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Gastronomía

Cela, un Nobel con buen apetito

Por Caius Apicius

Entre los escritores galardonados con el Nobel de Literatura, Cela fue quizá quien más atención prestó en sus obras a las buenas viandas.Será difícil encontrar entre los escritores galardonados con el Nobel de Literatura alguno que haya prestado tanta atención en su obra al necesario mantenimiento corporal como Cela, partidario en todo lugar y ocasión de privarse de las menos cosas posibles, y ello sólo cuando venían muy mal dadas y no quedaba más remedio.

La filosofía y actitud de Cela ante los honestos goces del paladar y el estómago está presente de una manera especial –la caridad bien entendida empieza por uno mismo– en los libros de los que el propio autor, bajo capa de vagabundo, fue protagonista: sus libros de viaje. En ellos le vemos comer y beber siempre que la ocasión es propicia. Y es de agradecer que haya tenido la generosidad de escribirlo después.

Vale la pena ir a mirar a cuatro libros viajeros de don Camilo, escritos, o a lo menos andados, en tiempos difíciles y esquivos al hartazgo, allá a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, en tierras tan diferentes y de comidas tan diversas como la Alcarria, la cornisa cantábrica, Andalucía y el Pirineo leridano. En todas ellas –en unas más y mejor, en otras menos y como se pudo– el vagabundo fue sacando sus tripas de apuros sin dejar escapar ninguna oportunidad.

El vagabundo, como tiene ocasión de explicar en 'Primer viaje andaluz', entendía que la única causa noble para no comer es no tener qué comer, y en 'Del Miño al Bidasoa' dejó bien sentada su condición de omnívoro, al decir ‘a mí, como gustarme, me gusta todo lo que engrase el hígado o se convierta en calor para el bazo’.

En cuanto al factor líquido, Cela, sin despreciar los aguardientes, cuya jerarquía tenía perfectamente establecida, es partidario del vino, ya que explicaba en 'Viaje al Pirineo de Lérida' que no gustaba de ir a comprar su bebida a la droguería. Vino, pues, y vino a poder ser tinto, ‘noble como la sangre de los animales, oloroso y antiguo como una medrosa historia familiar’.

Datos sobre su capacidad estomacal tenemos ya en Viaje a la Alcarria. En Trillo, ‘el viajero se sentó delante de su plato de huevos fritos con chorizo’. Ese plato hizo que más tarde le preguntara su amigo Martín si ‘cuando come huevos fritos toma siempre cinco’. No; lo normal, como veremos en sus andanzas en el Pirineo leridano, es que se desayune con tres huevos fritos, en unos casos con tocino, en otros con patatas o chorizo, pero con acompañamiento tan frito como los huevos.

Otro récord interesante, en Pobla de Segur, en el viaje pirenaico: ‘el vagabundo, que barruntó que almorzaba de gorra, rindió el tenedor cuando iba por la trucha veinticinco’. En cualquier caso, Viaje al Pirineo de Lérida es un viaje truchero; salen muchas truchas, preparadas de muy sabias y gratificantes maneras.

En algo era Cela, al menos por entonces, intransigente: en la forma de cortar y comer el jamón, que le gustaba una barbaridad. Para él debía comerse cortado ‘a la andaluza, en gruesos dados y jamás en lonchas, ni aun hechas con cuchillo, que le capan el gusto...’ Insistía: ‘el vagabundo cree que el jamón debe cortarse con cuchillo y comerse en tacos gordos, que quepan en la boca pero que tampoco dejen demasiada boca vacía’. Firmes convicciones de don Camilo, con las que uno no está de acuerdo para nada, pero que ahí quedan.

Cela, en tanto que vagabundo, no perdonaba ocasión. Tal vez la más rotunda se produzca en la fonda asturiana de Salas, donde ‘Dupont y el vagabundo, que traían más hambre que un cómico en Cuaresma, se ponen las botas ante los manteles bien abastecidos y sacan el bandujo de apuros con la carne que les dan, probablemente la carne más tierna del universo mundo. Fue un hartazgo de los que entran pocos en quintal y ninguno en arroba’.

Cela cuidó su paladar y su estómago en sus vagabundeos por la piel de toro. Hizo bien, como bien hizo contándolo en sus libros, que la descripción de tan gozosas ocasiones de llenar la andorga añade otro atractivo a los propios de la espléndida prosa castellana del último Nobel español de Literatura.

Este artículo se publica en la Revista del Fin de Semana de Libertad Digital. Si quiere leer más, pulse AQUÍ

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