
En la muerte de Sócrates, Platón no estuvo entre los que le acompañaron a beber la cicuta, pero lo convirtió en héroe de unos diálogos en los que todavía habitamos. Cuando Jesús nació, Augusto había acabado con la República romana y se había convertido en emperador, pero, a los pocos años de la crucifixión de Cristo, los romanos destruyeron el Templo de Salomón y expulsaron a los judíos de Israel, iniciando estos un éxodo que duraría dos milenios.
Sin embargo, trescientos años después del exilio, una versión del judaísmo formada a partir de las enseñanzas del que creían Mesías se convirtió en la religión oficial del imperio. La espada había sido derrotada por la cruz. Siglos después, cuando algunos judíos planeaban la vuelta del pueblo hebreo a Israel, un filósofo que firmaba como el Anticristo declaró que el cristianismo era platonismo para el pueblo. De este crecimiento rizomático de ideas y creencias, de poderes transformados los unos en los otros, se sigue que el futuro está abierto, es impredecible y, para bien o para mal, cualquier intento de configurarlo resulta absurdo.
