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Bombardear Barcelona y otras reformas liberales

Si vamos a votar una reforma de la Constitución, hagámosla para que sea racionalista y liberal, mirando al siglo XXI, no una rémora populista.

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EFE

Llegan tiempos de reformas constitucionales. En estos cuarenta años solo se ha hecho un par de cambios explícitos, aunque por la vía de los usos y la jurisprudencia lo cierto es que la Constitución de 1978 ha evolucionado mucho. A veces, para mejor. En otras ocasiones, no tanto. Seguramente ninguno de los padres constitucionales, y mucho menos los españoles que la votaron, podían imaginar que, a partir del artículo que dice: "El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica", se permitiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Una hermenéutica flexible sobre la rigidez de la letra, por decirlo suavemente, para uno de los casos de mejora.

El golpe de Estado catalanista tiene como objetivo estratégico la independencia pero su meta táctica es otra bien diferente: poner la base para una reforma constitucional en clave nacionalista y de extrema izquierda. La mínima, y necesaria, intervención del Tribunal Constitucional en el estatuto de autonomía de Maragall y Mas hizo comprender a los catalanistas que, para conseguir una España confederada, con Cataluña en plan Estado libre asociado para estar casi fuera de España pero dentro plenamente de la UE, deberían primero revolucionar la Constitución ("volarla", les recomendó Pérez Royo, catedrático de ¡Derecho Constitucional!), porque no iban a conseguir que se violentase la interpretación del espíritu federal de la misma como se hizo para dar cabida al matrimonio homosexual.

La Constitución del 78 ha demostrado ser una vía adecuada para la conversión de España en uno de los países más prósperos, plurales y libres del mundo, a años luz de Portugal y Grecia, nuestros equivalentes hace treinta años, e incluso en varios apartados por delante de países que, como Francia, Italia y Reino Unido, parecían inalcanzables. Sin embargo, la deshonestidad de los nacionalistas periféricos para con el marco federal, que les ha permitido tener el más alto grado de autonomía de su historia y uno de los más elevados del mundo, así como el antiliberalismo innato de la extrema izquierda, que está devorando a pasos agigantados a la socialdemocracia que llegó a estar al mando del PSOE, están provocando un desequilibrio que amenaza con hundir el navío constitucional español.

Un recurrente fallo de la mayor parte de la intelligentsia española ha sido considerar que el odio y el desprecio de los catalanistas se pueden contrarrestar mostrándoles sumisión y rendición. De ahí esas patéticas concesiones que han llevado a que los eunucos lingüísticos digan en español "Yirona" y a que Otegi se le practiquen entrevistas hagiográficas en TV3. Peces Barba, que era un socialista desacomplejado gracias a su extraordinaria erudición y sus profundas convicciones igualitarias, bromeó imaginando cómo nos habría ido si en lugar de Cataluña hubiese sido Portugal la que constituyó España. O haciendo chistes –caracterizaba a los políticos de la Transición una socarronería a años luz de los aburridos funcionarios de la cosa pública actuales– sobre que ya no sería necesario bombardear Barcelona como hicieron Espartero y (el muy catalán) Prim en el siglo XIX.

Bombardear Barcelona es algo que actualmente solo sucede en el imaginario terrorista de los islamistas, pero sí cabe dejar de jugar con los catalanistas al poli bueno, ya que sistemáticamente usan la mentira, la demagogia y el golpismo como métodos políticos, en una tradición que se remonta a Lluís Companys y Ferrer i Guàrdia, para empezar a tener en cuenta lo que nos cuenta Robert Axelrod en sus investigaciones sobre cómo debe ser la lógica de la cooperación. Axelrod organizó un concurso de programas informáticos que debían competir entre sí mediante dos tipos de interacciones: cooperar o no cooperar, esa era la cuestión.

Un programa podría seguir la máxima de Jesús de poner la otra mejilla y cooperar siempre. Otro programa podría implementar una estrategia satánica y no cooperar jamás. Podría haber una dinámica locuela, de cooperación o no cooperación al azar. Sin embargo, la que ganó el torneo fue una que Axelrod denominó Tit for Tat, una especie de toma y daca por la que se empieza cooperando y luego se hace lo que haga el contrario. Es decir, si el otro coopera, pues se coopera. Si el adversario no coopera, no se coopera. Nada personal, solo negocios. La venganza y el perdón cogidos de la mano.

Cuarenta años después del 78, y con un golpe de Estado sobre la mesa, cabe responder a los catalanistas no con los bombardeos metafóricos de Peces Barba sobre Barcelona, sino con una propuesta constitucional no cooperativa que haga temblar los cimientos del Camp Nou, más que un club, y la Generalitat, menos que un 3%. El nuevo mantra es que hay que "reformar la Constitución" para "solucionar" el "problema catalanista". Todo ello aderezado con mucho "diálogo". Molt bé. Dialoguemos, pero desde la libertad y la igualdad liberal, no desde la imposición y la discriminación nacionalistas. No debe consistir dicha reforma en ceder al chantaje sino en todo lo contrario: en depurar la Constitución de los dogmas nacionalistas desde una perspectiva ilustrada. Por ejemplo, eliminando el término nacionalidades, esa concesión absurda a la metafísica etnicista de xenófobos como Sabino Arana y Jordi Pujol. Por supuesto, haciendo que la educación vuelva a ser una competencia del Estado central, dado que se ha usado como una fuente de adoctrinamiento nacionalista, al tiempo que se organiza la subsidiaridad de su gestión por parte de los ayuntamientos.

También, en sentido contrario, y dado que las reclamaciones de los secesionistas son consistentes en el tiempo y sostenidas por una parte considerable de la población en Cataluña y País Vasco, habría que permitir referéndums autonómicos sobre la independencia. Pero sometidos a una Ley de Claridad. Es decir, pregunta transparente (son tan deshonestos los nacionalistas que han introducido en la última versión la cuestión espuria de la república) y secesión también para ellos (si se rompe España, seguramente también se rompan Cataluña y el País Vasco). Igualmente, cabe erradicar esa antigualla medieval de los privilegios vascos y navarros en cuanto a fiscalidad y esa tontería machista de la preeminencia masculina en el orden de sucesión para la Corona.

No voté la Constitución del 78, pero la asumo plenamente, incluso aunque haya muchas cuestiones que no comparto (demasiado nacionalista y excesivamente intervencionista). Pero, si vamos a votar una reforma de la Constitución, hagámosla para que sea racionalista y liberal, mirando al siglo XXI, no una rémora populista a fin de contentar a los retrógrados nacionalistas y anticapitalistas, que siguen instalados en sus mitos decimonónicos.

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