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Pertinaces terremotos

Como siempre, lo que falta aquí es previsión de la Administración y toma de conciencia por parte del público y del votante.

Como siempre, lo que falta aquí es previsión de la Administración y toma de conciencia por parte del público y del votante.
Vista de daños provocados por el terremoto el pasado sábado en Armilla (Granada). | EFE/ Pepe Torres

¿Se acuerdan de cuando Franco inauguraba pantano tras pantano al grito de que había que acabar con la "pertinaz sequía"? La retórica garbancera del régimen no ayudaba a tomársela en serio, ni a la retórica en sí, ni a los problemas que pretendía resolver. Pero aquí estamos décadas después, sin Plan Hidrológico, con la España húmeda enfrentada a la seca, y con la sequía "pertinaceando" más que nunca, si se me permite el salto mortal léxico. En Cataluña transcurrieron lustros de inactividad hasta que el drama adquirió proporciones dantescas. Inasumibles. Luego llovió... y a otra cosa, mariposa. De lo prometido, poco o nada se cumplió.

No se puede tener todo el día el cambio climático en la boca, como un palillo requetechupado, y no hacerse responsable. Aunque yo personalmente no cuestiono el cambio climático en sí –a estas alturas me parece bastante inobjetable–, sí cuestiono que tenga ya remedio. Me imagino a algunos científicos advirtiendo de esto a los políticos pues no sé… ¿hace cincuenta, cien, ciento cincuenta años? Me imagino a los políticos advertidos oyendo a los expertos como quien oye llover y concentrándose en problemas más "urgentes". Y hasta hoy.

La reciente epidemia de terremotos que asola el mundo, Granada incluida –estas cosas ya no sólo pasan en el Tercer Mundo... – debería hacernos reflexionar seriamente sobre nuestra vulnerabilidad ante unos desastres naturales cada vez más seguidos, indiscriminados y devastadores. ¿Es posible que la naturaleza se esté vengando de nosotros, que el planeta piense que sin la especie humana estaría mejor? Es una opinión que, lógicamente, a nosotros nos cuesta compartir. Lo que hay que hacer es dejar de considerar lo catastrófico como algo aislado, excepcional e inevitable, y arremangarse un poco para hacerle frente. Sobre todo, vista la velocidad a la que lo extremo deviene cotidiano.

¿Cómo estamos en España en lo que se refiere a predicción de terremotos y capacidad de reacción frente a ellos? Curiosamente, no estamos mucho peor que países de nuestro entorno como Francia e Italia en términos de detección y vigilancia sísmica. Otra cosa es saber qué hacer con lo que detectamos y si somos capaces de lanzar alertas tempranas operativas.

En nuestro país de este tema se ocupa el Instituto Geográfico Nacional (IGN), con unas 140 estaciones de alerta sísmica. España no es manca detectando un terremoto... cuando ya lo tenemos encima. O debajo. El IGN se apresura a localizarlo, calcular su intensidad, mapearlo, etc. Otra cosa es que la alerta llegue a tiempo para marcar la diferencia, que puede ser cuestión de segundos: segundos para parar trenes y aviones, activar modos de seguridad en quirófanos, fábricas o centrales nucleares, dar tiempo a la población a buscar refugio...

Tal y como están las cosas, la inversión española en estos asuntos puede bastar, de momento, en zonas no especialmente propensas al sobresalto sísmico. No tanto en las zonas calientes, que más o menos corresponderían al sur y al sureste peninsular y a los Pirineos. Allí, cualquier aviso va a llegar tarde y la monitorización va a tener más efectos notariales que encaminados a minimizar desgracias. Curiosamente, España está más y mejor preparada para protegerse de un tsunami que de un terremoto convencional. A nadie se le ha ocurrido activar precauciones de última generación como las que sí rigen, sin ir más lejos, en Turquía o en Japón.

Como siempre, lo que falta aquí es previsión de la Administración y toma de conciencia por parte del público –y del votante– de lo que eso supone y significa. Los expertos con los que he consultado antes de escribir este artículo dicen que ni siquiera necesitaríamos gastar mucho más dinero. Se trataría de invertirlo mejor por ejemplo en acelerar la capacidad de alerta temprana en zonas especialmente sensibles como Granada, Murcia o Alicante. Allí sí que necesitarían un nivel de protección y reacción como el de japoneses o californianos. Para el resto del territorio, es posible que lo que ya se hace pueda bastar, de momento.

Pero lo que yo pregunto, lo que creo que todo el mundo debería preguntarse, es: ¿hay una estrategia, un plan, una central de reflexión, decisión y mando en plaza responsable? ¿O vamos improvisando según nos petan las vías de tren, se nos apagan las redes eléctricas, las fronteras se nos funden como plomos, las nucleares se abren y se cierran como caprichosos abanicos? ¿Hemos aprendido algo de la devastación sísmica en Venezuela, Colombia y más allá? ¿Dónde descargará el próximo?

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