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Envidia, melancolía, Odisea…

'La Odisea' es tan buena en todo, desde el guion hasta la majestuosa puesta en escena, pasando por unas actuaciones de oro, que la tesis de Nolan se sostiene.

'La Odisea' es tan buena en todo, desde el guion hasta la majestuosa puesta en escena, pasando por unas actuaciones de oro, que la tesis de Nolan se sostiene.
Matt Damon en un fotograma de La Odisea. | Cordon Press/LMKMEDIA

Vista La Odisea de Nolan, se confirma lo que siempre sospeché: el genio con éxito no suscita tanta admiración como envidia. Nolan es un genio desigual. Menos genial a veces cuanto más presupuesto tiene, ay. Pero su Odisea, que puede gustar más o menos, es un peliculón cinematográficamente casi inexpugnable, a la altura de un Ben-Hur para empezar a hablar. Ciertas acerbas críticas con las que se le ha querido zaherir no se entienden fuera del diván del psiquiatra.

Otra cosa es que podamos discutirle ciertas premisas, ciertas relecturas de la obra. Pero eso vale para el mismísimo Homero. Ciertamente el bueno de Homero no tuvo que vérselas con el neomacarthismo woke, capaz de convertir el vino en agua y la leche en cemento.

No me llamen exagerada, que yo con estos ojos que se ha de comer la tierra presencié en el Teatro Español de Madrid un brutal atropello teatral de Jane Eyre, la obra de Charlotte Brontë donde una mujer –bastante 'odiseica', por cierto– construye su destino y sus sentimientos de espaldas a los corsés de la época y asumiendo cierta humana imperfección, tentativa de poligamia incluida. Intentar convertir eso en un cántico a la sororidad, con la protagonista lanzando salvas solidarias a la neurasténica esposa del hombre que ama y que la ama... en fin.

Hay quien en estas mismas páginas –muy recomendable artículo de Luis Herrero Goldáraz– ha querido incidir en que La Odisea de Nolan es un cántico a ver con ojos más amables la inmigración. Incluso después de lo de Ceuta, sí. Ulises se pasa la película penando porque su celebrada trampa del caballo de Troya constituyó una violación flagrante de las leyes de hospitalidad –divinas y atribuidas a Zeus en aquellos tiempos–, de ahí que el karma se le vuelva en contra y al llegar a casa él mismo tenga que lidiar con las consecuencias de la ruptura de todo un orden social basado en la confianza y en el comercio, no en la depredación y la guerra.

Muy bonito todo, salvo que nunca fue así, y que la guerra de Troya, con su indudable trasfondo de intereses comerciales –entonces no había petróleo, pero sí otras cosas–, se justifica por la fuga de la mujer casada de un rey con uno de sus huéspedes. Que si eso no es cargarse las leyes de la hospitalidad, ya me contarán qué es.

La película es tan encarnizadamente buena en todo, desde el guion hasta la majestuosa puesta en escena, pasando por unas actuaciones de oro puro –aunque poner a Zendaya a hacer de Palas Atenea es algo que a cualquiera que haya rebasado la adolescencia debería costarle perdonar... –, que la tesis de Nolan se sostiene. Su Ulises no pasa veinte años extraviado sino arrepentido, acongojado, cargado de culpas y con miedo de volver a casa. Cuando al fin lo hace, la celebrada matanza de los pretendientes la asume como una indignidad inevitable –ríete de las devoluciones en caliente–, que le permitirá salvar su casa y su reino, a condición de exiliarse y dejárselo todo a su hijo Telémaco, cuyas manos no se han manchado con el crimen.

Bien tirado, pero objetable. La fascinación que ejerce Ulises es ser el primer héroe responsable de sus actos, el primero que se niega a ser ciega marioneta de los dioses, el primero que se encomienda a su fuerza y su inteligencia, antes que al destino o que a la magia. Pero no es el precursor de Open Arms, por favor. Es un rey guerrero. Un rey guerrero que sin la argucia del caballo a saber si todavía seguiría acampado a las puertas de Troya. Y que cuando vuelve a casa tiene que hacer el trabajo sucio de echar a la chusma, se ponga como se ponga Zeus. Está muy bien y hasta le honra que luego dimita, perdón, abdique en su hijo, se supone que más preparado para restaurar la paz. Pero si nada se podía construir sin echar a los pretendientes, será por algo, ¿no?

En fin, que mucha envidia del poder visual de Nolan, mucha melancolía de aquella Odisea –y aquella Ilíada... – que en la adolescencia se grabaron indeleblemente en mi corazón y muchas ganas de que reconciliemos fuerza y confianza, corazón y razón, valentía y compasión. No es lo uno o lo otro. Es todo. Hasta la astucia de esconderse dentro de un caballo si hace falta.

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