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Al cielo con él

Tan redondo salió el gesto de Felipe VI que si una fuera atea y antimonárquica me preguntaría si alguien tuvo el maquiavelismo de estropear el avión papal.

Tan redondo salió el gesto de Felipe VI que si una fuera atea y antimonárquica me preguntaría si alguien tuvo el maquiavelismo de estropear el avión papal.
El rey Felipe despide al papa León XIV, justo antes del incidente que le ha obligado a bajar. | EFE

No se puede negar que la visita de León XIV a España ha sido una maratón simbólica. En Barcelona, grande en el marketing, pero diminuta en lo urbano, hubo momentos en que casi no se podía circular. Y en que hasta los que creemos en Dios nos preguntábamos qué tal se verían las imágenes del Estadio Olímpico si se emitieran en blanco y negro y con música del NO-DO… Ah, pero, si París pudo valer una misa, qué decir de la conmovedora belleza del acto en la Sagrada Familia. Desde la inauguración de los Juegos Olímpicos del 92 no se veía nada igual. También como entonces, hubo quien intentó deslucir encartando estelades y matraca disruptiva en las partituras de los miembros del coro, que resultaron ser cientos de personas bajo la lupa de las fuerzas de seguridad… con lo cual nunca sabremos cuántos de esos cientos, realmente, habrían estado por la labor de hacer el ridículo.

Yo creo que el independentismo crepuscular, consciente de sus debilidades, se ha puesto en modo low cost: igual que el Estado Islámico dejó hace tiempo de invertir en terroristas profesionales para invertir en incendiar mezquitas y redes sociales, a ver si salen lobos solitarios, que si por chiripa atinan a atentar con éxito nos apuntamos el tanto, y si fallan no les conocemos de nada, pues estos tunean las partituras de un coro entero, sabedores de que probablemente la policía lo va a interceptar antes de que nadie tenga oportunidad de cantar ni de gritar nada… bueno, bonito y barato, ¿no?

Pero estábamos con que la bendición papal de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, y por extensión de Antoni Gaudí, pre-beatificado en efigie celestial formada por drones, era sin duda el acto más mágico, glamuroso y hasta milagroso de la visita de León XIV. Hasta que, ya despidiéndose en Tenerife, se averió el avión de Iberia donde tenía que volver al Vaticano con todo su séquito, el clerical y el periodístico…y ahí acudió raudo Felipe VI al rescate, cediéndole en el acto su Falcon. Es decir, el que el Ejército había puesto ese día a disposición del Rey de España.

Qué detalle, qué elegancia. Tan redondo y brillante salió el gesto, que si una fuera atea y antimonárquica me preguntaría si alguien tuvo el maquiavelismo de estropear adrede la aeronave papal para dar a Felipe VI la oportunidad de lucirse. De quedar como un señor, como con su discurso del 3 de octubre, y sacar una cabeza a todos los dirigentes políticos que durante esta semana agotadora han competido entre sí por apropiarse lo que más les convenía en cada momento del discurso del Papa. El Rey no ha necesitado apropiarse nada en concreto. Se ha limitado a coger al Papa…y al cielo con él. Dando de paso una mano de pintura a la reputación y la utilidad de los Falcon, que buena falta les hacía desde que algunos prebostes –que no prevosts…– han usado y abusado últimamente de ellos para aerotransportarse a los destinos más peregrinos, en el mal sentido. A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, y a todos los demás…tiempo al tiempo.

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