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Guerra civil

Un debate pueril

Una prueba del muy bajo nivel al que ha descendido la historiografía española por obra de los historiadores lisenkianos es la discusión que pretende explicar el resultado de la guerra civil por el volumen del material recibido por cada bando de sus aliados extranjeros. A fin de centrar el debate a un nivel algo superior, haré cuatro observaciones:

  1. La cantidad de material y de tropas nunca determina el resultado de una guerra o de una batalla. Han sido frecuentes las guerras ganadas en inferioridad material. Un ejército con mejor mando y organización militar vence, por lo común, a otro superior materialmente, siempre que esta superioridad no sea aplastante (y a veces aun así). Franco solo conquistó esa superioridad hacia finales de 1937, habiendo partido de una inferioridad material abrumadora.

  2. Un problema crucial que tuvieron que solucionar los dos bandos fue la adquisición de material y otras ayudas del extranjero, debido a la pobre industria bélica española. Problema mucho más acuciante para el bando nacional, pues casi todas las fábricas militares quedaron en manos del Frente Popular, así como la industria en general, la cual pudieron adaptar las izquierdas a sus necesidades bélicas, aunque lo hicieran con muy poca eficacia. Pues bien, el mando nacional resolvió el problema de las ayudas externas mucho mejor que sus enemigos, pese a carecer prácticamente de reservas financieras.

  3. La superioridad cualitativa del mando nacional queda reflejada en los datos concretos: cada contendiente recibió más o menos ayudas según las fases de la guerra, pero en conjunto pudieron ser ligeramente mayores las aportaciones italo-germanas. Sin embargo, al Frente Popular gastó muchísimo más dinero que sus adversarios. El coste exacto de las compras en la URSS y otros países sigue siendo desconocido (superó ampliamente las reservas de oro y plata del Banco de España), pero pudo acercarse al doble de lo gastado por los nacionales, que, además, terminarían pagando gran parte de la deuda a precio de saldo. Esta diferencia clave, siempre dejada de lado por nuestros lisenkos, demuestra la superioridad del bando nacional en la obtención, administración y manejo de las ayudas, así como la ola de corrupción que acompañó las compras de armas por el Frente Popular.

  4. Pero el aspecto principal de la intervención extranjera, que los nuestros historiadores de izquierda también olvidan sistemáticamente, es el de las contraprestaciones políticas. El Frente Popular perdió prácticamente su independencia frente a un Stalin que lo condicionó de modo decisivo a través del suministro de armas, de un partido agente como el PCE –que llegó a convertirse en el principal de las izquierdas– y de los asesores militares, personal de gran calidad, como demostraría en la guerra mundial.

    Franco no pagó un precio político tan exorbitante, ni por lo más remoto. Ni la Falange fue un partido agente de Roma o de Berlín, ni los soldados alemanes o italianos cumplieron un papel semejante al de los asesores soviéticos, ni, en fin, perdió en ningún momento su independencia. En este plano hallamos la radical diferencia entre las intervenciones soviética y germanoitaliana. Lo hice ver en su momento al profesor Moradiellos, quien, no pudiendo rebatirme, optó por retirarse del debate (desde entonces los historiadores lisenkianos han rehuido por sistema la polémica, exhibiendo graciosas y altaneras poses de intelectuales profundos).

Creo que estos cuatro puntos, y en especial los dos últimos, servirían para centrar la discusión en un nivel intelectual aceptable. De otro modo seguiremos en el reino de la simpleza y la pedantería.

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