
A simple vista, parece una contradicción biológica. El ser humano, diseñado evolutivamente para huir del peligro y evitar el dolor físico, invierte millones en entradas de cine para ser aterrorizado y busca activamente alimentos que provocan ardor, lágrimas y sudoración. Pero, ¿por qué sucede esto? ¿Puede explicarlo la ciencia? No hay que alarmarse, ya que lo que percibimos como una conducta irracional es, en realidad, un sofisticado juego de química cerebral y adaptación psicológica.
Hay que tener claro que, cuando nos enfrentamos a una pantalla de cine donde acecha un asesino o una presencia sobrenatural, nuestro cuerpo no distingue la ficción de la realidad a nivel fisiológico. De hecho, en ese momento, el cerebro activa una "respuesta de emergencia": se libera adrenalina, el ritmo cardíaco se dispara y la atención se agudiza. La clave del disfrute reside en la seguridad del entorno.
Aunque el cuerpo está en estado de alerta máxima, la mente consciente sabe que no hay un peligro real. Esta dualidad permite que, al finalizar la tensión, el organismo experimente una descarga de alivio masiva. Según el psicoanalista Danilo Sanhueza, este consumo de terror es una herramienta evolutiva; nos permite representar y entrenar miedos primitivos bajo un control absoluto, transformando una experiencia potencialmente traumática en un recurso de adaptación psíquica.
Picante: un engaño a los sentidos
El fenómeno del picante comparte una raíz similar, aunque su origen es químico. El protagonista aquí es la capsaicina, una molécula presente en los chiles que tiene la particularidad de "engañar" a los receptores del dolor y del calor en nuestra boca. Al ingerirla, el cerebro recibe una señal de alerta: "nos estamos quemando".
Para combatir este falso incendio, el sistema nervioso libera endorfinas y dopamina, los analgésicos naturales del cuerpo. El resultado es una sensación de euforia muy similar a la que experimentan los corredores de larga distancia, el famoso runner’s high. Por tanto, cuando se consume picante se abre un ciclo de "dolor-recompensa" donde el placer no proviene del ardor en sí, sino de la respuesta bioquímica que el cuerpo genera para mitigarlo.
El cine como espejo social y desafío personal
Más allá de la química, el terror cumple una función narrativa y social fundamental. De hecho, este género suele esconder una potente crítica social. Los miedos contemporáneos en el cine, el temor a la soledad, la violencia de género o la exclusión, permiten al espectador procesar ansiedades reales a través de metáforas visuales. El público busca ser provocado y descubrir hasta dónde puede aguantar su propia curiosidad.
Además, tanto el cine de terror como el reto de comer el chile más picante del mundo funcionan como una forma de desafío personal y cohesión social. Superar la experiencia refuerza la sensación de control sobre uno mismo. En un contexto compartido, estas vivencias generan complicidad y diversión colectiva, convirtiendo una sensación "desagradable" en un trofeo emocional.
En última instancia, el gusto por lo extremo revela la capacidad humana para hackear su propia biología. En ese equilibrio perfecto entre el riesgo percibido y la seguridad garantizada, encontramos una de las formas más intensas y fascinantes de placer que el cerebro puede procesar.

