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En España, a falta de otro criterio, parece que se ha mimetizado uno de los criterios utilizados en Estados Unidos para calificar un periodo de debilitamiento como "recesión". Ese criterio, el más sencillo, afirma que hay recesión cuando dos trimestres consecutivos tienen un crecimiento negativo del PIB. Me parece intelectualmente pobre.
Además, este no es el baremo oficial en Estados Unidos. El bueno lo establece el National Bureau of Economic Research (NBER) y no es tan simple. Es, por el contrario, bastante complicado, pues no se basa en unos datos preestablecidos determinados, sino en el juicio de un comité de dicho organismo, el cual examina una amplia batería de datos tomándose su tiempo. Ahora, en Estados Unidos, se discute si no estará ya la economía en recesión. Ciertamente, caídas de variables clave como el empleo, la renta personal, los beneficios empresariales –especialmente de las empresas más tocadas por la crisis inmobiliaria– y la ausencia en el horizonte de una salida rápida a esta caída lleva a muchos a hablar llanamente de recesión.
En España, donde tenemos problemas similares en algunos puntos, no hace falta esperar para ver que estamos asistiendo al deterioro intenso y rápido de variables de actividad y empleo, especialmente en la construcción y en la renta de las familias. La intensidad y la rapidez son desde luego cruciales para inclinarnos a decir que estamos en una recesión y, contrariamente a lo que dice el ministro Sebastián, no veo por qué esa rapidez e intensidad indicaría una igualmente rápida recuperación. Es una crisis en la que hay caídas de precios de los activos, y esto nunca es fácilmente reversible. Yo diría, incluso, que esto es peor que una recesión: es un ajuste de precios y cantidades de bienes y servicios y –matiz diferencial importante- activos, lo cual nunca es reversible a corto plazo.
El problema con las caídas de activos (sobre todo si son vivienda, que es el único activo de la mayoría de la gente), es que se prolongan durante un largo tiempo y tienen repercusiones negativas en la renta, pues esta no es sólo el salario percibido: es también la renta implícita futura del patrimonio. Es decir, la caída del valor de la propiedad es una caída de la renta disponible para el consumo de muchos años, que se añade el salario contraído o dejado de percibir... Luego, si proyectamos esto a los próximos trimestres, ya lo creo que estamos en recesión, pues ciertamente la renta real cae por aumento brutal del deflactor, la pérdida de empleo y la caída del patrimonio familiar.
Dirán algunos que es un ajuste necesario. Es cierto que el consumo español era excesivo y la prueba, el déficit exterior del 10% del PIB. Pero hay dos vías para reducir el exceso de consumo: por las bravas (aumento del despido y del paro, contracción de la producción), como dicen algunos, o por vía de ajustes de precios y salarios reales internos/externos. El primero es más largo e ineficaz. El segundo, como decía Friedman, se puede obtener más o menos dolorosamente. Indoloro es el camino de dejar que el tipo de cambio se deprecie, de manera que los salarios internos se contraigan sin que los trabajadores lo sufran como una reducción en seco de su nómina. En realidad, nadie, nunca, acepta una reducción en seco de su nómina, sino que va admitiendo el irremediable ajuste de su capacidad adquisitiva a medida que, simplemente, se queda sin trabajo, o admite una reducción para no perderlo (escaso es este ejemplo); pero nunca estará seguro de que no haya más rondas si la empresa va perdiendo mercado y la incertidumbre sobre cuál es su salario real le hace perder muchos meses en admitir una colocación que no era la que pensaba.
En España no gustamos de ajustes vía salarios y precios. Estamos en plena ebullición, porque determinados sectores de muy baja productividad han encajado mal el aumento del coste de la gasolina. No es más que el primero de esos ajustes. Estas fricciones continuarán, retrasarán, y harán más chapuceros e incompletos los ajustes de los demás perceptores de rentas de baja productividad.
El Gobierno, con tantos precios ficticios contenidos artificialmente (véase el caso de la electricidad) tiene una papeleta imposible, pues no contentará a todos. Tapará baches como pueda, es decir, mal.
Así que de recuperación inminente, nada. De caída profunda y larga, mucho. Y por hacer una comparación odiosa –como todas– quiero citar las palabras del gobernador del Banco de Inglaterra, que les ha dicho a los británicos lo que les espera: más subidas de precios, más contracción de la actividad y bajada notable del nivel de vida. Tiempos duros, ha dicho.
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