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La acusación de genocidio contra Israel

La responsabilidad principal de las muertes palestinas recae fundamentalmente en Hamás, el grupo terrorista que inició el conflicto y prolonga la guerra.

La responsabilidad principal de las muertes palestinas recae fundamentalmente en Hamás, el grupo terrorista que inició el conflicto y prolonga la guerra.
Edificios destruidos en Jan Yunis, al sur de la Franja de Gaza. | Europa Press

Desde el ataque de Hamás el 7 de octubre de 2023, que dejó unos 1.200 muertos y alrededor de 250 rehenes, Israel está librando una guerra en Gaza que ha generado un intenso debate internacional. Las acusaciones de genocidio contra Israel, respaldadas por informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la ONU, se generalizan en Occidente.

Sin embargo, dicha acusación es falaz y carece de fundamento legal y moral. Aunque las tácticas de Israel, como los bombardeos y la restricción de ayuda humanitaria, son criticables —al igual que lo fueron las acciones de las potencias aliadas durante la Segunda Guerra Mundial (SGM)—, no constituyen genocidio teniendo en cuenta la definición legal del mismo, el contexto histórico y político, y los principios liberales básicos. La responsabilidad principal de las muertes palestinas recae fundamentalmente en Hamás, el grupo terrorista que inició el conflicto y prolonga la guerra, mientras que Israel actúa en defensa propia frente a una amenaza existencial, con acciones que, aunque imperfectas, no persiguen la destrucción de los palestinos como grupo.

La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948) define el genocidio como actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Estos actos incluyen matanzas, lesiones graves, condiciones de vida destructivas, prevención de nacimientos y traslado forzoso de niños. El elemento clave es la intención específica, que distingue al genocidio de otros crímenes, como los de guerra. Sin esta intención, incluso los actos más graves no califican como tal.

Es obvio que Israel no muestra esta intención. Los palestinos israelíes, que representan el 21% de la población (unos 2 millones), gozan de derechos legales iguales a los judíos: votan, tienen representación en la Knéset, acceden a educación y salud, y ocupan cargos en la Corte Suprema. Estos derechos superan los de musulmanes en muchos países islámicos, como Arabia Saudí o Irán, donde las libertades civiles son limitadas. Si Israel tuviera una intención genocida contra los palestinos como grupo étnico o religioso, los palestinos israelíes no disfrutarían de esta igualdad. Esta coexistencia dentro de Israel refuta categóricamente la acusación de genocidio, ya que demuestra que el objetivo de Israel no es destruir a los palestinos, sino acabar con Hamás, un grupo terrorista que amenaza su existencia y cuya táctica consiste en usar a la propia población palestina como escudo humano.

La analogía con la Segunda Guerra Mundial creo que es esclarecedora. Los bombardeos aliados sobre Dresde, Hamburgo e Hiroshima-Nagasaki causaron enormes bajas civiles y son criticables, pero nadie en su sano juicio lo calificaría de genocidio. Los aliados buscaban derrotar a los nazis y al Japón imperial, no destruir a los alemanes o japoneses como pueblos. Del mismo modo, Israel apunta a Hamás, responsable del ataque del 7 de octubre, y no a los palestinos en general. Las críticas a los bombardeos masivos de Israel, como las de los aliados, son válidas por su impacto en términos de vidas humanas, pero carecen del componente intencional necesario para calificarse de genocidio.

Hamás, designado como grupo terrorista por Israel, EE.UU. y la UE, inició la guerra con un ataque que violó el derecho internacional: asesinatos de civiles, secuestros y torturas. Su Carta de 1988 abogaba explícitamente por el genocidio de los judíos, citando textos antisemitas. Hamás no reconoce a Israel y continúa atacando civiles. El 7 de octubre, con los muertos y rehenes (medio centenar todavía secuestrados, seguramente solo 24 aún vivos), reflejó esta intención genocida, limitada solo por su (in)capacidad militar frente al poder de Israel. Hamás es, en este sentido, análogo a los nazis, cuya ideología genocida justificó la respuesta aliada en la Segunda Guerra Mundial.

Aunque Israel debe rendir cuentas de su conducta durante la guerra, como cualquier otro país civilizado, incluido Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Canadá respecto a la guerra en Irak y Afganistán, en el caso de la actual guerra hay que poner el foco en Hamás como responsable de las muertes palestinas. Al operar desde áreas civiles, usar hospitales y escuelas como bases, y rechazar evacuaciones, Hamás expone a los gazatíes a los ataques israelíes. Su negativa a rendirse o liberar rehenes prolonga la guerra, haciendo que las muertes palestinas sean en gran medida consecuencia de su estrategia. Si Hamás se entregara, Israel detendría la ofensiva, como los aliados cesaron hostilidades tras la rendición nazi o EE.UU. dejó de bombardear atómicamente Japón. Atribuir toda la culpa a Israel, llegando incluso a la infamia del genocidio, ignora esta causalidad directa y solo puede ser atribuible a la continuación de los libelos de sangre que tradicionalmente han agitado los antisemitas contra los judíos.

Hamás también perjudica a su propio pueblo, incluso en un sentido estrictamente genocida. Sus tácticas no solo aumentan las bajas palestinas, sino que su intención es destruir a los gazatíes en particular y a los musulmanes en general, que no se adecuen a su islam fundamentalista, integrista, terrorista y totalitario, ya que su objetivo no solo es destruir a Israel sino realizar una yihad global, una guerra santa, para imponer la sharia, la ley islámica, en todo el mundo. Su autoritarismo —control policial, ejecuciones de disidentes— y su priorización de la lucha armada sobre el bienestar de Gaza lo convierten en un actor moralmente culpable, doblemente dañino para judíos y palestinos.

Es cierto que la ofensiva israelí ha sido devastadora: más de 50.000 muertos, más de millón y medio de desplazados y unas condiciones de vida al borde del colapso. Estas tácticas son criticables por posiblemente violar el principio de proporcionalidad del derecho internacional humanitario, que exige minimizar bajas civiles. Sin embargo, estas críticas no equivalen a genocidio. Israel enfrenta un peligro existencial desde su fundación en 1948, con amenazas de regímenes islamistas (Irán) y grupos como Hamás y Hezbolá, cuya retórica incluye la destrucción del estado judío. El ataque del 7 de octubre confirmó que los que sufren la espada de Damocles del genocidio son los israelíes. Las condiciones de Israel —liberación de rehenes, desarme y expulsión de Hamás, control territorial, fin del gobierno de Hamás— buscan eliminar esta amenaza, no destruir a los palestinos. Acusar de genocidio a Israel por pretender exterminar a Hamás recuerda la táctica de los etarras de acusar sistemáticamente a las fuerzas de seguridad de España de torturadoras.

Recordemos que los palestinos han rechazado propuestas de paz, como la de Camp David 2000, que ofrecía el 97% de Cisjordania y Gaza con Jerusalén Este como capital. Yasser Arafat declinó sin contraoferta, desencadenando la Segunda Intifada. Este rechazo, junto con el de Hamás a reconocer a Israel, confirma en buena parte la tesis de Netanyahu de que no hay un solo socio palestino en el que pueda confiar para una paz consolidada, lo que lleva a tomar medidas tan duras como las actuales contra un grupo terrorista al que no le importa sacrificar a su propio pueblo.

La ocupación y el bloqueo son criticables, como decía, pero en ningún caso pueden ser consideradas genocidas. Israel argumenta que el bloqueo de Gaza es necesario para prevenir el contrabando de armas, apoyado por Irán, y la ocupación responde a amenazas históricas. Insisto: aunque estas políticas restringen libertades palestinas y causan un gran daño en vidas, no equivalen a un plan para destruir a los palestinos como grupo.

Desde una perspectiva liberal, Israel defiende principios de libertad individual y seguridad frente a Hamás, un grupo autoritario que reprime a los gazatíes (censura, ejecuciones) y ataca civiles judíos. Desde una defensa basada tanto en Juan de Mariana como en John Locke respecto al derecho a la vida, la libertad y la propiedad, cabe respaldar la autodefensa de Israel no solo como protección legítima sino como supervivencia obligada. Del mismo modo que Juan de Mariana hablaba de "tiranicidio" para acabar con los tiranos, cabe hablar de "terroristacidio" en el caso de Hamás, que ha llegado mucho más lejos que cualquier tirano medieval y cuyo reino del terror solo es comparable respecto a su propio pueblo al de Pol Pot. Paradójicamente, el modelo a imitar para los palestinos no es Catar o Irán, sino el propio Israel, donde la coexistencia de palestinos israelíes con derechos refleja un orden liberal en el que la libertad no se basa en la etnia, sino en la ciudadanía.

También insisto en que aunque Israel no comete genocidio, sus tácticas sí que pueden ser criticadas por desproporcionadas, como sucedió con los aliados en la Segunda Guerra Mundial y los bombardeos masivos en Alemania que culminaron en el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki. Las tácticas de Israel son criticables por varias razones. En primer lugar, se puede objetar la proporcionalidad, en cuanto que la escala de la devastación puede ser que esté excediendo lo necesario para neutralizar a Hamás. También se considera el impacto humanitario, ya que el bloqueo de agua, alimentos y combustible ha causado una crisis humanitaria, aunque también sea cierto, como aduce Israel, que Hamás aprovecha la ayuda humanitaria en su beneficio particular, como acaeció con los millones de dólares que Occidente ha dado a Palestina y se han convertido, por obra y gracia de los terroristas, en infraestructura militar y armas para atacar Israel. Por último, la ocupación prolongada, con control permanente de Gaza, genera temores de desplazamiento forzado. Pero nada de todo esto equivale ni remotamente a genocidio.

Aunque Hamás es el principal responsable por iniciar la guerra, usar escudos humanos y rechazar acuerdos, Israel comparte responsabilidad por el impacto humanitario. Como potencia militar superior, tiene la capacidad y obligación de minimizar bajas civiles. La rendición de Hamás detendría la guerra, pero la ocupación prolongada complica una situación a la que no se ve una salida clara tras el fin, que llegará, de la guerra.

En conclusión, la acusación de genocidio contra Israel es infundada. La coexistencia de palestinos israelíes, el objetivo militar contra Hamás, y la posibilidad de que la rendición de Hamás detenga la guerra demuestran que Israel no busca destruir a los palestinos como grupo. Como los aliados en la Segunda Guerra Mundial, Israel libra una guerra contra un enemigo totalitario, con tácticas criticables pero no genocidas. Hamás, con su ataque inicial y su negativa a rendirse, es el principal responsable de las muertes palestinas, aunque Israel debe asumir su parte por el daño desproporcionado. Desde la perspectiva liberal, Israel defiende la libertad frente al terror, pero debe minimizar el sufrimiento civil y buscar una paz sostenible para cumplir con los ideales de nomocracia y responsabilidad individual. La guerra en Gaza es una tragedia, pero no un genocidio. Sigue vigente más que nunca el dicho de Golda Meir cuando denunció que el conflicto entre Israel y Palestina terminaría cuando los palestinos amasen más a sus hijos de lo que odian a los judíos.

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