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Defensa liberal de la Edad Media

Contra el mito vulgar, los liberales vinculados a la Escuela Austriaca fueron los grandes defensores de la Edad Media.

Contra el mito vulgar, los liberales vinculados a la Escuela Austriaca fueron los grandes defensores de la Edad Media.
Friedrich Hayek, en 1981, en la London School of Economics. | Alamy

Córdoba, diciembre de 2025. Filósofos medievalistas se reúnen en los alrededores de la Mezquita para hablar de «transmisión del saber» desde la Antigüedad tardía a los inicios de la Modernidad con el tono de sacristía laica habitual entre esos monjes del conocimiento que son los académicos: frugales en su trabajo y su estudio, como los protagonistas de El nombre de la rosa. Como Jorge de Burgos —el sacerdote aristotélico y criminal de Umberto Eco—, dan la impresión de que, tras su aparente bonachonería, serían capaces de asesinar en una discusión sobre la mejor traducción de un término griego al árabe.

Por mi parte, he venido a hablar de un punto de vista peculiar en este congreso: la perspectiva de Hayek, Schumpeter y Rothbard sobre la Edad Media; concretamente, sus tesis de que el liberalismo no nació en los salones afrancesados de Voltaire ni en las tabernas escocesas de Adam Smith, sino entre frailes dominicos y jesuitas ilustrados que discutían el precio justo del trigo, mercaderes que inventaban la letra de cambio en las ferias de Champaña y jueces ingleses que decían al rey: «Ni siquiera vos, majestad, estáis por encima de la ley».

Contra el mito vulgar, los liberales vinculados a la Escuela Austríaca fueron los grandes defensores de la Edad Media, esa época que la propaganda ortodoxa ha vendido como un pozo de ignorancia y teocracia, y que Hayek, Rothbard y Schumpeter defendieron como el laboratorio donde se gestaron la libertad individual, el capitalismo y hasta el anarcocapitalismo. Estos tres titanes del pensamiento liberal del siglo XX —Hayek, Schumpeter y Rothbard— se encargaron de recordárnoslo, a pesar de que tanto los reaccionarios como los ilustrados españoles habían tratado de sepultarlos en el olvido.

Los liberales del siglo XX se lanzaron a deconstruir el mito de que la libertad llegó con la Revolución francesa y su guillotina igualitarista. Friedrich Hayek, en Los fundamentos de la libertad, lo explicó de manera meridiana: la libertad moderna —esa que consiste en no estar a merced de la voluntad arbitraria de nadie, ni siquiera del Estado— es hija directa del common law inglés y de una idea medieval que hoy suena revolucionaria: la ley no la inventa el rey cuando le da la gana, sino que la ley ya está ahí porque viene de Dios —entendido este de manera teológica o simplemente como una manera de llamar a la costumbre y al sentido común acumulado durante siglos—. El rey, como mucho, la descubre y la aplica. Punto. Y si no la aplica, la tergiversa o la anula, bien está el tiranicidio, sentenció Juan de Mariana.

En la Inglaterra medieval, la Magna Carta no fue un regalo gracioso de Juan sin Tierra. Fue un «¡hasta aquí hemos llegado!» colectivo que recordaba al monarca que ni él podía tocar los derechos que venían de tiempo inmemorial. Aunque fue fundamentalmente un pacto feudal entre el rey y los grandes barones, y los «derechos inmemoriales» que defendía eran privilegios de clase, sentó las bases como precedente del rule of law. En España algo semejante ocurrió con anterioridad con los Fueros de León, concedidos por Alfonso IX en las Cortes de 1188.

Pocos siglos después, en el continente, los reyes absolutos de los siglos XVI y XVII se dedicaron a barrer todo el sistema medieval de limitación al poder del monarca para montar su tinglado centralista: Francia y España terminaron con Luis XIV y Felipe IV diciendo «El Estado soy yo». Inglaterra, no. Inglaterra conservó la semilla medieval y, gracias a ella, pudo parir la Revolución Gloriosa de 1688, que es la verdadera madre del liberalismo clásico (no la francesa, que parió el Terror y luego a Napoleón).

Hayek lo resumió con su elegancia habitual al establecer que el gran error moderno fue creer que la sociedad se puede diseñar desde un despacho. La Edad Media, con su caos (aparente) jurisdiccional maravilloso —señoríos, ciudades libres, iglesias, gremios, todos compitiendo—, era un orden espontáneo que funcionaba mejor que cualquier plan quinquenal.

Joseph Schumpeter, por su parte, defendió que el capitalismo ya existía cuando Shakespeare escribía sobre mercaderes venecianos. Se enfrenta a los que piensan que el capitalismo empezó con las chimeneas de Manchester. En su monumental History of Economic Analysis demuestra que todo —la contabilidad por partida doble, la letra de cambio, el crédito internacional, la sociedad anónima primitiva— ya estaba inventado en las ciudades-estado italianas y en las ferias de Flandes del siglo XIII.

Y los que teorizaban todo eso no eran banqueros protestantes con sombrero de copa, sino frailes católicos. Santo Tomás de Aquino ya distinguía valor de uso y valor de cambio. Jean Buridan anticipaba la teoría subjetiva del valor. Nicolás Oresme escribía el primer tratado serio de teoría monetaria, defendiendo que la moneda pertenece a la comunidad, no al príncipe que quiere devaluarla para pagar sus guerras. Vamos, que los escolásticos españoles y franceses tenían más idea de economía de mercado que la típica facultad de Económicas donde enseñan economistas como Thomas Piketty, Stiglitz y Eduardo Garzón. Schumpeter reconoce méritos enormes a Smith, pero sostiene que, en teoría del valor subjetivo y en comprensión del empresario, los escolásticos estaban más avanzados que los fisiócratas y que el propio Smith (quien, efectivamente, resucita elementos de la teoría laboral del valor).

Y llegamos al más salvaje de los tres: Murray Rothbard, el padre del anarcocapitalismo moderno. Rothbard, como siempre, fue el más radical. Para el norteamericano, la Edad Media fue casi anarcocapitalista y fueron monarcas como los Reyes Católicos los que rompieron ese equilibrio, poniendo las bases del absolutismo que, en última instancia, desembocaría en el totalitarismo. Para Rothbard, la Baja Edad Media fue lo más parecido que ha existido nunca a su utopía de sociedad sin Estado: cientos de jurisdicciones compitiendo, ley mercantil privada (la Lex Mercatoria), tribunales privados, seguridad contratada… El rey era un señor feudal más, y casi toda la ley era consuetudinaria o privada.

Y en la cima de todo eso, los escolásticos tardíos del Siglo de Oro español —Vitoria, Molina, Suárez, Mariana— desarrollando la teoría más radical de derechos naturales que se haya visto hasta el siglo XX: autopropiedad, apropiación original, derecho de resistencia, tiranicidio… Como señalé, Mariana, un jesuita español del siglo XVI, defendía que cualquier ciudadano podía cargarse a un rey que impusiera impuestos sin consentimiento. Rothbard lo cita con lágrimas de emoción. Seguro que a usted, lector, le ha venido a la cabeza algún político actual al que Mariana condenaría sin piedad.

¿Qué pasó luego? El Estado absolutista aplastó todo eso. Los Reyes Católicos, Richelieu, Luis XIV… todos juntos en una orgía centralizadora que destruyó las libertades medievales.

Y cuando llegaron los liberales clásicos del XVIII, en vez de terminar el trabajo y abolir el Estado del todo, se conformaron con dejar un Estado mínimo. Rothbard cree que Smith no es un héroe del liberalismo, sino un traidor.

La gran lección que se atrevieron a formular Hayek, Schumpeter y Rothbard —uno conservador, otro moderado, otro anarquista radical— coincide en lo esencial: contra los ortodoxos, la tesis revisionista de que el enemigo de la libertad no fue nunca la Edad Media es la correcta. El enemigo fue el Estado moderno, ese Leviatán hobbesiano que nació en el siglo XVI y que todavía hoy nos vende la moto de que sin él seríamos cavernícolas.

Así que la próxima vez que alguien les hable del «oscurantismo medieval», respóndanles que la libertad que hoy disfrutamos para tuitear memes de todos los colores la inventaron unos sacerdotes católicos de primer nivel intelectual, mientras los antepasados ideológicos de los fascistas y los antifascistas —tanto monta, monta tanto— quemaban herejes en nombre de la diosa Razón.

Y una coda liberal: la Edad Media no necesita que la defendamos. Necesita que la recuperemos.