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Así se fabrica un enfermo climático

La preocupación climática crece, pero ¿estamos ante un nuevo trastorno o ante un fenómeno amplificado por el discurso público?

La palabra ecoansiedad apareció por primera vez en 2007 en los trabajos del filósofo ambiental Glenn Albrecht. En 2017, la Asociación Americana de Psicología (APA) la definió como "miedo crónico a la degradación ambiental". Desde entonces, el término se ha popularizado en medios, entornos educativos y debates políticos.

Conviene matizar: no se trata de un diagnóstico psiquiátrico formal, sino de una categoría descriptiva. Engloba respuestas emocionales como preocupación intensa, culpa, tristeza o ira ante el deterioro ambiental o la anticipación de escenarios climáticos adversos.

La cuestión central no es si estas emociones existen —porque existen— sino cómo se miden, cómo evolucionan y qué factores las intensifican.

Qué muestran los estudios internacionales

El estudio más citado sobre el tema fue publicado en 2021 en The Lancet Planetary Health. Analizó a 10.000 jóvenes de entre 16 y 25 años en diez países. Una mayoría expresó preocupación significativa por el cambio climático y una proporción relevante afirmó que esa preocupación afectaba a su vida cotidiana.

El trabajo concluía que los niveles más altos de angustia se registraban en países más vulnerables a impactos climáticos directos. Es importante subrayar que el estudio evaluaba percepciones y afectación subjetiva, no diagnósticos clínicos.

En el ámbito europeo, un análisis publicado en 2023 en el European Journal of Public Health, basado en 52.219 participantes de 25 países, mostró diferencias significativas en niveles de preocupación climática. España se situó entre los países con mayor porcentaje de personas muy preocupadas (55,2%).
La palabra clave sigue siendo "preocupación". La literatura científica distingue entre preocupación adaptativa y ansiedad clínica incapacitante.

Organismos internacionales: qué dicen y qué no dicen

El IPCC, en su Sexto Informe de Evaluación (AR6, Grupo de Trabajo II), reconoce con alta confianza que los fenómenos extremos pueden afectar la salud mental, especialmente en contextos de trauma directo.
La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el cambio climático puede tener consecuencias psicológicas, incluyendo estrés postraumático tras desastres naturales.
Lo que no afirman estos organismos es que exista una nueva entidad clínica global derivada exclusivamente de la preocupación climática. El énfasis se sitúa en eventos extremos y vulnerabilidades sociales.

Un análisis publicado en Nature en 2024 revisaba cómo la investigación intenta diferenciar entre respuestas emocionales normales y cuadros clínicamente relevantes, advirtiendo sobre la necesidad de evitar sobregeneralizaciones.

España: datos disponibles y límites de la evidencia

En España no existe aún un sistema específico de vigilancia epidemiológica de "ecoansiedad". Sin embargo, sí hay datos sobre salud mental tras eventos extremos.

Tras la DANA que afectó a la Comunidad Valenciana en 2024, se reportaron síntomas compatibles con trastorno de estrés postraumático en personas directamente afectadas. El Ministerio de Sanidad anunció estudios de seguimiento para evaluar el impacto psicológico a medio plazo.

Estos casos responden al primer nivel descrito por la literatura: impacto directo del desastre.

Más complejo es evaluar el tercer nivel: el impacto mediático y anticipatorio. Aquí los datos son menos clínicos y más sociológicos.

¿Nueva patología o nueva etiqueta?

El auge del término ecoansiedad coincide con un contexto de creciente sensibilidad climática y expansión del lenguaje psicológico en el discurso público.

La medicalización de emociones sociales no es un fenómeno exclusivo del ámbito ambiental. La psiquiatría contemporánea ha debatido durante décadas los límites entre respuesta adaptativa y trastorno.

En el caso de la ecoansiedad, la evidencia sugiere que:

La clave, según expertos en psicología ambiental, reside en equilibrar información rigurosa con mensajes centrados en soluciones y resiliencia.

Un reto de comunicación y salud pública

El debate sobre la ecoansiedad no debería polarizarse entre negacionismo y dramatización. Se trata de comprender cómo interactúan riesgo real, percepción social y discurso institucional.

Informar sobre el cambio climático es necesario. Generar conciencia también. Pero la salud pública exige proporcionalidad. Las emociones forman parte de la respuesta humana ante la incertidumbre. Convertirlas automáticamente en categoría clínica puede simplificar en exceso un fenómeno complejo.

En España, la preocupación es alta; la patología demostrable, escasa. El reto no es advertir sobre los riesgos, sino evitar que la emergencia se convierta en clima emocional permanente.
Porque cuando la alarma se vuelve constante, la "ecoansiedad" ya no es solo una emoción: es el subproducto de una narrativa.

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