
"Sin precedentes", decía no sé quién, viendo las imágenes de miles de inmigrantes procedentes de Marruecos, entrando a nado por Ceuta. Mentira. Tenemos una de estas "sin precedentes" cada cuatro o cinco años, cuando nuestras relaciones con Rabat se complican y nuestro extremo sur –que también lo es de Europa– revela su triste condición de frontera de cristal.
Patético todo, ¿no? Una cosa es tener nobles sentimientos humanitarios y otra haberte vuelto tan panoli y tan cutre que te invaden a mansalva y encima les tienes que dar un Cacaolat y una mantita a los invasores. La Guardia Civil sobrepasada, el ministro Marlaska en la luna de Valencia y de su ego, como suele, y Pedro Sánchez mintiendo, también por no perder la costumbre. Que si Marruecos es nuestro gran amigo y tal y tal, que vamos a cooperar la mar de lealmente para atajar todo esto, que la culpa no es de los infumables gobiernos respectivos, sino de las mafias. Supongo que por eso mismo da la casualidad de que muchos de los espontáneos nadadores que han aparecido en Ceuta apenas acababan de salir de la cárcel, en virtud de una amnistía masiva que ríete de las de aquí. Vamos, que nuestro gran amigo y aliado nos manda a la flor y la nata, con instrucciones precisas de hacerlo a nado porque alguien les habrá explicado que una sentencia del Tribunal Supremo –¡el nuestro!– impide repatriar a alguien que haya llegado así. Seguro que semejante caos no tiene nada que ver con la reciente visita de Pedro Sánchez a Argelia, archienemigo marroquí.
Dando por descontada la mala leche de Rabat, donde no nos quiere nadie, y menos ahora que ambicionan ocupar nuestro lugar en las querencias mediterráneas de Estados Unidos y de la OTAN, la situación no deja de evidenciar lo fácil que resulta hacernos un roto con estos temas. Pillándonos, mal avenidos y peor encarados los unos con los otros, además. De verdad que urge, nos urge, resolver de una vez por todas nuestras manías, insuficiencias, miedos y complejos sobre el tema de la inmigración. Urge, si no un pacto de Estado, un debate de Estado, donde la humanidad y el sentido común puedan ir de la mano, donde no se nieguen la mayor ni la evidencia de lo que ocurre cuando un país se llena atropelladamente de gente que es imposible integrar ni asumir, sin que eso nos impida separar el grano de la paja, ir caso por caso, juzgar por hechos, no por procedencias. Lo que no puede ser es dictar sentencias para proteger a un pobre desdichado que llega nadando porque no ha podido escapar de otra manera del horror y que eso se convierta luego en un coladero de caraduras, delincuentes y desestabilizadores por gentileza del rey de Marruecos. Y tampoco se puede dejar que la frustración y la alarma crezcan y crezcan, como una planta carnívora, devorando toda esperanza de cohesión y hasta de lógica social. Esto no va de ultraderechas -ni, ya puestos, de ultraizquierdas...- sino de no tener más la frontera ni la mandíbula de cristal. Todos.
