
Se afirma de vez en cuando que la zarzuela no solo no está muerta, sino más viva que nunca. Los -pocos- que nos dedicamos a escribir sobre ella somos los primeros interesados en que así sea. Pero no podemos negar la absurdidad de tal sentencia: quizá no esté muerta -al fin y al cabo, se sigue representando-, pero difícilmente viva -apenas un puñado de pequeñas compañías se dedican a ella, al margen de las ayudas institucionales-. Y esta situación lleva a uno a preguntarse: ¿tiene sentido estrenar zarzuelas de encargo? ¿Realmente estas obras que se representan un puñado de veces y caen en el olvido van a resucitar el género? A tenor de los resultados del último intento con este objetivo parece, como decía, que la zarzuela en todo caso vive, pero artificialmente, conectada a una máquina.
No podemos negar que Trato de favor, con música del joven prodigio Lucas Vidal y libreto del camaleónico Boris Izaguirre, es amena, a ratos divertida, arriesgada y original. Como entretenimiento sale airosa, que es más de lo que se puede decir de algunos de los recientes experimentos de nuestro teatro único en el mundo -véase The magic opal-. Pero también resulta disparatada, irregular, irritante y absurda.
La premisa -una cantante de éxito asume una condena y entra en la cárcel para librar a su marido- inspirada por una situación idéntica que vivió Sofía Loren, no carece de atractivo. Cuenta entre sus grandes bazas a una Ainhoa Arteta plenamente recuperada, magnética y rompedora, derrochando humor y encarnando a la gran diva mediática que parece haber devorado su identidad en los últimos años. Otra es la partitura de Vidal, bastante poco ortodoxa para el género, con sabor a Sorozábal pero también a John Williams, con momentos espléndidos. Hay otros respaldos importantes, como las presencias de Nancy Fabiola Herrera -siempre magnífica-, las eficaces cómicas María José Suárez y Amelia Font -en el tronchante número dedicado al Pentaclorofenol-, y el despampanante vestuario de Jesús Ruiz.
Todo esto debe convivir con el libreto de Izaguirre, el principal escollo que impide que el montaje cuente no ya con relevancia, sino con un mínimo de dignidad artística. El presentador demuestra sus años de experiencia escribiendo guiones de culebrones televisivos, pues la historia abunda en giros absurdos -amnesias, bisexualidad, envenenamientos, el mismísimo festival de Eurovisión representándose en la cárcel- y situaciones cómicas. Pero hace falta algo más que el puro enredo y la parodia en una obra de estas características. Hay descuidos argumentales -¿por qué al personaje del desaprovechado Enrique Ferrer se le permite estar en una cárcel de mujeres? ¿Por qué desaparece en el segundo acto?- abuso del ripio ("Volví a mi casa decidida a cambiar/Al día siguiente al despertar/Fui a la policía y me hicieron denunciar") -, versos directamente absurdos ("Siempre he soñado con viajar/Contigo a tu interior/Y conocerte como un cauce de pasión") y otros pura y llanamente sonrojantes ("Viva La Católica/y la Preysler también", ¿busca Boris su reconciliación con la familia?).
En definitiva, un espectáculo agradable, tan ansioso por divertir y entretener que resulta forzado, desesperado, y que en ningún caso contribuirá a revivir el género al que presume pertenecer. Trato de favor: juzguen ustedes.
Ficha:
Dirección escénica: Emilio Sagi
Dirección musical: Andrés Salado/Salvador Vázquez
Dónde: Teatro de la Zarzuela (Jovellanos, 4, Madrid)
Hasta el 21 de mayo
