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Columna publicada el 26-08-2005
Hace algunas semanas estuve en Atenas con mi mujer y mi hija. Nos alojábamos en el hotel Stanley, y desde la habitación y desde la terraza podíamos distinguir la Acrópolis, casi la única razón aunque más que suficiente, a mi juicio, para ir a Atenas. A mi hija, en cambio, la ciudad moderna le parecía muy bien, lo cual, desde luego, me alegró, aunque no compartiera el gusto. Cenábamos en un salón muy agradable, en lo alto del edificio, donde un pianista interpretaba canciones bien conocidas: suramericanas, useñas, alguna italiana, española o francesa… Y dos noches le dio por tocar una, francesa, que me trajo casi violentamente a otra época.
Cuando tenía catorce y más años, mi padre y yo solíamos quedarnos a escuchar la BBC, y luego Radio París, después del diario hablado de Radio Nacional de las diez de la noche, que en algunos sitios seguían llamando “el parte”. A veces cogíamos también Radio Moscú, Radio Praga o Radio España Independiente (“estación pirenaica”, aseguraba el locutor con toda la cara). Aun a esa edad, yo percibía un poco la ganga fabuladora de todas ellas, si bien había gran diferencia entre la BBC, la más objetiva, y las emisoras comunistas. Lo constaté en 1962, con motivo de las famosas huelgas de aquel año, que afectaron a varias factorías viguesas, en especial a los astilleros Vulcano. La emisora francesa ocupaba una posición intermedia: mentía más que la BBC, pero menos que las otras.
Pues bien, Radio París tenía un programa semanal de información y entretenimiento sobre la vida parisina que yo oía con placer, y cuya sintonía era la canción que volvía a oír en Atenas. Nunca supe su título, lo comenté en la mesa y pensé enviar a mi hija a preguntárselo al pianista, pero no llegué a hacerlo. La música me producía una ligera ensoñación. Empecé a pensar en la multitud de gente que, a lo largo de los años, habría disfrutado o soñado con esa canción en las circunstancias más diversas: acaso millones de personas, la mayoría de las cuales ya no estaría en este mundo. Mentalmente vi al pianista, a los comensales de distintas edades y países tenuemente unidos por la comida y la música, a mí mismo, desaparecidos de la vida, como ocurrirá fatalmente. ¿Cómo moriría cada cual, y cuándo? Los mismos recuerdos sugeridos por la canción tenían rasgos de la muerte. Nadie más tenía esos recuerdos, ni yo podría reproducirlos con claridad, mucho menos vivir su contenido de nuevo, por mucha nostalgia o voluntad que pusiera en ello. ¿Qué significaría aquella situación en el comedor, lo que sintiera cada uno de los presentes? Y las alegrías, los sufrimientos, los avatares de las masas humanas que todos los días nacen y se desvanecen sobre la faz de la tierra, ¿adónde irán? ¿Cuál será su consistencia? ¿Permanecerán de algún modo inasequible a nuestra consciencia? ¿Habrá alguien o algo que juzgue sobre su valor, si tienen alguno?
Estas remembranzas y consideraciones vagas no alteraban el placer de estar allí, bromeando con la familia y degustando la cena. No hablé de ellas en aquel momento, porque quizá no habría sido bien interpretado, y ya de por sí se trataba de sentimientos confusos. En fin, ¡lo que le da por pensar a uno, en cuanto baja la guardia!

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