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El trágico final de Tina de Las Grecas (y la historia de sus cinco hijas)

En el aniversario de la trágica muerte de Tina, las cinco hijas de distinto padre de la miembro de Las Grecas se reúnen para recordarla. 

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Carmela y Tina | Archivo

Este 30 de enero se han cumplido veintitrés años de la muerte, en trágicas circunstancias, de Edelina (Tina) Muñoz Barrull, componente de Las Grecas, un dúo rumbero de raíces calés, cuyo estilo fue etiquetado como "gypsy rock", o pop-rock gitano, si no utilizamos el anglicismo. Armaron un buen lío cuando lanzaron su primer disco en 1974, "Te estoy amando locamente", donde desvirtuaban graciosamente algunos vocablos, como "locamenti" y "simaconvenzo", así, todo junto al pronunciarlo. Medio millón de ejemplares se vendieron de aquella grabación. Tina y Carmela, que habían vivido en modestas viviendas de los suburbios madrileños, se habían curtido como artistas de relleno en dos tablaos de la capital, "Caripén", que era el feudo de Lola Flores, y "Los Canasteros", el de Manolo Caracol. Allí las descubrió el cazatalentos de una multinacional, José Luis de Carlos, que fue quien produjo en adelante los discos de Las Grecas. En poco tiempo llegaron a las listas de éxitos, ganando mucho dinero, que no supieron administrar, a lo que contribuyó que un representante que tuvieron metió la mano en la caja de las dos hermanas y poco menos las dejó casi arruinadas. Añádase a esto que las canciones de Las Grecas dejaron paulatinamente de interesar al gran público tres años más tarde y que Tina comenzó su mala vida a base de drogas, lo que dio por resultado la desaparición musical del dúo y la muerte de Tina, víctima del temido sida.

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Han pasado ya más de dos decenios y aquellos primeros éxitos de Las Grecas siguen escuchándose de vez en cuando: "Soy la que sufre por tu amor", "Anabalina", "Achilipú" (que había estrenado mucho antes Dolores Vargas), "Ilusionada"… Con sus voces de ayer, y no en las versiones que luego hizo Carmela con otra compañera y luego otro dúo que hizo uso del mismo nombre. Pero ya nada fue igual. En los últimos tiempos ha sido la primogénita de Tina, Saray, quien en su afán de abrirse paso en el pop, ha utilizado parte de las piezas con las que triunfó su infortunada madre al lado de la tía Carmela. Y no sólo eso: Saray se ha reunido recientemente con cuatro hermanas, con las que no tenía apenas relación, fruto de amores de su progenitora con varios hombres.

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En efecto: en su desordenada vida, Tina Muñoz parió a Saray de su relación hacia 1975 con un anticuario gitano. Quien desapareció de la vida de la artista. Tuvo que inscribir a la niña con sus apellidos, porque el padre no quiso saber nada de ellas. Lo mismo le sucedió cuatro años más tarde con un venezolano: se quedó otra vez embarazada de otra niña, a la que bautizó como Tamara. A partir de tener a esas dos hijas, Las Grecas desaparecieron del mapa musical y Tina entró en esa espiral del vicio, de la que no pudo salir, ni siquiera con la ayuda que quiso prestarle su hermana Carmela, a la que llegó a apuñalar. Estuvo unas semanas encarcelada por el robo que cometió en una peluquería de Talavera de la Reina.

Los amoríos de Tina continuaron. Con el venezolano de antes, padre de la mentada Tamara y en 1981, de nuevo de un par de mellizas, Siria y Tania. Como la madre ya acusaba su mal estado de salud y el venezolano "se hacía el longuis", allí donde vinieron al mundo esas niñas comprendieron que aquella no podía hacerse cargo de las mellizas. Y las pequeñas acabaron en una institución de la que saldrían pronto acogidas a una familia, que las bautizó con otros apelativos: María y Marta. En miserable existencia, Tina, abocada en sus últimos tiempos a la demencia todavía tuvo otra hija, Alba. Consecuencia de la relación que tuvo con un iraní. Se ve que estaba predestinada a tener sólo niñas. Esto ocurría en 1986 y como recordaba Angie Calero desde Zaragoza, la quinta hija de la desventurada cantante acabaría en manos de otro matrimonio, que dio en llamarla Begoña. Y ya en los años siguientes vino la autodestrucción de Tina. La encontré una tarde tendida en el suelo, apoyada en la pared en un edificio de la madrileña plaza de Benavente, esquina a la calle de la Cruz, rodeada de otros seres desquiciados y algunas prostitutas que merodeaban por el céntrico lugar. El rostro de Tina, sucia, con ropas malolientes, aparecía marcado por las huellas imposibles de borrar de las drogas. No era difícil pronosticar el negro final que le esperaba. Y entonces me acordé de sus años de gloria, pocos, pero felices. No era tan guapa como Carmela, pero vestía bien, era graciosa y algo más descarada que su prudente hermana. Conservo una fotografía con ambas asidas a mis brazos, tras entregarme un premio. ¡Quién podía presagiar entonces el final del dúo y la muerte de Tina…!

Las cinco hermanas, que conocen por supuesto sus ancestros y la triste vida de Tina, se reunieron en fecha reciente en Madrid, emotivo encuentro durante el que repasaron sus respectivas vidas. Saray, la mayor, brindó un homenaje a su madre. Prometiéndose entre sí que estarán en contacto y harán lo posible porque el nombre y las canciones de Las Grecas no acaben en el olvido.

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