La inteligencia mexicana, dicho sea con trazo grueso, ha sido poco combativa contra la terrible persecución de Calles contra los católicos. No hubo una crítica, por decirlo suavemente, a la narrativa oficial que, sin negar totalmente los hechos, nunca reconoció los crímenes. Tampoco aceptó que fuera una persecución. Nunca se habló de persecución sino de un "conflicto" entre modernidad y atraso; los revolucionarios eran avanzados y los cristianos unos pobres diablos sin instrucción. El Estado modernizador tuvo que reprimir por la fuerza y la violencia la intransigencia de los cristianos, incultos en su mayoría, pastoreados por una Iglesia poco menos que anticatólica y criminal.
El cuento "histórico" oficial es simple: Carranza dio a México una maravillosa Constitución laica; Obregón fortaleció la revolución y dictó medidas muy enérgicas contra la intransigencia de los incultos católicos; Calles no tuvo otro remedio que reprimirlos (jamás admitirán los "historiadores" oficiales la palabra persecución) para construir un país moderno; y, finalmente, Portes Gil, después de tres años de duración de la "guerra cristera", consiguió con la ayuda del general Lázaro Cardenas dar carpetazo al "conflicto" religioso. Una serie de charlas y pláticas amigables entre el conciliador presidente Portes Gil y el arzobispo de México pusieron fin al problema. Eso es, en síntesis, el cuentecito que les narran los profesores a los estudiantes de Bachilleratos en Segundo de Historia de México.

