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Juan Cermeño

¿Quo Vadis, Europa?

Han pasado 80 años y hoy Churchill diría que nunca tantos fueron jodidos por tan pocos.

Han pasado 80 años y hoy Churchill diría que nunca tantos fueron jodidos por tan pocos.
Ursula Von der Leyen. | Europa Press

Esta semana se cumplían 80 años del desembarco de Normandía. Aquel 6 de junio de 1944, la voluntad y el miedo de unos pocos convertía en vino el agua de las playas de Omaha, Juno, Sword, Gold y Utah. La voluntad de alcanzar el final de la playa. El miedo de desangrarse antes de poner pie en tierra. Nunca tantos debieron tanto a tan pocos, como decía Churchill de sus pilotos de la RAF. La deuda contraída por la humanidad en aquella carnicería fue tal que su aniversario es una de esas tradiciones que aún conservan todo su fuste y gala sin sucumbir a la modernidad líquida.

Hablábamos estos días en la oficina de ese evento cósmico que son las elecciones europeas de este domingo. Yo me limité a preguntar si quedaba algún partido al que votar para abandonar la Unión Europea porque, ya se sabe, un español no puede resistirse al calentón de la barra de bar. Aquello no gustó demasiado porque el personal ya peinaba canas y uno de los veteranos me echó en cara mi poca esperanza, pesimismo y no sé cuántos palabros más. Hay que reconocer que tiene razón: es triste que un joven tenga menos esperanza en lo que viene que los que se van.

Pero claro, su Unión Europea y la mía no son la misma cosa, aunque se llamen igual. ¿Cómo no iba un prejubilado a adorar Europa? Desde que llamamos a la puerta con Felipe González, en España florecieron carreteras, vías de tren y otras tantas obras públicas gracias al dinero europeo. ¿Cómo no ibas a convertirte en europeo, con todo el lustre que daba ese dinero a nuestra Españita? Éramos modernos, atrás quedaba eso de ser los paletos del sur: purgábamos nuestro complejo de inferioridad a ritmo de autopistas de peaje.

Lo que no tenía tanto relumbrón ni resultaba tan evidente era el precio que pagábamos por toda aquella ingeniería de chapa y pintura en la geografía española. Había que amoldarse al mercado común y nuestra competencia era desleal: demasiado campo y mucha mar. ¿Quién iba a notar unas cuantas vacas menos por explotación ganadera? ¿O la falta de unos pocos pesqueros en los puertos? El soborno fue un éxito: España se convirtió en cachorro de teta de la socialdemocracia europea. Desmantelamos los sectores primario y secundario, con menos glamour que otros, pero los mejores para dar trabajo al currito de andar por casa. El asunto ha alcanzado, últimamente, cotas de síndrome de Estocolmo: en las manifestaciones contra la amnistía, miles de personas enarbolaron la bandera de la Unión Europea pidiendo ayuda a Von der Leyen y compañía cuando el prófugo se había refugiado precisamente en Europa para huir. Secuestro mental.

Nos convertimos en el tóxico que accedía a todo lo que la diva Europa nos pedía con tal de pertenecer al club. Ahora, cuando el daño ya está hecho, nos vamos dando cuenta de que la chica nos engañaba. Somos verdes, inclusives, progresistas e intachables moralmente, pero la energía y la comida –vivir, en definitiva– son más caras que nunca. No podemos aplicar una mísera política interior de efecto sin que la Unión acepte la moción, y cuando se la necesita, como los últimos meses con Sánchez y Puigdemont, callan y miran para otro lado.

¿Tan extraño resulta que no me emocione esta Unión Europea? Han pasado 80 años y hoy Churchill diría que nunca tantos fueron jodidos por tan pocos. A este paso, discutiremos sobre la vocal del género a la luz de las velas. ¿Quo vadis, Europa?

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