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La elegida soledad de Carmen Maura a sus 75 años

Dos fracasos sentimentales y el dramático recuerdo de una violación han marcado la vida personal de la actriz.

Carmen Maura | Cordon Press

A sus setenta y cinco años, que cumple este 15 de septiembre Carmen Maura, la vida de esta sensacional actriz madrileña del barrio de Chamberí reúne episodios biográficos tan densos y dramáticos que chocan con su habitual carácter risueño, por el que sus múltiples admiradores la conocen. No ha dejado de trabajar, ha vivido los días del confinamiento en su casa de la sierra, a medio centenar de kilómetros de la capital, sola, únicamente con la compañía de su perro, y con la vista puesta en una próxima retirada o, al menos, el deseo de espaciar sus apariciones artísticas. El amor es para ella pasado.

Supe de esta sensacional mujer en el año 1974, cuando actuaba en una discoteca a espaldas de la Gran Vía madrileña, Long-Play, habitual lugar de reunión de actores y cantantes. Ella actuaba todas las noches, salvo los fines de semana, en una pieza de café-teatro, género entonces de moda y del que el comediógrafo Alfonso Paso decía que "ni era teatro ni te daban café". El caso es que allí se ganaba la vida Carmen y lo hizo durante varias temporadas. La pieza se titulaba El último tango de Rodolfo Valentino y Marilyn Monroe, escrita por el guionista de una popular serie televisiva, La casa de los Martínez, Ángel Romano Villalba. Cantaba Amado mío con rubia peluca, la melodía que estrenara Rita Hayworth. Y sobre todo, muy cerca de los espectadores del local, Carmen Maura demostraba tener un dominio absoluto de la escena, un desparpajo enorme y una insuperable y personal gracia. La misma que demostró en 1981 cuando presentaba con desenfado el programa de Televisión Española Buenas noches, donde escuchaba de boca del copreesentador y guionista Fernando García Tola aquello de "Nena, tú vales mucho". Carmen Maura se convirtió en ese tiempo en la actriz preferida de la progresía, en la primera musa de Pedro Almodóvar.

María del Carmen García Maura procede de una familia de clase media alta, hija de un oftalmólogo y madre descendiente de aristócratas. Bisnieta de Bartolomé Maura y Montaner, hermano del político monárquico Antonio Maura. Estudiante de Filosofía y Letras, participó en sus años jóvenes en varios grupos teatrales, se hizo novia del director de uno de ellos, el mallorquín Francisco Forteza Pujol, que era abogado. Con veinte años se casó, abriendo una galería de arte por consejo marital. Y simultáneamente participó en representaciones escénicas, a disgusto de su marido. Tuvieron dos hijos, María del Carmen y Pablo. En la temporada 1969-70 ya en plan profesional fue desarrollando una más intensa carrera en el teatro, que la obligaba a viajar a provincias, como se decía antes en el argot del arte de Talía. Cinco años después de su boda, en 1970 su esposo la puso en la disyuntiva de ser ama de casa… o separarse. Y ocurrió esto último. Los dos hijos quedaron bajo la custodia paterna. Pleiteando por ello, Carmen Maura sufrió la primera de sus decepciones sentimentales, lejos de Mari Carmen y Pablo, a los que sólo podía ver de tarde en tarde. Fue acusada por su propio marido de "abandono de hogar y llevar una vida poco edificante".

Mucho ha sufrido en su vida personal Carmen Maura, vejada por su "ex". Con una brutal experiencia después cuando a los treinta años vivió una dramática violación. Estaba en casa, sola, sonó un timbre, abrió la puerta a un desconocido, que se presentó como admirador suyo. Le franqueó la entrada. Un maníaco que cumplía el servicio militar, quien la forzó sin contemplaciones. Esa noche Carmen hizo algo sorprendente tras aquella agresión: llamó a un amigo, le rogó que mantuvieran una relación sexual, con el fin de olvidar la irrupción en su alcoba de aquel miserable militar al que denunció y un Tribunal Militar lo sometió a juicio sumarísimo cuatro años después. Prolongado trance, concluido cuando ella lo perdonó. Sucedió ese humillante episodio en noviembre de 1975, apenas unos días antes de que expirara el general Francisco Franco.

Los años de la Transición proporcionaron a Carmen Maura sus primeros éxitos en la pantalla, como Tigres de papel, en 1977. Representando en el teatro la obra dramática de Jean-Paul Sartre Las manos sucias, entabló amistad con un desconocido Pedro Almodóvar, a la sazón empleado de la Compañía Telefónica, que se ganaba unas pelas como figurante en el teatro. Y quien en su primera experiencia cinematográfica como director contó con Carmen para uno de los papeles de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón. La relación artística entre ambos se mantuvo años más tarde, a partir de aquel verano de 1979. Convertida en la primera chica Almodóvar fue la protagonista de Mujeres al borde de un ataque de nervios. El carácter tan personal, autoritario en ocasiones del manchego chocó con Carmen Maura, tan poco sumisa, y tras rodar juntos varios filmes se devolvieron "las cartas y el rosario de la madre", y no volvieron a hablarse hasta muchos años después, ya en el nuevo siglo, cuando firmaron la pipa de la paz en el rodaje de Volver.

Hacia 1980 Carmen Maura entabló relación sentimental con un espabilado contable, de nombre Antonio Moreno Rubio, al que otorgó poderes para administrar las ganancias de la pareja; en realidad, mayormente las de la actriz, que ya disponía de unos considerables ahorros, dada su ascensión en el cine y el teatro, cada vez más cotizada. Después de trece años de unión (no llegaron a contraer matrimonio) Carmen se quedó de piedra cuando su compañero, salió por piernas del hogar conyugal. Pronto se enteró que este sinvergüenza la había desplumado. Dos millones y medio de euros dejaron endeudada a la actriz, con una finca y unos pisos embargados. Tuvo casi que empezar de cero aquel infausto 1993, ir pagando a su banco lo que debía hasta sentirse del todo libre, en el aspecto económico y en el sentimental. Después, no se conocen otros amores de la estupenda actriz.

Carmen Maura vivió varias temporadas en una finca abulense que adquirió. Y después una casa en Miraflores de la Sierra, donde ya decíamos al principio que allí pasó los primeros meses de la pandemia. Habitualmente reside en su piso del madrileño paseo de la Castellana. Y en París, donde residió varias temporadas, tuvo que alquilar un apartamento motivada por los rodajes y estrenos teatrales. En Francia es muy apreciada, al punto que ganó un premio César. Muchos galardones rubrican sus triunfales interpretaciones, como cuatro Goyas y un par de premios de la Academia del Cine Europeo. No olvidemos que en su larga filmografía se cuentan al menos un par de películas magníficas: ¡Ay, Carmela! y La comunidad. Todo se lo ha ganado a pulso. Y entre otros recuerdos no puede olvidar los elogios que recibió de boca de Francis Ford Coppola, que la contrató para una de sus producciones.

Ya en tiempos recientes ha intervenido en una serie de tres capítulos, Alguien tiene que morir, para la productora Netflix. Recibe guiones, libretos, propuestas varias que ella selecciona rigurosamente. No quiere trabajar tan de seguido como ha hecho en los últimos cuarenta años. Se toma la vida con tranquilidad, sabedora de que la ha saboreado, con muchos éxitos profesionales, aunque prefiera también olvidarse de sus decepciones sentimentales. No ha perdido encanto. Es mujer llena de vitalidad, adorable. Y no representa esos tres cuartos de siglo que festeja estos días.

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