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Juan Cermeño

Gordas sin amor

El bueno de Declan ha dado una lección que, si siempre es valiosa, lo es aún más en un mundo sometido a la dictadura de la imagen y el cuerpo.

El bueno de Declan ha dado una lección que, si siempre es valiosa, lo es aún más en un mundo sometido a la dictadura de la imagen y el cuerpo.
Declan Rice y Lauren Fryer. | Archivo.

Dios creó al hombre y el hombre creó las redes sociales para extinguirse. No hay día sin casquería en el menú, maridado con buenas dosis de bajeza, cainismo, miseria y maldad. La semana pasada fue turno de Declan Rice, centrocampista del Arsenal, o, mejor dicho – lo contrario sería pecar de micromachismo–, de su pareja, Lauren Fryer. Resulta que Laura, en uno de esos guiños que tiene la vida, hace honor a su grasiento apellido y tiene un porcentaje de grasa corporal fuera de lo canónico. Declan, por su parte, es el fichaje más caro de la historia de la Premier (122 millones de lereles). El napalm estaba servido. Las redes son como el matón aburrido del instituto. Toda la vida en la misma clase y un buen día, sin venir a cuento, decide hacerte la vida imposible. Y así pasa una temporada hasta que la novedad desaparece y decide irse como vino: porque sí. Declan y Lauren llevan juntos 8 años, pero sólo ahora, porque sí, les tocó recibir la dosis de matonismo de los mentideros virtuales. No sólo no cumplen con el canon del quarterback y animadora americanos, sino que, para más inri, ella está entrada en carnes cual musa de Rubens.

Han dicho a Declan Rice que a dónde va con Lauren. Que subiera sus estándares porque podía aspirar a algo mejor. El fichaje más caro de la Premier League con una tabernera de anchas caderas, Virgen Santa. Todo esto no es de extrañar porque, como solía decir un amigo, la gente se huele. Por eso el poder, el dinero y la belleza siempre acaban en ese menàge-a-trois excluyente para el resto de los mortales. Yo me suelo descojonar a mandíbula batiente cuando en los corrillos se habla del binomio futbolista-modelo y algún alma cándida –siempre hay una– defiende a capa y espada estos amores, diciendo que el dinero y la belleza son algo circunstancial. Claro. Por eso, en la discoteca Sutton de Barcelona los jugadores dan acceso digital –a dedo, no virtual– al reservado a unas pocas agraciadas de entre todas las que se acercan buscando el premio gordo. Y unos escriben por Instagram a las modelos y otras a los canteranos con proyección que se van haciendo hueco en el primer equipo. Meras casualidades. Repito: la gente se huele.

Pero el bueno de Declan ha dado una lección que, si siempre es valiosa, lo es aún más en un mundo sometido a la dictadura de la imagen y el cuerpo. Cito textualmente: "Mi mujer es el amor de mi vida y no existe nadie mejor para mí. Ella ha estado conmigo desde que yo no era nadie. No me importa lo que diga la gente, estaré contigo para siempre". "Los estándares de belleza hoy en día no son realistas y todo el mundo se ha vuelto loco por culpa de las redes sociales". Lauren Fryer no tiene más carne que esas mujeres que, hace no tanto, eran retratadas por Rubens y Goya como auténticas diosas. Y les aseguro que, aún hoy, en los corrillos de hombres de bien, tiene mejor prensa una mujer con curvas de guitarra española que un palo de escoba con dos globos de plástico y un trasero postizo embutidos como una barra de mortadela.

De lo único que ha sido víctima Declan Rice es de la transfiguración del ser amado, como les pasó a Pedro, Santiago y Juan en Monte Tabor con Jesucristo. Con el tiempo, la carne es transparente. Pasan los años y uno sigue diciendo que su mujer es guapa por avivar el recuerdo de los primeros veranos y sacarle una sonrisa, pero en realidad ya no sabría decir si es guapa o fea: no hay físico que valga donde hay un alma enamorada. El amor de Declan y Lauren existiría sin dinero, poder o belleza de por medio. Qué paradoja: un tipo que presumiblemente sólo sabe dar patadas al balón demuestra un amor sin igual por su mujer, mientras que el cabecilla de la Moncloa utiliza a la suya para sonsacar lágrimas de cocodrilo al personal y justificar una persecución contra quienes no le bailan el agua.

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