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Katy Mikhailova

Cuestión de tamaños

La democratización hace que podamos engañar hasta por los pies.

La democratización hace que podamos engañar hasta por los pies.
Ágatha Ruiz de la Prada. | Gtres

No cenar con chicas porque engordas más es el último titular de Agatha Ruiz de la Prada. Con hombres bebes más, parece ser. Que se lo cuenten, entonces, a todos los gorditos que se me vienen a la cabeza. Pero Agatha es Agatha y hay que quererla. Yo la adoro.

Reflexión que debemos tomarnos con humor y que coincide, casualmente, con el lanzamiento de un libro de Taschen, que publica la directora del Museo FIT de Nueva York, sobre el zapato y el tacón. En el siglo XVII los primeros en llevar tacón fueron los hombres. Interesante. Valerie Steele a sus 68 años reflexiona y analiza este complemento que ha cobrado tal relevancia en nuestra cultura. Porque sin tacones no hay paraíso.

Aun recuerdo aquella columna que escribí que titulaba la mierda se pisa igual que, releyéndola tantos años después, deduzco que no queda obsoleta. La democratización hace que podamos engañar hasta por los pies. Aunque Steele narre que por un zapato se denota la clase social. Y es que unos de Zara dan perfectamente el pego. La zapatofilia es tan válida como la bolsomanía. Con buen zapato y bolso, hasta una puede ir de chándal y cool al mismo tiempo.

En cualquier caso, el zapato aterrizó en nuestras vidas para proteger nuestros cuerpos, probablemente incluso antes que la propia ropa. Después para proteger la dignidad, que empieza por los pies. De algo puramente primitivo se ha evolucionado a algo aspiracional: marcar estatus y género, embellecer y atraer.

Steele recuerda que en 1995 la norteamericana media atesoraba unos 15 pares de zapatos. Cantidad que hoy día se duplica. Seguramente a consecuencia, primero, de la democratización de la moda, y, segundo, por el auge de que pongamos de moda la moda (Instagram ha hecho mucho).

También se ahonda sobre la connotación sexual y fetichista que gira en torno al zapato y al tacón. En el Imperio Romano las prostitutas llevaban sandalias. He aquí los (posibles) orígenes de la sexualización del calzado femenino.

Sea como fuere, yo particularmente he ido tendiendo a la comodidad más que a la estética. Nos pasamos la vida elevando cuestiones que no se maquillan con unos centímetros y una etiqueta (o una suela roja). Nos vestimos por los pies aunque perdamos la cabeza. Y algunos pierden la cabeza y los pies por unos centímetros de más. ante un tema tan complicado.

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