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El "asesino secreto" de la inflamación crónica: así dispara el riesgo de infarto, cáncer y alzhéimer

Este proceso silente daña tejidos y favorece dolencias como la diabetes o el cáncer si no se controla con sueño, dieta sana y menos estrés.

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La inflamación tiene mala fama, aunque es un proceso imprescindible para la supervivencia. De hecho, normalmente ante una infección o una lesión, el organismo activa una respuesta inflamatoria aguda que permite eliminar al agente agresor y reparar los tejidos dañados. En esta fase participan las citocinas y, posteriormente, sustancias como las resolvinas y maresinas, derivadas de los ácidos grasos omega 3, que facilitan la resolución del proceso. Como toda respuesta fisiológica, la inflamación aguda tiene un inicio, un desarrollo y un final. El problema aparece cuando ese mecanismo no se apaga.

No obstante, en la sociedad actual existe una forma de inflamación menos visible y más peligrosa: la inflamación crónica de bajo grado, también llamada inflamación silente o sistémica. Esta es una inflamación que no produce dolor ni síntomas agudos, pero actúa de manera constante, dañando tejidos y alterando el metabolismo durante años.

Uno de los primeros escenarios donde se observó fue la obesidad. El tejido adiposo, especialmente la grasa abdominal o visceral, se encuentra infiltrado por células inflamatorias y se asocia a un mayor riesgo cardiovascular y metabólico. No duele, no alerta, pero mantiene al organismo en un estado de estrés permanente.

El vínculo con el envejecimiento

El envejecimiento no es ajeno a este proceso. De hecho, el daño en el ADN, el acortamiento de los telómeros, el estrés oxidativo y la acumulación de células senescentes —células "zombi" que ya no cumplen su función pero siguen liberando sustancias proinflamatorias— favorecen este estado inflamatorio persistente.

A ello se suma la inmunosenescencia, el envejecimiento del sistema inmune, que pierde eficacia y equilibrio. Esta interacción entre inflamación crónica y envejecimiento ha dado lugar al concepto de inflammaging.

Virus, entorno y estilo de vida

Pero no son solo cosas internas lo que favorecen la inflamación sino que, entre los factores externos destacan las infecciones crónicas o recurrentes, como los virus latentes (herpes, Epstein-Barr), así como los elementos propios del estilo de vida moderno: obesidad, dieta inadecuada, sedentarismo, tabaquismo, alcohol, alteraciones del microbioma, contaminación ambiental y estrés crónico.

Esta preocupación por la inflamación de bajo grado no es algo nuevo, de hecho, la revista TIME ya definió en 2004 la inflamación crónica como "el asesino secreto". No genera urgencias ni señales claras de alarma, pero prepara el terreno para las enfermedades que más mortalidad generan en la actualidad: diabetes, síndrome metabólico, cáncer, alzhéimer o enfermedades cardiovasculares.

Fatiga persistente, digestiones pesadas, niebla mental, dolores musculares difusos o dificultad para perder peso pueden ser manifestaciones indirectas de este proceso.

Los tres pilares para combatirla

  1. Sueño reparador: Dormir mal eleva los niveles de inflamación y altera hormonas clave como el cortisol. Durante el sueño profundo se activan procesos de reparación celular y limpieza cerebral. Dormir no es solo descansar: es desinflamar.

  2. Manejo del estrés: El estrés crónico mantiene al sistema inmune en alerta constante. Técnicas como la meditación, el ejercicio, la respiración consciente o el contacto con la naturaleza ayudan a reducir la respuesta inflamatoria sostenida.

  3. Alimentación antiinflamatoria: La dieta actúa como un interruptor inflamatorio. Frutas, verduras, fibra, grasas saludables y omega 3 ayudan a modular la inflamación, mientras que los ultraprocesados, azúcares refinados, harinas blancas y el exceso de grasas saturadas la alimentan. Mantener la glucosa estable, aportar antioxidantes y equilibrar el consumo de omega 3 y omega 6 resulta clave.

Microdecisiones con impacto a largo plazo

Combatir la inflamación de bajo grado no depende de soluciones milagrosas, sino de decisiones repetidas cada día. Elegir comida real, moverse con regularidad, dormir mejor y reducir el estrés envía una señal de calma al sistema inmune.

Apagar este "incendio silencioso" es un proceso continuo. La salud futura, la energía diaria y la claridad mental se construyen, en gran parte, en esos pequeños gestos que el cuerpo sí sabe reconocer.

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