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Juan Cermeño

El último legado de Franco

¿Fiesta española? ¿Civilización mediterránea? Que nos den. Yo sólo quiero comer a la una y no cenar a las diez.

¿Fiesta española? ¿Civilización mediterránea? Que nos den. Yo sólo quiero comer a la una y no cenar a las diez.
Unos vinos en una terraza de Valencia. | Ateneo de Valencia / Espacio Atenea Sky

Tras su exhumación del Valle en octubre del diecinueve, España olvidó definitivamente a Franco. O eso dicen los que gozan de una memoria tan selectiva que el dictador español aún se les aparece en sus peores pesadillas, pero ponen cara de incredulidad cuando uno habla de la ETA. La teoría de la relatividad de Einstein aplicada a la política. El español olvidó hace tiempo a pitufo gallego, aunque bastó convertir el traslado de sus restos en el episodio cumbre de una telenovela venezolana para hacernos recuperar la memoria. En realidad, lo habíamos olvidado en lo político, pero nunca en lo sentimental: en las pasiones, el español retoza como cochino en el barro, discutiendo de lo que cree política cuando no es más que charleta de barra de bar. Aquello de tomar una caña y arreglar el mundo, vaya.

Si el español fuese pragmático, un lado habría dicho "para ti la perra gorda" a los que querían sacar al dictador de su panteón y éstos hubieran respondido "asunto resuelto, todos amigos". Pero como no es el caso, ni una cosa ni la otra. Como los huesos no hablan, uno podría fijarse menos en las tumbas y más en la cantidad de embalses que se construyeron. Unos embalses que convertirían la sequía en un mal recuerdo si se les añadiera ese famoso y denostado trasvase Ebro-Segura del Plan Hidrológico —una curiosidad: el plan incluía un trasvase hacia Barcelona y Cataluña oriental, que es actualmente una de las pocas zonas donde existe una sequía real—. O fijarse en una rémora que arrastramos durante décadas y convierte el día a día del español en caos y desorden.

Antes de aterrizar en París, me hundía en el asiento del avión pensando en el bucle de trabajo, cena y hotel que me esperaba. Esas cenas europeas impostadas, de menú pitiminí a las siete de la tarde y calles vacías de postre, donde sólo resuenan unos pies que se arrastran a la jornada siguiente bajo la atenta mirada del perenne cielo gris parisino. Ya ven, sólo los españoles salimos de casa y sabemos disfrutar. Bien es sabido por el ávido lector que Franco alineó el huso horario español con el Eje y sus territorios y así quedó hasta nuestros días. La esencia erótico-festiva española. El día eterno. Galicia, epítome del desbarajuste, se disfraza de Noruega cuando el sol resiste en pie hasta las once las noches de verano, creando un bucle autodestructivo en el que uno no tiene ni hambre ni sueño, pero debe amanecer a la misma hora que sus colegas europeos.

Pero no hay nada peor que mirarse el ombligo y creerse invencible. Uno ya prevé el latigazo tempranero del hambre sin esa clásica parada española de media mañana que dura entre diez minutos y una hora, pero el horario solar acude al rescate y regala un almuerzo sobre la una, justo cuando el estómago empieza a picar. Media hora, café y a seguir. Y es aquí cuando llega esa maravilla que los franceses llaman "soirée", que es la velada castellana de toda la vida. Entre las cinco y media y seis de la tarde, caída generalizada de bolígrafos y huida hacia un día todavía a medio empezar. Nadie concibe seguir calentando la silla porque ya han concentrado todas sus horas de trabajo. Orden en la sala: primero la obligación y después la devoción. A partir de las seis, la capital gala sigue siendo una fiesta. La gente se arremolina junto al Sena botellas de vino en mano. Las terrazas, repletas, con sus camareros peripuestos, escaparates para el caminante sin rumbo. Si uno mira con recelo a Baco, también hay tiempo para ese ejercicio físico previo que exime de toda culpabilidad etílica. Todo maridado con verde, historia y belleza monumental. Todos saben que se acostarán temprano, pero poco importa. Desde las seis de la tarde hasta las once de la noche, la vida les pertenece. Y es entonces cuando te encuentras apurando los vinos sin pensar en el mal dormir o el duro mañana porque las siete u ocho horas en las que cambias a Baco por Morfeo te reconcilian con todos tus demonios. Sólo piensas en volver a esa "soirée" de duración perfecta que evita que te canses de ella. A ese cielo que regala de cuando en cuando a los parisinos un baño de sol, para que no todo sea vino. El orden y la ingeniería convertidos en fiesta. El equilibrio perfecto, la cotidianidad feliz frente a nuestros extremos nacionales. ¿Fiesta española? ¿Civilización mediterránea? Que nos den. Yo sólo quiero comer a la una y no cenar a las diez. Vuelvan a la hora que nos corresponde de una maldita vez, pardiez.

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