
En general, no me gusta el fútbol. No me interesa. Pero hay momentos y momentos, y en los últimos (momentos) mi interés se ha visto acrecentado por poderosas razones extradeportivas. Seguí con el alma en un puño –de verdad– el partido Argentina-Cabo Verde en el Mundial. Y me dio mucho que pensar. Cosas que hoy me gustaría compartir con ustedes.
Vayamos por partes, como Jack el Destripador: lo primero es que me sobresaltó bastante ver circular en redes que Messi le podría haber ofrecido a Vozinha, el milagroso portero electricista caboverdiano, una especie de pasaporte al bienestar y a la fama antes del choque de ambas selecciones en el Mundial. El tema mucho pululó en redes, mas carece de toda confirmación oficial. Déjenme decir: menos mal. Porque si no, vamos, habría que pensar que Messi ha sacado alguna maña de Pedro Sánchez…
Finalmente llegamos al partido en sí limpios de polvo y paja. En el momento en que escribo estas líneas ya todos ustedes saben, supongo, lo que pasó: ganó Argentina, pero sufriendo. Teniendo que llegar a la prórroga con una selección, sobre el papel, insignificante. Claro que el papel lo aguanta todo, pero no lo es todo.
Viendo el partido, recuerdo que se me ocurrió pensar: Messi es una leyenda, pero también es un arcaísmo. Messi procede de cuando el fútbol tenía todavía cierto... ¿corazón? No como ahora que se ha profesionalizado y mercenarizado hasta un punto difícil de batir sin dinero. Pero no imposible. Los de Cabo Verde jugaban como aquí se jugaba en los años 50 ó 60. Con esa ingenua, alborotada, arbórea pasión. Basta con que alguien, con que uno solo que juegue así, los tenga bien puestos y tenga algo de talento natural para que el destino se dé la vuelta como un calcetín. Para que todo sea posible.
Entonces el partido se me antojó una metáfora, no de un choque de civilizaciones como el que predicaba el pobre Huntington, sino más bien como un devenir, como un fluir de actitudes. Occidente está en decadencia porque es cada vez menos capaz de hacer menos cosas por convicción. No digamos por pasión o por ilusión. Para reencontrarse con estos impulsos, hay que viajar en el espacio, pero sobre todo en el tiempo. Hay que remontarse a estados anteriores de la conciencia, a disponibilidades poco habituales del espíritu, a grandezas del alma que a menudo quedan dramáticamente sin usar. En el fútbol, en la política, en el amor, en el sexo, en la fe. Fe en lo que sea. Fe en todo. O vamos a por lo más grande o no vamos a nada. ¿Nos daremos cuenta a tiempo?
