
Fernando Point apareció sin avisar, como corresponde a un crítico gastronómico honesto y profesional. Cuando lo vi entrar por la puerta de Los Asturianos, inmediatamente me dirigí a él por su nombre para saludarlo y acompañarlo a su mesa. Hecho un manojo de nervios, me presenté y le expresé mi admiración. Víctor de la Serna era el dueño del seudónimo bajo el que firmaba sus siempre afiladas reseñas gastronómicas. Aunque siempre que había ocasión le gustaba puntualizar que Fernando Point no era una persona, sino un colectivo formado por él y su inseparable Carmen. Ella fue quien bautizó al dúo en homenaje al padre de Víctor, quien firmaba sus artículos bajo el sobrenombre de Punto y Coma, en una referencia cruzada con cierta sorna al célebre cocinero francés fundador del restaurante Le Pyramide.
Como todos los profesionales de la restauración madrileña de finales de los 90, lo primero que hacía cada viernes por la mañana era correr al quiosco para comprar El Mundo, y sin esperar ni un minuto, buscaba en el suplemento Metrópoli su crítica semanal de restaurantes, referencia y brújula imprescindible para los amantes de la cocina, reseñas capaces de encumbrar un restaurante de manera inmediata o sacarle los colores al cocinero de turno cuando consideraba que así debía ser.
A aquella primera visita le siguieron muchas más y de periodista admirado y temido pasó a convertirse en maestro, amigo y mentor. Dueño de una curiosidad inagotable que abarcaba todas las cocinas, escondía su bonhomía tras una timidez casi patológica que le hacía parecer malhumorado o soberbio, nada más alejado de la realidad. Víctor de la Serna era un hombre estructuralmente bueno y honesto. De su mano llegué a la primera emisión del programa de Federico en EsRadio el 7 de septiembre de 2009, para ocuparme junto con él de la sección de gastronomía en días alternos, labor que Víctor compaginó en nuestra radio con las tertulias de política.
Pero Víctor de la Serna era mucho más que el crítico gastronómico más influyente de su generación; era un periodista de raza. Dueño de una prodigiosa memoria, de un conocimiento enciclopédico sobre casi todo y de una inteligencia no menos afilada que su pluma, Víctor era internet antes de internet. Todo lo sabía sobre vinos, destilados, restaurantes, cocineros y, en general, sobre cualquier aspecto relacionado con las cosas del comer. Galardonado tres veces con el Premio Nacional de Gastronomía, fundador de elmundovino, portal de referencia sobre vinos en español, fue también bodeguero tras fundar Finca Sandoval, la primera bodega en reivindicar la grandeza de los vinos de la Manchuela.
Pero su labor como escritor gastronómico palidece ante las otras declinaciones de su labor periodística.
Biznieto de Concha Espina
La tradición familiar tuvo una influencia significativa en la carrera de Víctor de la Serna. Nacido en una familia profundamente vinculada al periodismo y la cultura, Víctor creció rodeado de figuras influyentes en el ámbito periodístico y literario. Su bisabuela, Concha Espina, fue una reconocida escritora, y su abuelo, Víctor de la Serna y Espina, fue un destacado periodista y diplomático. Su padre, Víctor de la Serna Gutiérrez-Répide, también fue un periodista gastronómico y diplomático de renombre, y su madre, Nines Arenillas, fue una de las más reputadas plumas gastronómicas de nuestro país, autora del imprescindible De Quesos y Vinos y columnista en El País Semanal.
Nacido y educado entre periodistas, estudió en un internado suizo, donde aprendió francés, alemán e italiano. Cursó la carrera de derecho en la Universidad Complutense de Madrid y fue el primer graduado español en el prestigioso máster de periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York, donde aprendió inglés, y le gustaba bromear diciendo que, como Aznar, hablaba un poco de catalán en la intimidad.
Su carrera profesional se inició en el diario Informaciones, ejerciendo como corresponsal durante el caso Watergate y redactor jefe, entre otros cometidos. Trabajó en Diario 16 y en El País antes de incorporarse al equipo fundacional de El Mundo, donde además de escribir el libro de estilo, ejerció como responsable de relaciones internacionales, adjunto a la dirección y editor del suplemento de Comunicación del periódico.
Pero su labor periodística no conocía límites. De su paso por Nueva York se trajo en la mochila, además de un inglés perfecto, un profundo amor por el baloncesto de la NBA y por el blues. Bajo el heterónimo de Vicente Salaner escribió probablemente algunos de los textos más brillantes de nuestro idioma sobre el deporte de la canasta.
En los últimos años compaginaba la escritura gastronómica y baloncestística con la revista de prensa en la sección Hojeando/Zapeando, la revisitación de los textos del callejero madrileño de Répide bajo el epígrafe "Las calles, de Répide a hoy", donde exploraba la historia y las anécdotas de las calles de Madrid, conectando el pasado con el presente de la ciudad.
No es fácil glosar la inabarcable labor periodística de Víctor de la Serna, pero Víctor era sobre todo un profesional entregado a su trabajo, generoso con su talento y un amigo de sus amigos. Padre de tres hijos fantásticos, a ellos y a Carmen, su mujer, va dedicado este texto. Descansa en paz, querido amigo. No tengo duda de que si hay otra vida nos encontraremos allí en una mesa, con una botella de buen vino y un partido de tus adorados Celtics de Boston o del Real Madrid sonando en la radio.