L D (EFE)
Además, ambos interpretaron juntos Fantasía para cuatro manos, en fa menor, D 940 Opus 103, de Schubert, una pieza que cerraba oficialmente la velada pero que fue acompañada por una pequeña propina.
El recital comenzó con la sencilla aparición de Pires, que no acabó de llegar y ya tocaba las primeras notas de un piano que estaba como olvidado en la amplitud del monumento emeritense.
La acústica del monumento llevaba en volandas las manos de la pianista, cuyos juegos de manos sobre las teclas silenciaron al público con unas notas tan espaciadas que casi debían darse la mano para no perderse unas de otras. En esos momentos, Pires daba la impresión de un orfebre inclinado en su banco de trabajo.
Millar y medio de espectadores aplaudió las sugerencias de la Sonata de Schubert, que fueron seguidas por las impresiones de Villa-Lobos, llegadas de manos de Pagano.
El recital comenzó con la sencilla aparición de Pires, que no acabó de llegar y ya tocaba las primeras notas de un piano que estaba como olvidado en la amplitud del monumento emeritense.
La acústica del monumento llevaba en volandas las manos de la pianista, cuyos juegos de manos sobre las teclas silenciaron al público con unas notas tan espaciadas que casi debían darse la mano para no perderse unas de otras. En esos momentos, Pires daba la impresión de un orfebre inclinado en su banco de trabajo.
Millar y medio de espectadores aplaudió las sugerencias de la Sonata de Schubert, que fueron seguidas por las impresiones de Villa-Lobos, llegadas de manos de Pagano.
