
¡Mírenlos! Allí van. No es una procesión de monjes cartujos ni una brigada de operarios de mantenimiento de alcantarillado en plena huelga de celo. Es la nueva aristocracia del algodón estructurado. Desde las tabernas de azulejos desconchados hasta los beach clubs de napa blanca y cócteles a precio de oro, el veredicto estético de la España de 2026 es unánime, rotundo y, sobre todo, ajustable por detrás: la gorra de béisbol. El humilde estandarte de un jardinero de Ohio admirador de Joe DiMaggio o el escudo de un camionero de Arkansas contra el resplandor del asfalto interestatal, se ha transmutado en la península en el Santo Sudario de la Identidad Moderna.
Esa es otra de las gloriosas manifestaciones de la era del Ugly Fashion, esa tendencia perversa, auténtica rebelión de las masas de Ortega aplicada al textil, donde lo deliberadamente vulgar se eleva a los altares de un lujo accesible a todos. Pero no se equivoquen: la gorra no viaja sola. Es el yelmo, la pieza angular de una nueva y cutre armadura de la desidia. Debajo de la gorra beisbolera, el español moderno, de todas las edades, despliega el resto de su panoplia de poliéster: la sudadera con capucha, el nuevo manto de invisibilidad para el ciudadano que no quiere ser molestado por la realidad, el pantalón de chándal que sugiere un permanente compromiso con el músculo y las zapatillas de deporte, esas barcazas de goma flúor sustitutas del zapato no solo en los templos populares, sino en las pagodas del poder.
Esta estética de "gimnasio perpetuo" ha roto los últimos diques de contención: los palcos de los teatros o los consejos de administración. Ver a un consejero delegado discutir una fusión de miles de millones luciendo unas zapatillas de running de trescientos euros, capaces de amortiguar un salto desde la estratosfera, pero usadas para caminar por la moqueta, es presenciar la rendición incondicional de la élite ante el confort infantil. Se está ante un síntoma de la abdicación de las élites en su función de liderazgo. Incapaces de sostener el peso de la autoridad y la ejemplaridad prefieren "hacerse perdonar" plebeyizándose. Al mimetizarse con el atuendo del asfalto, pretenden eludir el juicio social: si visten como todos, nadie podrá exigirles que piensen o actúen por encima de todos.
Ya no se trata de vestir bien, concepto siempre discutible y hoy casi proscrito, sino de hacerlo con una "fealdad consciente" al grito de: "Tengo tanto o tampoco estatus que puedo permitirme parecer un figurante de una película de Torrente". Es la demolición de las formas como gesto de cortesía o convención de respeto mutuo; hoy el decoro es un esfuerzo insuperable para una voluntad debilitada.
Pero la historia no termina ahí. También se ha extendido el certificado de defunción al zapato. Ese objeto exigía un rito civilizatorio: la limpieza, una horma y un respeto por la anatomía urbana. Pues bien, ha sido desterrado por la tiranía de la suela de aire que libera de la desagradable obligación de caminar con cierta compostura, con la gravedad del adulto que pisa la tierra con seguridad y propósito; la zapatilla de deporte invita al rebote perpetuo, a una suerte de infantilismo motor acorde a la perfección con el resto del uniforme. Es el fin de la verticalidad adulta.
Todo esto es muy interclasista ¡Es la utopía igualitaria realizada por la vía del accesorio deportivo! En las Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique recordaba el poder igualatorio de la muerte, que equipara a papas y pastores. En la España actual, ese poder fúnebre y democrático ha sido usurpado por la gorra de béisbol y sus complementos. La armadura está completa: el chándal es la coraza que protege el cuerpo del esfuerzo del protocolo y la sudadera, la cota de malla, que resguarda al ego de la mirada ajena. Es el reflejo de una decadencia cultural y social donde la aspiración ya no es la excelencia o la distinción personal, sino el mimetismo igualitario con la masa. Nuestras vidas ya no son los ríos que van a dar en la mar, sino logotipos que van a morir en nuestra frente.
Hay un ritual, una liturgia que el viejo Tom Wolfe habría descrito con el deleite de un entomólogo ante una nueva y exótica especie de escarabajo pelotero. El sujeto entra en un restaurante de estrella Michelin con sus zapatillas de running saltando sobre la moqueta y su gorra. ¿Se quita? ¡Jamás! Desprenderse de ella equivaldría a pedirle a un caballero medieval despojarse de la celada en medio de la batalla de Agincourt o proclamar, antes de entrar en ella: "el rey está desnudo".
Existen dos tipos básicos de gorra beisbolera: la de "Granjero Chic", con su rejilla trasera para que el cuero cabelludo respire. Esta sirve para aplastar el flequillo hasta que solo asoman un par de mechones estratégicamente descuidados, una arquitectura del desorden controlado que requiere más tiempo de preparación que una tesis doctoral. A su lado, la gorra "vintage" desgastada, combinada con esas zapatillas que parecen rescatadas de un contenedor, proyecta una falsa nostalgia por una vida de esfuerzo físico que el portador solo conoce por las pantallas.
También es fascinante la erradicación a manos de la gorra asesina de siglos de tradición sombrerera. El panamá de paja toquilla, el fieltro que confería la gravedad de un banquero de la Restauración, o la boina de nuestros abuelos que sabía de vientos, de labranzas y de dignidad. Todo ha sido devorado por la hegemonía implacable de la sarga y el poliéster de la gorra beisbolera. Se asiste a la demolición del dosel craneal hispano. En las bodas, en los bautizos y, muy pronto en los funerales de Estado, se verá la visera de béisbol erguirse orgullosa, insolente, entre las coronas de flores y el incienso. El decorum clásico ha sido sustituido por la comoditas bárbara-hortera.
No se está ante una simple anécdota de guardarropa, sino ante la culminación de un proceso de infantilidad estética y cultural globalizada. La gorra es el pañal de la madurez, el envoltorio de un cerebro para el cual la complejidad del peinado o la distinción del ala ancha son lastres de una civilización demasiado exigente. Se asiste a la abdicación definitiva de la cabeza como sede del pensamiento para convertirla en un soporte publicitario de bajo coste. Es, en definitiva, el triunfo del "no-estilo", la única declaración cultural posible en un mundo que ha olvidado que, por encima de los ojos, no solo debe haber sombra, sino también algo de buen gusto.
En cualquier lugar se ve hoy una marea de viseras y capuchas moviéndose rítmicamente en una coreografía de uniformidad. El homo ibericus ya no tiene cabeza; tiene una gorra de béisbol. No tiene fisonomía; tiene una curvatura de visera. ¡Ah, la gloria del algodón! ¡La majestad de la hebilla de plástico! España ya no es tierra de hidalgos de triste figura, sino de viseras perennes y chándales de gala, marchando orgullosos hacia un futuro donde el peine será una reliquia arqueológica y la civilización terminará, oficialmente, donde empiece la rejilla de una visera beisbolera.
