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Cuán triste se pone el mundo cuando se apaga una voz inmensa. Hemos perdido más que a un tenor. Murió un hombre grande; grande, en todo el sentido de la palabra porque la enorme figura de Luciano Pavarotti (1935-2007) llenaba el escenario. Recuerden cómo en sus famosos conciertos, al lado de Placido Domingo y José Carreras, su figura era casi el doble del tamaño de Domingo y tres o cuatro veces el del pequeño Carreras. Pero, Dios mío, ¡qué voz! Aun al lado de estos dos fantásticos tenores, su voz se imponía.
Tuve la oportunidad de verlo varias veces, una de ellas gratis debido a que él insistía en que en sus conciertos siempre hubiera sitios gratuitos para los que no podían pagar. Algo que estudiantes y fanáticos de la opera escasos de medios agradecían. Recuerdo esa vez, hace años, cuando lo escuché, sentada sobre la arena en la playa de Miami Beach, al otro lado de un cordón que separaba a los que habían pagado de los que no. Luciano, con una camisa estampada de palmeras, subió al escenario colocado al lado del mar.
Esa tarde cantó, sudó y complació al público que solicitaba "¡otra, otra, otra!" Así nos encontró la noche, pues el concierto se prolongó más allá del hermoso atardecer. Fue apasionante. Tuve la impresión de que cantaba solo para mí. Qué importaba que me rodearan miles de personas, todos sentían lo mismo. Pavarotti enamoraba. Eran sus gestos, su voz, su sonrisa y el profundo sentimiento que le imprimía a algunas arias que así lo requerían. Con él, era más que escuchar la música, era vivirla.
Pavaroti fue también grande en su bondad. Extendió la mano a otros artistas, músicos, compositores y cantantes. Promovió concursos y dio a muchos la oportunidad de compartir escenarios con él. Era famoso porque siempre ayudaba a aquellos que se lo pedían. Dio incontables conciertos a favor de damnificados en toda clase de tragedias humanas: terremotos, hambrunas, desplazados. Tanto que en el año 2005 recibió el Premio de la Cruz Roja por servicios a la humanidad y el premio Libertad de la ciudad de Londres.
Tal vez, su sencillez y bondad provenían de sus orígenes humildes. Nació en Módena en 1935. Aprendió a cantar oyendo a su padre hacerlo mientras amasaba el pan en su panadería. Por aquel entonces, la ópera era una pasión nacional en Italia. Este incomparable tenor poseía la sencillez y la alegría característica de los hombres de esa hermosa región italiana.
Sin lugar a dudas, echaremos de menos su figura, su bondad, su alegría de vivir y sus incomparable manera de asegurar un difícil do agudo. Ciao, querido Pavarotti.
© AIPE
María Clara Ospina es analista colombiana.
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