
Los Goya ya no son exactamente una gala de cine. Son otra cosa. Una mezcla curiosa entre ceremonia cultural, liturgia moral y asamblea política improvisada. Algo así como si Kafka hubiera escrito el guion de una alfombra roja.
Este año, como era previsible, muchas solapas se poblaron de chapas con la bandera de Palestina. No voy a discutir el horror de las guerras (ninguna persona sensata puede estar a favor de ellas), pero sí la estética del gesto obligatorio. Porque cuando la conciencia se convierte en uniforme, la virtud empieza a parecerse peligrosamente a la moda.
Quizá por eso me resultaron interesantes las declaraciones de Aldo Comas, artista y marido de Macarena Gómez, que estos días se ha atrevido a decir algo que en ciertos círculos empieza a ser revolucionario: que la libertad no consiste en repetir consignas, sino en pensar.
La ironía quiso que apenas cuarenta y ocho horas después de los Goya me lo encontrara en uno de esos lugares donde Madrid parece reinventarse cada seis meses, 61 sixtyone, el nuevo restaurante y club que aspira seriamente a convertirse en el place to be de la temporada.
El espacio lo firma Archidom Studio, el estudio de Álvaro Estúñiga y Chema Sobrado, dos jóvenes empresarios que aún no han cumplido los cuarenta y que ya operan entre Madrid, Marbella y Dubái diseñando algunas de las villas más espectaculares del circuito internacional o los mejores restaurantes.
En 61 han creado algo más que un restaurante. Han construido una atmósfera. Una especie de diálogo improbable entre el romanticismo veneciano y el brutalismo contemporáneo. Luce veladas, reflejos dorados, madera oscura, lámparas artesanales y esa decadencia elegante que uno imagina en los salones de un palazzo cuando la noche empieza a caer sobre el Gran Canal.
Detrás del proyecto está Grupo Mosh, que después de conquistar Marbella ha decidido redefinir también la noche madrileña.
Allí coincidimos Ágatha Ruiz de la Prada, Aldo Comas, Álvaro Estúñiga y yo, en una de esas mesas donde Madrid vuelve a parecer una ciudad civilizada: conversación, arquitectura, arte, un poco de ironía y bastante champán. Aldo, por cierto, estaba presentando también una nueva línea de caviar. Porque en Madrid siempre pasan varias cosas a la vez.
Pero si algo me ha hecho pensar esta semana no ha sido tanto la política cultural como otra frase aparentemente inocente. La actriz Silvia Abril declaraba recientemente que las personas creyentes le daban pena. Pena.
La palabra me pareció extraordinaria. Porque uno puede discutir una fe, ignorarla o incluso burlarse de ella (la historia de Europa está llena de esas discusiones), pero sentir pena por alguien que cree resulta casi más curioso que creer.
¿Pena por qué exactamente? ¿Por amar algo invisible? ¿Por buscar sentido en el misterio?
Yo recibí los tres sacramentos siendo adulta. Nadie me obligó. Nadie me educó en esa tradición como quien hereda una vajilla familiar. Fue una decisión consciente, tardía y profundamente libre. Y pocas decisiones me han parecido más modernas que esa.
Creer, cuando se hace desde la libertad, es un gesto radicalmente contemporáneo.
Para mí Dios no es una consigna, ni un miedo, ni un reglamento moral.
Dios es amor. Bondad. Belleza.
Y una persona que ama (a Dios, a otro ser humano o incluso a la vida) difícilmente puede dar pena.
Casualmente además hoy es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Y mientras algunos siguen intentando explicarnos qué significa ser mujer desde un manual ideológico bastante rígido, mañana celebraremos la quinta edición de los Premios Mujer FEARLESS.
Un encuentro donde reconoceremos a mujeres extraordinarias que han decidido vivir con criterio propio. Desde Ana Rosa Quintana hasta Alaska, pasando por empresarias, creadoras y comunicadoras como Macarena Rey, Violeta Mangriñán o Mar Flores.
Mujeres que trabajan, crean, emprenden, se equivocan, vuelven a empezar y, sobre todo, piensan por sí mismas. Que es, en realidad, la única forma posible de libertad. La libertad de creer. La libertad de disentir. La libertad de amar.
