
Han transcurrido algo más de cuarenta años desde que esta veinteañera de Lérida, Eva Nasarre, se convirtió en una de las presentadoras de televisión más populares en toda España. No es que se dedicara al telediario o a programas de evasión: era la monitora de aeróbic que exhibía una tabla de movimientos ayudada por un grupo de gimnastas para que los televidentes interesados fueran imitando cuantos pasos y flexiones les indicaba a ellas. Fue, pocos años después, víctima de una cruel enfermedad degenerativa. En esa situación continúa, sin esperanzas, al ser incurable. Pero solidaria con quienes como ella sufren por ser dependientes, se ha convertido en una especie de portavoz para ayudarlos. Meritoria tarea de una mujer cuya vida sentimental, para colmo, también ha sido muy desgraciada.
De cómo llegó a televisión
Eva se había casado con un gimnasta como ella y en Barcelona montaron un gimnasio, con el que mantuvieron una suficiente clientela para vivir sin urgentes preocupaciones económicas. Cierto día su marido le comunicó que Televisión Española buscaba a una profesional para presentar y dirigir un programa matutino. —¿Por qué no te presentas?—. Entre bromas, Eva aceptó la sugerencia, tomó parte en la selección de candidatas y terminó siendo elegida. Ese puesto iba a ser para una conocida deportista, quien a última hora hubo de renunciar por cuestiones personales. Gracias a tal circunstancia, Eva Nasarre pudo convertirse en una figura muy familiar en la pequeña pantalla.
A partir de entonces, primero en la Segunda Cadena y ante el éxito ya en la Primera, en horario matinal, Eva Nasarre conquistó a la numerosa audiencia de Puesta a Punto, animando a quienes presenciaban cada vez más ese espacio a practicar, viéndola a ella, una serie de ejercicios gimnásticos para mantenerse en plena forma. Eso que en Estados Unidos hacía Jane Fonda, denominado aeróbic, tuvo su réplica española en la figura de Eva Nasarre.
El primero de aquellos programas fue emitido el 3 de octubre de 1983. La respuesta fue favorable, contabilizada la audiencia. Por entonces, Televisión Española inauguraba su programación matinal. Y Eva alcanzó tal popularidad, de la que se hicieron eco toda clase de publicaciones generalistas y de ocio, representando a una mujer moderna que invitaba sobre todo a las féminas a practicar la gimnasia, lo que, hasta entonces, era en nuestro país una entelequia.
Varias temporadas estuvo Puesta a Punto en antena, cambiando pasado un tiempo de nombre a En Marcha. Eva mantuvo su presencia ante las cámaras con simpatía y entusiasmo, siendo requerida para spots publicitarios también con los que colaboraba en campañas de salud pública.
Había estado alrededor de cuatro años viajando todas las semanas desde Cataluña a Madrid. Y muy probablemente esa circunstancia afectó a su matrimonio, que se deshizo.
Otra boda, un hijo y su alejamiento de televisión

Si su éxito en televisión resultó ser un fenómeno mediático, su retirada también causó desilusión entre quienes la seguían diariamente en su programa. Tuvo que resignarse, cambiar de vida y, de nuevo en Cataluña, encontró a otra pareja, contrayendo segundas nupcias con Chema Álvarez, en la localidad de Caldas de Montbui. Tuvieron un hijo. Ella encontró trabajo como asistente social. Su matrimonio fue cada vez más un infierno. Acabó denunciando a su marido por acoso psicológico. La relación con su hijo no fue buena. Estando desesperada ante esa situación familiar, no tuvo más remedio que divorciarse en 1988.
El mazazo que sufrió con su enfermedad
De nuevo la depresión, dedicada a su labor social, muy alejada de aquella imagen que exhibía en su época televisiva. El destino le tenía reservado un inesperado golpe. En 1999, sintiéndose víctima de frecuentes dolores en sus articulaciones, acudió a una consulta médica. El diagnóstico la dejó consternada: sufría artritis reumatoide. ¡Una paradoja en una gimnasta! Sin posibilidad de recuperarse. Incurable.
Sometiéndose a toda clase de cuidados, acabó utilizando una silla de ruedas. Las imágenes que se publicaron sin su permiso en la revista Lecturas le produjeron tal disgusto que decidió demandarlos. Ganó el juicio, siendo condenada la publicación a indemnizarla con 200.000 pesetas.
La vida para ella ya no fue igual. Una tortura diaria. Pero decidió dejar de lado su depresión para buscar algo positivo que paliara en lo posible, mentalmente, su durísima situación. Fue cuando decidió ayudar a personas como ella, las que fueran dependientes. ¿De qué manera? Promoviendo acciones sociales allí donde encontrara la institución que atendiera sus súplicas para mejorar la vida de quienes pasan dificultades para caminar, pidiendo que no hubiera barreras para ello, en los aparcamientos, en sitios públicos donde se instalaran escaleras mecánicas. Declaraciones en los medios de comunicación, participando en plataformas y foros para continuar su campaña de solidaridad con esos seres a los que, a pesar de una Ley de Dependencia, no se los ayuda, según su percepción.
Al margen, el distanciamiento de su hijo era constante. Una intervención quirúrgica a la que se sometió Joan Marc fue positiva. Este apenas le hizo caso cuando Eva acudió al hospital para interesarse por su estado, hasta que él fue cambiando de actitud. Desde entonces olvidaron el pasado y hoy en día su madre está feliz al haberla convertido en abuela.
Y su lucha continúa en favor de los que sufren y no tienen consuelo, que es lo que primero reciben de esta mujer que vivió un tiempo de felicidad al sentirse admirada por millones de españoles, para después tener la suerte en contra de su salud, sin esperanza, por una cruel jugada del destino, al que le hace frente pese a todo.
