Íñigo Onieva, marido de Tamara Falcó, es socio de Cristiano Ronaldo en un club privado
El empresario impulsa el exclusivo club Vera en el barrio de Salamanca, con cuotas elevadas y acceso solo por recomendación.
Nada sabíamos de Íñigo Onieva hasta que fue novio de Tamara Falcó; la prensa rosa siguió la evolución de esas relaciones, con alguna crisis, hasta su boda con la marquesa de Griñón. Él, entonces, aunque no use tal título, es marqués consorte. Y con suerte: tras esa boda emprendió sus posteriores negocios. Así, Isabel Preysler quedó más tranquila sobre el porvenir de su hija pues cuando conoció a su futuro yerno, que trabajaba como relaciones públicas de una discoteca, no parecía sentirse satisfecha de la elección de Tamara, la simpática tertuliana que más carcajadas exhibe cada semana que aparece en El Hormiguero. Está harta de responder a la incesante pregunta que le hacen en la calle o en fiestas los reporteros de turno: "¿Para cuándo serás mamá?". Ella lo desea. Y sigue los consejos ginecológicos que la orientan.
Negocios tras la boda
Mientras tanto viaja mucho con su marido y está al corriente del restaurante Casa Salesas, en la zona madrileña de los juzgados y tribunales, del que es socio Íñigo Onieva. No ha transcurrido año y medio cuando se ha embarcado en otro negocio, a punto de inaugurarse: Vera. Un club selecto para reuniones de empresarios, citas gastronómicas y estancia de socios en sus salones, al modo tradicional de los que hace muchísimos años existen en Londres.
Uno de los dos socios de Íñigo es Cristiano Ronaldo. Nada se sabe de lo que pone uno y otros. Pero no hay que ser muy espabilado para intuir que es el futbolista portugués, aún en activo marcando goles, forrado de pasta gansa, quien puede sea el que más invierta. ¿Íñigo aporta también una elevada cantidad? ¿Tamara está interesada económicamente en el negocio?
Cristiano Ronaldo tiene muchos millones ganados en el Real Madrid y otros clubs de primera y la selección lusa. Y ha ido invirtiéndolos en parte en adquisiciones inmobiliarias, en hoteles, instalaciones deportivas, clínicas para trasplantes de cabellos a los calvos…
Íñigo Onieva y sus dos socios han ideado este club Vera con unas muy especiales condiciones para quienes se inscriban en él. Con una prohibición que nos parece razonable: nada de utilizar a voz en grito teléfonos móviles. Prohibido hacer fotografía de los salones.
Ocupa el club una superficie de mil metros cuadrados, lo que antes ha sido una tienda de la diseñadora y peletera Elena Benarroch, en la madrileña calle de Lagasca, el centro del exclusivo barrio de Salamanca. Donde un interiorista de prestigio se ha encargado de decorarlo.
Planea el club un programa diario: las mañanas dedicadas a los hombres de negocios, empresarios que se reúnen cómodamente para sus asuntos. Y la tarde dedicada a actividades sociales. Entre medias, los horarios de almuerzos y cenas, con una cocina de alto nivel.
Un club privadísimo
Para pertenecer al club tan exclusivo hay que contar con recomendación de los socios fundadores o de los que ya están inscritos. Un comité se encargará de aprobar o no las solicitudes. Se trata de reunir a personalidades del mundo de la empresa, las altas finanzas, de la vida política, profesionales del deporte, de la moda y actividades bien relacionadas con la vida social.
Íñigo Onieva señala que el precio no es lo más importante para pertenecer a este club privadísimo, sino la dificultad para ser aceptado. No obstante, tampoco es que las cuotas sean irrisorias: quince mil euros de entrada y cuatro mil cuatrocientos euros, ¿por qué no una cifra redonda?, de cuota anual.
Me temo que tardaré mucho tiempo en pertenecer a tal club. Pienso en Groucho Marx, que ya desconfiaba si lo dejaban pertenecer a alguno.
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