
Arturo Pérez-Reverte, que ingresó en la Real Academia Española el 12 de junio de 2003, leyendo un discurso titulado "El habla de un bravo del siglo XVII", ha publicado este lunes en El Mundo un artículo en el que denuncia que la docta casa ha dejado de ejercer "su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería" –Limpia, fija y da esplendor– y lamenta que la institución se haya doblegado "con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales": "Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre".
Pérez-Reverte, que ocupa el sillón con la letra T, explica que "limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios". Sin embargo, "la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas": "Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos".
El académico distingue "dos formas distintas de entender la RAE": por un lado, está el sector académico, cuyo argumento habitual es "que la Academia registra el uso"; por otro, un sector "donde abundan escritores o creadores", que replican "que registrar no es limpiar". "La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales", agrega.
Pérez-Reverte denuncia que la RAE ha esquivado la petición de algunos académicos de realizar "una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales", y que esta renuncia de la Academia a limpiar responde a un "miedo general" asentado en la institución: el de "parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible".
"Una institución que no fija, duda"
Con respecto a "fijar", Pérez-Reverte explica que este infinitivo "no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables". Lamentablemente, en la actualidad, "la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente", y, en su opinión, "una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia". "La Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia", añade.
En cuanto al "dar esplendor", el académico señala que "no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma". "Desde su creación en 1713", continúa, "la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida".
Una RAE sumisa
El novelista plasma que "la sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen": "El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez". También critica la "relación ambigua" de la docta casa con el debate político, "sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo": "La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. (…) En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía".
Además, Pérez-Reverte advierte sobre la inquietante "invisibilidad intelectual de muchos actuales académicos": "Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los lingüistas –Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda– y también hay escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida".
Para el novelista, lo más grave "es que en el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad": "Entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor".
Finalmente, el fundador de la revista Zenda señala que "mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza".
