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En los social-totalitarismos del siglo pasado, el carácter de científico o intelectual se le otorgaba únicamente a quienes profesaban las teorías marxistas leninistas y justificaban las acciones del Partido Comunista. Todo estudioso de las ciencias, por muy brillante que fuera, no era "científico" ni "intelectual" si no coincidía con las tesis del partido en el poder. Esa posición ya se superó en casi todos los países del mundo, pero todavía hay profesores e investigadores que, escudándose en un puesto académico y en el calificativo de "científico", pontifican sobre problemas sociales según su dogma izquierdista.
He escuchado intervenciones y comentarios de académicos, científicos e intelectuales que prestan sus servicios en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde obtuve un doctorado y fui profesor durante muchos años, que producen vergüenza ajena. Justifican la toma violenta del Congreso y las actitudes intolerantes de grupos radicales, según ellos, en aras de la soberanía petrolera. Esas posiciones anticientíficas dejan claro la doble personalidad de quienes en un área de las ciencias estudian y analizan los problemas con objetividad, pero en otras pasan por alto los más elementales juicios científicos.
Olvidan la lógica, la realidad y la aportación de un sustento racional a lo que afirman. Se lanzan a criticar sin fundamentar, afirman sin probar y a justifican actos violentos, trampas y corrupción, siempre y cuando sean cometidas por quienes profesan su mismo credo político o pertenecen a su partido.
Tales actitudes destruyen toda base científica y convierte a sus defensores en activistas. En las democracias vale que cualquiera, con o sin grados académicos, opine, pero no es ético hacerles creer a quienes nos ven y escuchan que lo que afirmamos en política o economía, que son ciencias sociales, tiene validez sólo porque nos presentan como "científicos" o "intelectuales", aunque pasemos por alto los principios básicos de las ciencias y de la academia.
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