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Dalida consumó su vida trágica suicidándose hace 30 años

Este miércoles, 3 de mayo, se cumplen exactamente tres décadas del día que abandonó este mundo por propia decisión.

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Este miércoles, 3 de mayo, se cumplen exactamente tres décadas del día que abandonó este mundo por propia decisión.
Dalida | Cordon Press

Hay biografías de ciertas celebridades que, al repasarlas, puede que nos dejen un cierto escalofrío; la sensación de que fueron seres tal vez predestinados a la tragedia: la suya propia y lo que también sorprende, alcanzando a personas de su entorno íntimo. No conozco ningún caso como el de la cantante Dalida, a la que rondó mucho tiempo la muerte que, como una sombra, arrastró a su paso al menos a tres hombres que la amaron con delirio. Este miércoles, 3 de mayo, se cumplen exactamente tres décadas del día que abandonó este mundo por propia decisión, dejando tres cartas, una de ellas sin destinatario concreto, dirigida a sus seguidores: "La vida me resulta insoportable. Perdonadme".

Francia siempre ha adorado a sus ídolos, sin que importe el tiempo transcurrido desde que nos dejaron. Y a Dalida no la han olvidado, pues sus discos se siguen reeditando, amén de que se hayan rodado dos películas sobre su vida. En realidad nació en Egipto, el 17 de enero de 1933, con doble nacionalidad, francesa e italiana. Vivió siempre en París, en un magnífico piso situado en Montmartre, aunque viajaba constantemente, al menos por países europeos. En reconocimiento a su elegancia, el Museo Galliera, de París, le dedica estos días, hasta finales del verano, una muestra con algunos de sus impresionantes modelos, con los que se paseaba en sociedad o en los mejores escenarios y estudios cinematográficos y de televisión. Era una auténtica diva, de sugestiva belleza mediterránea, que en 1954 fue coronada como Miss Egipto. Su salto a Francia fue motivado por las inquietudes artísticas que la embargaban, comenzando por anunciarse como cantante en las boîtes de París con el sobrenombre de Dalila, con ele, aunque se llamaba realmente Iolanda Gigliotti. Escuchaba algunas bromas sobre tal apelativo, recordándole el papel que hizo aquella turbadora mujer citada en la Biblia, que incitara al mítico Sansón, de extraordinarios poderes físicos, hasta conseguir desposeerle de su fuerza cortándole sus abundantes cabellos. De ahí que el distinguido comediógrafo Marcel Achard sugiriera a su amiga cantante alterar levemente aquel nombre prestado por otro menos propenso a comparaciones, más original: Dalida.

En poco tiempo fue conquistando a los franceses con su envolvente voz, alcanzando la popularidad con un número que había estrenado ya la española Gloria Lasso, pero que Dalida lo divulgó también muchísimo: "Bambino". Radio Europa nº 1 era en aquellos años 50 y 60 un poderoso medio de comunicación que convertía de la noche a la mañana en figuras de la canción a primerizos intérpretes. Su director, Lucien Morisse, era un hombre casado, padre de una hija, que se enamoró de Dalida brindándole su apoyo y protección. Acabaría divorciándose y convirtiéndose en esposo de la voluptuosa cantante, en 1961, ya transformada en una estrella del music-hall, aclamada en el templo de la música ligera, el Olympia, como una diosa del espectáculo, capaz de competir, en otro estilo, con quien llenaba el teatro cada vez que la anunciaban: Edith Piaf. Esa fama conseguida en pocos años tal vez turbara a esta explosiva mujer que engañó a su marido yéndose a vivir con un joven pintor de nacionalidad polaca, llamado Jean Sobieski. Dos años de relaciones, envuelta luego en otros idilios de breve duración, como el mantenido con Alain Delon, con quien grabó un dúo musical de una letra musitada, titulada "Parole, parole". Sonaban en la radio también "Los niños del Pireo", "Gondolier", "Come prima", "Historia de un amor"… Y un curioso pasodoble dedicado al torero Manuel Benítez el Cordobés. Se divorció de Lucien Morisse, que nunca rompió su amistad con ella hasta que día resolvió acabar con su vida de un pistoletazo. No sería la primera vez que un amor de Dalida decidía suicidarse. Es lo que le pasó a continuación con un guapo colega italiano, Luigi Tenco, quien se presentó en 1967 al Festival de la Canción de San Remo. Como quiera que el jurado lo eliminó en la primera tanda, Luigi, en una incomprensible reacción de desconsuelo, creyéndose injustamente postergado con su canción "Ciao, amore, ciao" decidió subir a la habitación del hotel que ocupaba con Dalida y pegarse un tiro en la cabeza cuando se encontraba solo. Ni que decir que el trágico suceso supuso para ella un duro revés. Lo que entonces ignoraba es que su amante jugaba con dos barajas, pues tenía otra novia llamada Valeria. Se deslizó el rumor de que aquel suicidio pudiera no haber sido provocado no sólo por el asunto del concurso musical, sino por la complicada situación amorosa de Tenco. Un mes después, en París, una chica de servicio la encontró tendida en la cama con evidentes señales de que había querido también suicidarse. Se libró de milagro.

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La verdad es que Dalidada para escribir mucho sobre su novelesca existencia, pues entre sus posteriores aventuras sentimentales, mientras no dejaba de cantar con éxito y hasta rodar algunas películas, figura la siguiente: quedó embarazada de un chico de dieciocho años, lo que sin pensar en que podría traerle nefastas consecuencias la llevó a deshacerse del niño donde no debió hacerlo nunca; ya saben, uno de esos sitios donde algún médico desaprensivo y hasta sin titulación atiende estos casos. Y sí, perdió el bebé, como quería, pero quedando estéril de por vida. Ese negro episodio le amargó la existencia unos años. Recuperada, cayó rendida ante la presencia de un atractivo galán que decía ser el conde de Saint-Germain, quien aseguraba transformar trozos de plomo en oro mediante un proceso mágico, atribuyéndose de paso otros poderes. Como Dalida, tras las desgracias vividas tiempo atrás había pedido ayuda a varios psiquiatras, y pasaba muchas horas leyendo a Freud, su encuentro con aquel supuesto aristócrata vino a serle una bendición caída del cielo. Porque el galán la tranquilizaba con sus teorías esotéricas y otros cuentos que le venían al caletre.

Conocí a la pareja y pude darme cuenta de que el susodicho conde mas parecía un embaucador que otra cosa, figurando ser un alquimista. Era muy guapo, llamado Richard de Chanfray, y resultó ser el amante más duradero de Dalida, entre 1970 y 1979. Mi encuentro con ella fue con ocasión de su viaje promocional a Madrid para dar a conocer su último éxito, la pegadiza canción "Gigi, l'a moroso". Me confesó que a San Remo no había vuelto después de la desgracia de Luigi Tenco. Trató de convencerme de que no era triste, como muchos periodistas, yo entre ellos, así lo creía: "A todos nos pueden pasar en la vida cosas desagradables, sobre todo sufrimos más los artistas, cantantes, escritores, pintores… Hay que tener una riqueza interior para hacer frente y canalizar esas desgracias". Concluido aquel romance con el falso conde, éste, tras dejar a Dalida, se buscó otra amante. Las páginas de sucesos de los periódicos franceses informaron tiempo después del suicidio de la pareja, tras ingerir unos barbitúricos. Otra vez la muerte rondaba a la cantante: otro antiguo gran amor que se quitaba la vida.

Y llegamos al último tramo de la existencia de esta mujer, que no encontraba la felicidad salvo en su profesión. Probó suerte con otra relación: el doctor François Nandy. Con el que tampoco encontró la estabilidad que buscaba. Un día que lo esperaba en su casa de París y el doctor se disculpó al no poder estar a su lado, se tomó un frasco de pastillas y un largo vaso de whisky. Ya no despertó. Eso ocurrió, como decíamos, hace justamente treinta años.

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