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Pedro de Tena

El tercer pecado de Clara Campoamor

El contenido de las cartas de Campoamor es rico y explica definitivamente que asociarla a las izquierdas, incluso al socialismo, es una patraña propagandística

Clara Campoamor, fotografiada por Virgilio Muro en 1930. | Wikipedia

Abelardo Linares, uno de los mejores editores de España, nos ha hecho un gran favor a todos los españoles. En su editorial Renacimiento, y dentro de la colección, Biblioteca de la Memoria, ha puesto a nuestro servicio la correspondencia de Clara Campoamor, Carmen de Burgos, Colombine, y Consuelo Berges con la argentino-uruguaya Paulina Luisi, médico, sufragista y socialista.

Todas ellas relacionadas íntimamente con la masonería, la educación y el desarrollo del feminismo en España, una como precursora, Carmen de Burgos; otra como referente político e intelectual, Clara Campoamor y la última, la traductora Consuelo Berges, como figura incluida en el grupo de Las Sinsombrero, expresan en sus cartas a la otra feminista, la uruguaya Paulina Luisi, muchos detalles desconocidos de su trayectoria vital y su pensamiento.

En este artículo, serán las cartas de Clara Campoamor las que ocupen nuestra atención. No sólo por su esclarecedor contenido, que de por sí sería motivo bastante, sino porque significan un paso adelante del rescate de su figura de las manos usurpadoras de la izquierda española que trató de silenciar sus juicios sobre el voto en contra propugnado por algunos de sus próceres al voto femenino en España y sobre su conducta despiadada y criminal en la retaguardia de la Guerra Civil.

En realidad, estas cartas muestran el tercer pecado imperdonable, desear la victoria de Franco, que la liberal y republicana cometió contra las izquierdas españolas, muy especialmente el PSOE. El primero, haber obligado a los socialistas a enfrentarse con el "problema" del voto femenino. Indalecio Prieto consideró que dejar votar a las mujeres fue una puñalada a la II República, como Victoria Kent, radical-socialista e inicialmente la entonces socialista Margarita Nelken.

Dejar sin careta moral a un partido capaz de dejar sin voto a las mujeres por no convenirle políticamente, fue todo un hito político, un primer pecado y un ejemplo claro de cómo funciona el socialismo español. A dejarlo claro como el agua dedicó uno de sus libros, El voto femenino y yo, donde recuerda amargamente cómo se le consideró desde aquel momento como una causa principal del derrumbe de la II República.

El segundo pecado imperdonable fue haber relatado con libertad, con detalle y con severidad los desmanes que se produjeron en el Madrid del Frente Popular desde las elecciones de febrero de 1936. Lo escribió en otro libro: La revolución española vista por una republicana. Su contenido fue ocultado durante años –la publicación de la primera traducción de una copia en francés se hizo en 2002 ya que el original se ha perdido– porque desmentía la versión "oficial" de las izquierdas y hacía hincapié en sus crueldades.

Después de la ocultación de este libro para no perjudicar la imagen de la II República se continuó con la estrategia de silenciarla por un método diferente: asimilar su figura al socialismo español borrando todas las huellas reales de aquella mujer liberal, republicana y claramente lejana de la perversión izquierdista de la II República y de la violencia desatada contra la España que discrepaba de tales fines.

De hecho, si se pregunta hoy a muchos ciudadanos por la adscripción política de Clara Campoamor, una gran parte de ellos responderá que era socialista y, en general, de izquierdas. Pocos acertarán diciendo que era republicana, liberal y de hecho, miembro del partido de Alejandro Lerroux, del que finalmente se separó. Pero jamás fue socialista y mucho menos aún, comunista o anarquista. Esto es, el trabajo de depredación de su figura por esas otras cloacas intelectuales y políticas ha tenido un gran éxito.

Ahora, lo revelado por la propia Clara Campoamor en su correspondencia privada recogida en el libro publicado por la editorial Renacimiento, Letra de mujer, editado por Beatriz Ledesma, se ha convertido en el tercer pecado mortal de la ilustre abogada de Madrid. Además, tiene interés un anexo que contiene dos misivas de Campoamor a Berges, en una de las cuales profetiza un futuro terrible para Europa y España.

Las de Campoamor, sobre todo las del año 1937, no sólo reiteran las principales acusaciones contra el Frente Popular escritas en su libro sobre la revolución española, publicado asimismo por Renacimiento, Espuela de Plata, sino que manifiesta su ardiente deseo de que Franco gane la Guerra Civil, aunque su coste fuera alto, con el fin de preservar la continuidad de la nación española. Como Unamuno y tantos otros. Su libro de 1936 y estas cartas supusieron el fin de su relación con la socialista Paulina Luisi, incapaz de distinguir entre hechos, verdad e ideología.

Aunque se ha recogido algo todo ello en la prensa nacional, sobre todo de su deseo de que Franco triunfara, su contenido es mucho más rico y explica definitivamente que asociarla a las izquierdas, incluso al socialismo, es una patraña propagandística que nada tuvo ni tiene que ver con la Clara Campoamor real.

Antología de textos

Destaquemos la carta que adjunta a su todavía amiga, Paulina Luisi, comunicándole su abandono del Partido Radical de Alejandro Lerroux:

"Yo, señor Lerroux, me adscribí al Partido Radical a base de un programa republicano, liberal, laico y demócrata, transformador de todo el atraso legal y social españoles, por cuya realización se lograse la tan ansiada justicia social. Y no he cambiado una línea. No me he desprendido de esos anhelos, de esos ideales que me acompañaron toda mi vida y a los que no pienso abominar precisamente en los instantes en que tengo más personalidad para laborar por ellos...".

Y añade: "No fui nunca un elemento de derechas, ni aun de centro derecha en el partido" y lo abandona porque tras las elecciones de 1933 y el pacto Lerroux-Gil Robles "más que colaborador, el Partido Radical ha descendido a ser el triste servidor de esas derechas, republicanas de rotulación...".

El 25 de junio de 1936, poco antes de la sublevación militar de julio, ya advierte:

"Todo el mundo habla ya de dictadura, los unos, proletaria, los otros, fascista y hasta los republicanos hablan de empezar por la suya. Creo que atravesamos un período de verdadera locura colectiva porque los demócratas debemos, si es preciso saber morir frente a la dictadura, pero decir que para evitarla vamos a implantar la nuestra...eso no es sino morirse espiritualmente".

Ya en abril de 1937, inquieta ante el silencio de la uruguaya, escribe:

"...sólo pudo decirle que permanecí en Madrid seis semanas desde la revolución y que a fines de agosto logré realizar el propósito que prudentemente había tomado desde la tercera: salir de Madrid sacando también a mi madre y a la hija mayor de mi hermano, que en mi compañía estaban, porque lo que ocurría era feroz, terrible".

Y precisa:

"Mi posición es neta ante el conflicto: estoy lo mismo contra los unos que contra los otros. La rebelión militar, que como tal rebelión no puede ser aprobada, ha sido el resultado único de la incapacidad y la debilidad del gobierno del Frente Popular que tenía España mansamente –mansamente por su inacción–, sumida en la anarquía desde el mes de febrero... Creo sinceramente que la lucha va a prolongarse indefinidamente y que, si triunfaran definitivamente unos u otros, el país se vería sumido en una dictadura roja o blanca...no sé cómo vamos a rehacernos en mi pobre y desgraciado país".

En junio de 1937 escribe:

"Hay además para mí una enorme repugnancia, física y moral, por la violencias cometidas del lado de Madrid, de que he sido testigo y todas mis reflexiones no pueden jamás llegar a reducir el abismo de sangre y horrores que se han abierto entre mí y las gentes que se llaman de izquierdas".

Y le cuenta a su todavía amiga cómo fue su salida de Madrid en agosto de 1936:

"Salí el 28 de agosto de Madrid, después de seis semanas del más espantoso desorden, asesinato a caño libre y horrores en serie...en Alicante las turbas de asesinos estaban realizando la misma misión que en Madrid...En el barco en efecto cinco falangistas quisieron echarme al agua...Fue el colofón de la salida de España".

Un mes más tarde, tras estar enfrascada en su libro sobre la revolución española, escribe:

" Yo soy la de siempre, republicana, liberal, de tendencia izquierdista pero dentro de una democracia burguesa. Nada tengo que hacer con comunistas ni anarquistas, ni aún con socialistas que se han manifestado en España tan miserables o más que los otros".

Y apostilla:

"Desdichadamente, la incapacidad de Azaña ha sido tan grande como su rencor y no se confunda Ud., el huracán lo ha desatado el Frente Popular. Vivimos ya en plena revolución. Bergamín es para mí como Osorio y compañía, hombres sin honor y sin conciencia. Monstruos. Han visto, niegan...y viven de su mentira".[i]

Sigue:

"Yo, que no puedo ideológicamente, como usted sabe muy bien aceptar una tesis fascista, le digo a usted, a quien debo todas las sinceridades, que deseo ardientemente el triunfo de Franco sobre los gubernamentales, como única posibilidad de evitar el derrumbamiento de España. Pero, ¡a qué precio!..".

Clara Campoamor rechaza el argumento de la ilegalidad del alzamiento franquista:

"La monserga del gobierno legal y legítimo es una burla siniestra de la que se ha abusado demasiado. José María el Tempranillo y los siete Niños de Écija serían monjes franciscanos al lado del que se sigue llamando gobierno legal de la República...los republicanos, los honrados republicanos izquierdistas, hemos sido las estúpidas marionetas movidas por hienas humanas y sinvergüenzas apoteósicos..."

Y además de adivinar ya en 1937 la victoria militar de Franco, precisa:

"Y todo eso de la democracia y de la libertad y de la justicia vinculada en los gubernamentales de España, en los rojos, como yo los llamo porque tintos en sangre los veo, si no fuera porque el dolor de España me sierra las entrañas, me haría lanzar carcajadas desaforadas. Para mi no puede ser democracia ni libertad ni justicia, el asesinato, el robo, el pillaje, la violación, el atropello, la ausencia total de poder y autoridad. Todo ello anterior a la revuelta militar y causa de ella, aunque ustedes no quieran oírlo".

Ya en ese mismo año denunció el fraude electoral de 1936, cosa que supo por Diego Martínez Barrio:

"Yo soy demócrata, liberal, quien ha dejado de serlo son los republicanos españoles lanzados en brazos del marxismo y del anarquismo desde el día siguiente del triunfo del frente popular que, además, para mayor ironía ni siquiera fue tal triunfo porque obtuvieron 217 actas y con atropellos allegaron las 70 que faltaban".

Combate además la cantinela de ordena callar para no perjudicar a la República:

"Usted misma (Paulina Luisi) ni discute las realidades sino la oportunidad. Silenciar las cosas hasta que la guerra acabe...No perjudicarlos...Es decir, dejarse envolver en la tácita aprobación de esos horrores. Hablar después, ¿cuándo?...No, quien tiene una responsabilidad política mide el momento de sus palabras y el mío era ese, en noviembre (de 1936) cuando muchos creían aún en el triunfo de la causa roja..."

Y resume: "Frente a la horrible realidad, frente a la falsía y el crimen de los que con sus torpezas criminales han destruido la República, régimen en que yo confiaba, nada me impone silencio y la consideración que usted invoca menos que ninguna otra, porque desear el triunfo de los gubernamentales es desear el caos destructor de España".

Campoamor reconoce que no esperaba nada de las derechas españolas, pero aclara que "si les hubiera atribuido de antemano cuánto han hecho las izquierdas, a muchos nos hubiera parecido exacto". Y exclama: "¡Qué dolorosa sorpresa cuando hemos visto que todo aquello anunciado y mucho más se perpetraba en el campo de las izquierdas!".

¿Que qué esperaba de Franco?:

"Yo sé, primero, que en España es a la larga tan imposible el asentamiento definitivo de un comunismo como de un fascismo. Pero en tanto que el triunfo inmediato del primero no puede dar más que caos y destrucción del país, ya comenzada, el triunfo, no del fascismo, en el que no creo, sino de los blancos, tiene infinitas más garantías de orden, esa palabra de la que tanta befa han hecho las extremas izquierdas, y que ahora resulta indispensable para la existencia de una nación...".

"La guerra de España, como antaño la de Napoleón, ha contribuido no poco a desenmascarar al comunismo. Y es cosa archiprobada que esa lepra no ha podido imponerse sino donde ha habido hombres carentes del sentido de la responsabilidad y de una debilidad tal que han dejado el paso a una minoría sangrienta: Kerensky en Rusia, Karolyi en Hungría y Azaña en España. Donde queda aún un sentimiento de responsabilidad y de decoro no faltan ni faltarán fuerzas que le cierren el paso. Y ese día empezarán a revivir la democracia y la libertad...".

No cometió el error de unirse al Frente Popular, explica:

"Esa creación satánica y de una habilidad terrible. Observe usted lo que ocurre en todas las partes donde existe, como en España, que los que están fuera son considerados fascistas y los que están dentro no pueden abandonarlo sin perder, cuando menos, la vida. Yo le podría dar a usted listas interminables de nombres de gentes del Frente Popular español, incluso con cargos dentro de él, Ministros, Subsecretarios, Directores al estallar la guerra civil, que han salido de España huyendo y están unos en París, otros en México, otros en Colombia, etc. Etc. No pueden hablar, pero al menos intentan correr".

Y, para terminar este recorrido, unas líneas escritas a su amiga filolibertaria Consuelo Berges en diciembre de 1957, nos descubre además su aguda visión del proceso histórico de Europa:

"No ven nada de adónde va el mundo. Europa está condenada. Rusia y Asia se la comerán sin que Norteamérica pueda hacer nada, lo único que yo pido es no vivir para entonces...España será una de las primeras naciones que desaparezcan en un conflicto mundial a la moda, no dejará en pos de sí más rastro que Cervantes, y eso porque ya ha sido traducido a todas las lenguas".

Seguir pregonando que Clara Campoamor era socialista o que tuviese algo que ver con la izquierda española actual y su intento neo-frentepopulista es un ejercicio tal de hipocresía y usurpación de personalidad que mueve más a la carcajada que a otra cosa. Este libro, que recoge algunas de sus cartas más íntimas, es una prueba contundente.

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