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El dragón que devoraba el sol y otras macabras teorías sobre los eclipses

Antes de la NASA, un eclipse era el fin del mundo. Descubre cómo las civilizaciones antiguas combatían esta maldición con reyes falsos y dragones.

Imagen Genera con IA | Antonio Poveda

Hoy en día, un eclipse es la excusa perfecta para comprar unas gafas de cartón por Amazon, salir a la calle y hacerle una foto borrosa al cielo que puedes encontrar en Google. Pero hubo un tiempo en que la humanidad no tenía a la NASA para avisar con meses de antelación. Imagínese la situación: usted está tranquilamente arando su trozo de tierra en la antigüedad y, de repente, a mediodía, el sol se apaga. Lógicamente, la conclusión no era "qué fenómeno astronómico tan fascinante", sino "el universo nos ha echado una maldición y vamos a morir todos".

Cada cultura gestionó este ataque de pánico colectivo con la creatividad y el humor negro que caracteriza a nuestra especie.

En la Antigua Mesopotamia, por ejemplo, dieron con una solución política brillante: el "rey de usar y tirar". Como estaban convencidos de que el apagón solar era una diana pintada en la cabeza de su monarca, los asirios y babilonios tiraban de picaresca. Cogían a un campesino o a un criminal condenado, alguien vulnerable, lo sentaban en el trono con la corona y el verdadero rey se escondía hasta que pasara el peligro. Una vez que el sol volvía a brillar, ejecutaban al pobre sustituto (por si las moscas, para que la maldición se cumpliera) y el monarca original salía de su escondite tan fresco. Un nivel de externalización de riesgos que ya quisieran muchos políticos hoy en día.

En la China Imperial, la cosa era menos de despachos y más de hacer ruido. Estaban convencidos de que un dragón celestial se estaba comiendo el sol. La solución oficial era salir a la calle a dar cacerolazos y golpear tambores para asustar al bicho. Y ojo con despistarse: cuenta la leyenda que un emperador mandó ejecutar a sus astrónomos por no haber predicho un eclipse a tiempo y pillarles sin las cacerolas preparadas.

Pero si hablamos de guiones espectaculares, el premio se lo lleva la India. La mitología hindú culpa del eclipse a Rahu, un demonio que intentó robar el néctar de la inmortalidad. Cuando lo pillaron, el dios Vishnu le cortó la cabeza, pero como ya había tragado el elixir, la cabeza se volvió inmortal. Desde entonces, esa cabecilla voladora y cabreada persigue al sol por el cielo y, de vez en cuando, lo atrapa y se lo traga. Por suerte para nosotros, como no tiene estómago ni garganta, el sol acaba asomando por el corte del cuello al rato. Una trama de venganza infinita, decapitaciones y persecuciones celestiales que le daría mil vueltas en la taquilla a cualquier estreno de la actual fase de Marvel.

Vistos con la perspectiva de los años (y de las canas), todos estos rituales para romper la "maldición" nos parecen de una ingenuidad enternecedora. Nos creemos muy superiores porque sabemos de órbitas y alineaciones planetarias. Aunque, para ser justos, los antiguos se ponían a dar gritos cuando el sol desaparecía unos minutos, pero nosotros montamos el mismo drama existencial cuando se nos cae la conexión a internet. Al final, el pánico a quedarnos a oscuras sigue siendo exactamente el mismo.

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