso inverso: el sector antidemócrata y pro etarra del PSOE se ha hecho con el poder y hemos vuelto a una situación cada vez más crítica, mientras el partido de la oposición, con Rajoy, en vez de ejercer de dique, se ha añadido a la corriente socavadora de la democracia española.
Así están las cosas por el momento.
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