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El tardío último matrimonio (y sorprendente carácter) de Max von Sydow

El actor Max von Sydow se volvió a casar en edad madura con su segunda mujer, con la que convivió sus últimos 23 años.

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El actor Max von Sydow se volvió a casar en edad madura con su segunda mujer, con la que convivió sus últimos 23 años.
Max von Sydow, su mujer y su hijo | Gtres

Los críticos cinematográficos, en general, han recogido la noticia del fallecimiento de Max Von Sydow acompañada de muy sesudos comentarios acerca de sus películas más universales, al tiempo que mostraban cierto desdén a otras que, al menos en los últimos tiempos, le proporcionaron tal vez más popularidad y desde luego dinero. De lo que se ha publicado menos es de su faceta humana. A ella me referiré, siquiera superficialmente, recordando la entrevista que sostuve con el gran actor sueco en una de sus varias estancias en España, donde amén de rodar diferentes coproducciones fue homenajeado en 2006 en el Festival de San Sebastián. Asimismo repetiré cuanto me dijo sobre sus creencias religiosas cuando estos días he leído comentarios dispares al respecto.

Lo primero que resaltaba en él era su gran estatura: un metro y noventa y tres centímetros. Rubio, a menudo con barba. Con un aire, a primera vista, entre místico y extraño, cual un despistado profesor o un distraído intelectual. No era cierto lo que algunos colegas apuntaban sobre el carácter de Max von Sydow, creyéndolo hosco, complicado, introvertido. Me pareció todo lo contrario. Simpático, comunicativo. Y eso que nuestro diálogo tuvo que interrumpirse varias veces porque constantemente lo apremiaban para incorporarse una y otra vez a una secuencia que no acababa de rodar el director de la película, Marcha o muere, en el puerto de Almería. Pero él volvía al rincón del barco donde yo lo esperaba para reanudar la charla. Así se comportó, tan cortés, durante una larga noche, entre las tres y las cinco y pico de la madrugada, cuando ya concluimos aquel diálogo.

Salió a relucir, como era inevitable, el nombre de su compatriota Ingmar Bergman: "Juntos hemos hecho muchas películas. Un director ideal, perfecto para un actor porque lleva al cine historias muy interesantes. Si un actor es bueno, con Bergman es fácil demostrar la valía. Y siempre deja en libertad al actor: es discreto". Añadió, a otra de mis preguntas sobre el exilio del más celebre director sueco: "Un rudo golpe para los suecos el exilio de Bergman, contrariado por pagar unos impuestos que él consideró desproporcionados". Max Von Sydow se haría célebre entre los cinéfilos de todo el mundo por sus extraordinarias interpretaciones en El séptimo sello, El manantial de la doncella, El rostro, Fresas salvajes, La vergüenza, Los comulgantes… Cuando le ofrecieron interpretar a Jesucristo en La historia más grande jamás contada no vaciló en dejar las heladas tierras de su país para irse a Los Ángeles. En Hollywood estuvo cierto tiempo, acompañado de su primera mujer e hijos, de los que después escribiremos.

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Con su primera mujer, Kristina Olin | Cordon Press

"Para mí, interpretar a Jesucristo en el cine resultó muy interesante aunque era consciente de que el personaje no podía ser nunca perfecto. No se podía contentar a todo el mundo en este filme. Es cierto que yo creía verdaderamente en mi papel, quería identificarme con Jesucristo… pero eso no es posible". Me confesó que no era católico sino protestante. Luego no parece veraz lo que algunos comentaristas han escrito estos días teniéndolo unos como agnóstico y otros ateo. Lo que me apuntó también es que estaba harto de tanto cine religioso como le ofrecían. "Por lo visto no se me puede ver riendo en la pantalla, o sea, trabajando en comedias".

Al preguntarle por El exorcista, aquella película que muchos aún no han olvidado, fue así de sincero: "Es tan extraña como negativa, tan diabólica como pensada únicamente sólo para su explotación comercial".

¿Qué decir ahora sobre sus colaboraciones en Star Wars, Juego de Tronos y otros títulos que aparecen al final de su larguísima filmografía? Max Von Sydow era un hombre culto, consecuente con sus ideas, pero muy realista: no siempre iba a encontrar un Bergman en su vida, tenía que aceptar papeles diversos contrarios a su buen gusto, por razones puramente alimenticias, como decía nuestro añorado Pepe Isbert.

¿Y su vida sentimental? Se casó por vez primera en 1951 con una actriz llamada Kristina Olin, en los tiempos en los que él comenzaba a trabajar en el cine: "Tenemos dos hijos, que afortunadamente no quieren saber nada de mi profesión, que es un poco de locos, lo que no les impide tener una formación amplia en Historia, Literatura, Arte...". Me pareció entonces un hombre muy familiar. Tras la entrevista volví a encontrármelo al día siguiente almorzando en un tranquilo restaurante de la ciudad en compañía del chófer que le había asignado la productora. Lo saludé y me correspondió amablemente. Iba yo acompañado de una dama, a la que no dejó de contemplar mientras comíamos. Sin duda apreciaba la belleza femenina, con un punto algo pícaro, mirándole a los ojos. Finalmente, horas más tarde nos encontramos en el aeropuerto, no se había olvidado de nosotros y nos fundimos en un abrazo como despedida.

Su unión matrimonial con Kristina Olin se quebró en 1979. El divorcio lo firmaron en 1996. Poco después él se afincó en París: había conocido a una cineasta francesa, Catherine Brelet, con la que contrajo matrimonio en ceremonia íntima en abril de 1997. Formaron un matrimonio sólido, con dos hijos llamados Cédric e Yván. Catherine era veintidós años menor que Max, quien con sesenta y siete años emprendió aquella segunda etapa amorosa de su vida con la mayor vitalidad e ilusión. Ella no se separó desde entonces del actor, al que acompañaba en todos sus desplazamientos. La mujer que cerró para siempre los ojos de Max Von Sydow en la casa que habitaban en la Provenza francesa. Todavía en 2018 rodó la que ha sido su última película, cuando le faltaba poco para ser nonagenario. Noventa y un años hubiera cumplido el próximo 10 de abril este fantástico actor.

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