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Sin perdón

Uno de los efectos más perversos de la radicalización, humana o ideológica, es el aborto de la empatía, es la ceguera hacia el sufrimiento ajeno.

Uno de los efectos más perversos de la radicalización, humana o ideológica, es el aborto de la empatía, es la ceguera hacia el sufrimiento ajeno.
Santiago de Chile, 10 de septiembre de 2023. Un mural de Víctor Jara junto a policías chilenos en el 50 aniversario del golpe de Estado. | Alamy

Pocas cosas cuestan más que sentirse de verdad culpable, que pedir sinceramente perdón. Sobre todo, cuando temes que no te perdonen, y que pedirlo sólo conduzca a la incomprensión, la humillación y la soledad. Pedir perdón requiere enormes dosis de coraje y de confianza: en uno mismo para pedir, en quien sea que esté enfrente, para dar. Pedir perdón es un acto mayúsculo de fe. Presupone creer en que el hilo que hilvana ciertas almas puede haberse enredado, pero no se ha roto. Que la luz de fondo sigue ahí.

A veces todavía es más complicado porque la necesidad/dificultad del perdón entra en bucle. Tú haces o dices algo de lo que te sientes tan culpable que temes que alguien lo juzgue imperdonable, eso provoca una reacción que a ti te parece desmedida, candidata a su vez a la imperdonabilidad… Y ya no se sabe qué fue primero, el huevo o la gallina. Las ganas de pedir perdón/perdonar, o las excusas para no hacerlo. El "y tú más". O la reinvención descarada de lo realmente sucedido, que es otra manera de escurrir el bulto.

Antes de que el lector se pregunte si me he metido a psicoanalista —ahora que el caso Andic ha demostrado lo lucrativo que puede ser este negocio…—, quisiera aclarar que me ha dejado un retrogusto amargo la noticia de la detención del exmilitar Nelson Haase Mazzei, condenado a muchos años de prisión, hace también muchos años, por su participación en el secuestro, brutal tortura y asesinato final de Víctor Jara, el cantautor chileno que se convertiría en una de las víctimas más emblemáticas del golpe de Pinochet. Nelson Haase Mazzei ni se presentó voluntario a cumplir su condena cuando la dictaron, ni se pegó un tiro para acabar antes, como sí hizo alguno de sus compañeros de crimen. Ha estado huido de la justicia todo este tiempo. Le acaban de detener y de meter en prisión. A estas alturas.

No es verdad, como creen y escriben ahora algunos complacidos, que al final siempre se haga justicia. Qué va. De ser así, este caso no sería noticia. Como no lo habría sido la espectacular captura de Adolf Eichmann por el Mossad en Argentina, allá en 1960. ¿Se acuerdan?

El juicio a Eichmann le valió a Hannah Arendt una inmensa fama, no siempre buena. Digamos que no a todos los públicos les gustó su diagnóstico sobre la banalidad del mal, es decir, que se puede ser malo y cutre, malo e inane, malo sin darle muchas vueltas. Sin ni rastro de esa grandeza satánica que nos gusta presuponer en quien nos puede matar o destrozar la vida. Visto así, la banalidad del mal parece hasta recochineo. Como si la peor tragedia pudiera ocurrir por ¿casualidad?

No es eso lo que yo creo que Hannah Arendt tenía en mente. Más bien nos quería advertir de que el mal, cualquier mal, cualquier daño que nos inflijan o que inflijamos nosotros a otros, puede empezar siendo una tontería, pero salir rápidamente —incluso ferozmente— de madre si no se activa a tiempo la empatía más elemental. La noción del sufrimiento del otro.

Uno de los efectos más perversos de la radicalización, humana o ideológica, es el aborto de esa empatía, es la ceguera hacia el sufrimiento ajeno. Cuando todo vale para justificarse y nada para comprender. Cuando por ejemplo se llora distinto a los muertos de derechas o de izquierdas, cuando la justicia es más o menos apetecible según a quien se le vaya a aplicar. Yo lloro por Víctor Jara, por sus manos de guitarrista rotas a culatazos, igual que lloro por Miguel Ángel Blanco y por todas las víctimas de ETA, o por todos los muertos, de todos los bandos, de nuestra guerra civil. Pero sobre todo lloro, lloro mucho, por todos los que, pudiendo pedir perdón, jamás lo hicieron y tiene toda la pinta de que jamás lo harán. Suma y sigue.

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