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El Gobierno lleva remando desde hace mucho tiempo en la misma dirección, criticando las normas de convivencia que nos dimos los españoles en los años de la Transición por ser fruto del consenso y no de la ruptura, lo que obligaría a llegar a la quiebra constitucional, previo paso por una inestabilidad institucional que la hiciera ver como inevitable. El resultado era inevitable: quema pública de fotografías de los Reyes, reivindicación obsesiva de todo lo republicano, desprecio hacia la Corona y rechazo hacia la actual monarquía parlamentaria. Tan sólo era cuestión de tiempo que esto sucediera.
Es cierto que Rodríguez Zapatero no ha manifestado en público esas posiciones, faltaría más, pero lo que ha hecho hasta ahora tiene un efecto mucho más demoledor. Se ha declarado republicano, ha delimitado el papel del jefe del Estado, ha puesto en duda desde la ambigüedad la eficacia de la Transición y ha dado a entender que la actual democracia española debe de ser superada por una nueva "democracia avanzada". Para ser presidente del Gobierno de España bastante lejos ha ido.
Zapatero ha sembrado la duda y al final ha llegado la respuesta esperada. El presidente no lo dice en voz alta, pero para ello tiene a sus amigos parlamentarios: los nacionalismos radicales. Cuando no son unos, son otros, pero siempre tiene a alguien de su entorno que saca los pies del tiesto. Un día es la quema de fotografías de los Reyes, otro pedir que el Rey deje de ser el jefe del Ejército, hay quien exige conocer las cuentas de la Casa Real y no faltan alusiones a la monarquía como algo perfectamente sustituible.
Lo importante es que se ha ido creando un ambiente despectivo hacia la Corona, que el Gobierno ha permitido y alentado con su permanente negligencia. Es verdad también que ese ambiente antimonárquico se ha precipitado antes de tiempo y no favorece en absoluto a los socialistas en este año electoral. Eso es lo que ha llevado a Rodríguez Zapatero y a su Gobierno a quitar importancia a todo lo que está ocurriendo estas últimas semanas en muchos lugares de España. La respuesta es siempre la misma: los ataques a la Monarquía y la quema de fotografías de los Reyes son ataques muy limitados y de unos pocos radicales. Rodríguez Zapatero insiste, una y otra vez, en que no hay motivos para la preocupación puesto que son unos pocos los exaltados que han emprendido esta campaña de desprestigio de la Corona.
Pero por más que lo intente no puede ocultar que lo que está sucediendo ahora en la calle con tantos actos en contra de la monarquía no había pasado nunca en estos treinta años. Y si está pasando es por la actitud de Zapatero y su Gobierno. En todos los años transcurridos desde el intento de golpe del 23-F, el Rey nunca había tenido que defender públicamente el papel de la monarquía como ha hecho este lunes en Oviedo. Si don Juan Carlos se ha visto obligado a hablar de su propio protagonismo histórico y de la necesidad de la Corona en la inauguración del curso universitario es que la preocupación de la Casa Real es máxima. Pero el origen de todo hay que buscarlo en Moncloa, no en los radicales. Ha sido el Gobierno el que ha dejado las puertas abiertas y ha alimentado este ambiente de absoluto descontrol institucional que estamos viviendo. De los nacionalismos ya sabemos lo que cabe esperar, pero del Gobierno de España –como tanto le gusta decir ahora a Zapatero– esperábamos una mayor responsabilidad y seriedad. Está ya claro que esa espera era en vano.
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