El error que cometes al elegir la temperatura del agua
La bebida fresca actúa como refrigerante tras el ejercicio, mientras que la templada es ideal para el día a día al ser más suave para el organismo.
Vas a un restaurante, pides agua y llega la pregunta inevitable: "¿La quiere fría o del tiempo?". Lo que parece una simple cuestión de gustos es, en realidad, un pequeño dilema fisiológico. ¿Influye la temperatura en la hidratación? ¿Es mejor para el estómago? ¿Ayuda a adelgazar? La ciencia tiene algunas respuestas claras… y desmonta varios mitos.
A nadie se le olvida que el cuerpo humano está compuesto aproximadamente por un 60% de agua. Por ello, mantener una hidratación adecuada es fundamental para regular la temperatura corporal, eliminar toxinas, favorecer la regeneración celular, mantener la energía e incluso mejorar el aspecto de la piel. Pero no todo depende solo de la cantidad: la temperatura también juega un papel en cómo el organismo procesa el líquido.
El cuerpo regula (casi) todo
Uno de los mitos más extendidos es que el agua fría "corta la digestión", pero no es así… En realidad, el cuerpo humano es una máquina térmica extremadamente eficiente. Cuando bebemos agua fría, el estómago no la envía directamente al intestino a esa temperatura: primero la adapta rápidamente hasta aproximarla a los 37°C corporales.
Eso significa que no existe un peligro real para una persona sana por beber agua fría. Sin embargo, sí puede haber pequeñas diferencias en la velocidad de vaciado gástrico y en la sensación digestiva, especialmente después de comidas copiosas.
De hecho, beber agua muy fría justo tras comer puede provocar una ligera vasoconstricción y hacer que algunas personas perciban la digestión como más lenta o pesada. No es peligroso, pero puede resultar incómodo.
Agua fría: aliada del deporte y el calor
Cuando el objetivo es refrescarse o rendir físicamente, el agua fría tiene ventaja. El motivo es que, durante el ejercicio o en días de altas temperaturas, ayuda a reducir la temperatura corporal más rápidamente, actuando como un "refrigerante interno". Además, suele resultar más apetecible, lo que favorece que bebamos mayor cantidad. Y eso sí es importante: muchas veces la clave no está en la temperatura, sino en que nos apetezca beber.
No olvidemos tampoco que existe el mito de que el agua helada ayuda a adelgazar porque el cuerpo quema calorías al calentarla. Técnicamente es cierto, pero el efecto es mínimo: un vaso muy frío apenas supone unas pocas calorías extra de gasto energético. No es una estrategia real de pérdida de peso. Eso sí, conviene evitar extremos: el agua excesivamente helada puede causar molestias en personas con sensibilidad dental, migrañas o garganta irritada.
Agua del tiempo o tibia: más suave para el organismo
El agua del tiempo —entre 20°C y 25°C— o ligeramente fresca (10-15°C) es la opción más equilibrada para la hidratación diaria. No genera contraste térmico y suele ser mejor tolerada en grandes cantidades. En momentos como al despertar, durante las comidas, en días fríos o durante procesos gripales el agua templada resulta más confortable y menos agresiva para el sistema digestivo y respiratorio.
En muchas culturas asiáticas, beber agua tibia forma parte de rutinas de bienestar tradicionales. Aunque en Occidente no sea tan habitual, cada vez más personas optan por esta opción por su sensación de suavidad.
Entonces… ¿cuál es mejor?
La respuesta corta es sencilla: ambas hidratan igual. No existe una temperatura universalmente perfecta. No obstante, la evidencia científica sugiere evitar los extremos. Ni muy helada ni muy caliente. El rango más recomendable para la mayoría de situaciones se sitúa entre los 10°C y los 25°C, dependiendo del contexto.
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Si acabas de entrenar o hace mucho calor, el agua fresca ayuda a refrescarte.
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Si estás comiendo o buscas una hidratación suave y constante, mejor del tiempo.
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Si tienes molestias digestivas o respiratorias, templada puede resultar más agradable.
El verdadero riesgo no está en la temperatura, sino en no beber suficiente. Una deshidratación leve afecta a la concentración, al estado de ánimo y al rendimiento físico mucho más que cualquier diferencia térmica.
El debate entre fría o del tiempo tiene más matices de lo que parece, pero no hay una opción "mala" para personas sanas. La clave es escuchar al cuerpo, evitar contrastes bruscos y, sobre todo, mantener una hidratación constante a lo largo del día. Porque al final, el mejor vaso de agua es el que realmente te bebes.
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